Las Líneas del Colocho/Carlos Castro
Esa etapa maravillosa en la que algunos adolescentes creen saberlo todo, menos que en la escuela existen reglas.
Puntualidad, uniforme, disciplina, respeto y buena conducta parecen haberse convertido en conceptos opcionales para ciertos estudiantes. Llegan tarde, utilizan el celular en clase, interrumpen al maestro, no cumplen con tareas y, en algunos casos, hasta desafían la autoridad.
Pero lo más curioso llega cuando reciben una llamada de atención y, en lugar de corregir la conducta, algunos padres corren a justificar a sus hijos. Porque, al parecer, el adolescente jamás tiene la culpa y siempre existe alguien más responsable.
Aquí conviene recordar algo muy sencillo: educar no es solamente pagar la colegiatura, comprar el uniforme o llevar al hijo a la escuela. También es enseñar límites, respeto, responsabilidad y consecuencias.
El maestro tampoco es el enemigo. Su trabajo es enseñar y, cuando hace falta, corregir. Porque corregir también es educar.
El problema aparece cuando se confunde libertad con libertinaje, personalidad con mala educación y protección con justificarlo todo.
No todo es bullying, persecución o que “el maestro trae algo contra el alumno”. A veces, sencillamente, el alumno se está portando mal, siendo un “dolor de cabeza” para los maestros, quienes buscan la forma de brindarles una educación adecuada.
Y aceptarlo no hace malos padres; al contrario, demuestra que están formando a una persona capaz de reconocer sus errores, pero “consentirlos” y justificar sus “tropiezos” eso no les ayuda en nada.
Porque algún día mamá y papá no estarán para resolver cada problema, no asistirán a la escuela para “gritonearle” al profesor y menos les tendrá su comida servida cuando lleguen a casa.
La educación comienza en casa y tarde o temprano, se nota.
¡Al que le quede el saco!










