El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Escribió Norberto Bobbio en “El futuro de la democracia” que “en la crisis de los años treinta pareció que era el capitalismo el que ponía en crisis a la democracia; hoy les parece a estos nuevos liberales que la democracia es la que pone en crisis al capitalismo”. Para el italiano, la democracia está amenazada porque cada vez resulta más difícil sostenerla dentro de un capitalismo que abarca todos los aspectos de la vida. En este sentido, para el neoliberalismo la democracia no puede dialogar con el mercado: la democracia supone tomar conciencia de la participación política, y esto conduce a exigir derechos políticos. El mercado, que, según sus teóricos, se autorregula y goza de una cierta “naturaleza” (o espontaneidad, para Friedrich Hayek), permite liberarse del consenso y arrojar información cruda sobre la subjetividad humana. Por ello, dice Bobbio, “para los neoliberales la democracia es ingobernable no sólo desde la parte de los gobernados por el sobrecargo de demandas, sino también desde la parte de los gobernantes, porque éstos no pueden dejar de satisfacer al mayor número para mejorar su empresa (el partido)”. Es decir, la democracia exige derechos políticos y vuelve insostenible la posibilidad de que el Estado cubra todas las demandas; para ello, está el mercado.
En esta línea, Bobbio hace un recuento breve, pero sustancial, de las fobias liberales, que permite reconocer o cartografiar el recorrido intelectual y programático, así como la agenda que la visión neoliberal ha desplegado sobre nuestras vidas: “la ofensiva de los liberales históricamente ha sido dirigida contra el socialismo, su enemigo natural en la versión colectivista (que por lo demás es la más auténtica); en los últimos años también ha sido orientada contra el Estado benefactor; es decir, contra la versión moderada (según un sector de la izquierda, falsificada) del socialismo. Ahora la democracia es pura y simplemente atacada; la insidia es grave. No solamente está en juego el Estado benefactor, o sea, el gran compromiso histórico entre el movimiento obrero y el capitalismo maduro, sino la misma democracia, es decir, el otro gran compromiso histórico anterior entre el tradicional privilegio de la propiedad y el mundo del trabajo organizado, del que directa o indirectamente nace la democracia moderna (mediante el sufragio universal, la formación de partidos de masas, etcétera)”.
De esta forma, ya se trate del socialismo o del Estado de bienestar, la democracia está puesta en duda porque permite que los sectores históricamente excluidos tengan presencia y realidad políticas. Por ello, desde la visión neoliberal, todo lo que huela a carga constituye un contrapeso para el mercado, que no establece principios políticos, sino que opera como un flujo de competencia. El mercado, como dice Fernando Escalante Gonzalbo, “coordina conductas, se reproduce como orden, asigna recursos de una manera o de otra, pero nada dice que eso sea necesariamente bueno o deseable. Y de hecho, ese orden, aunque sea eficaz en esos términos, aunque pueda ser casi natural, o natural, produce desempleados, produce pobres, produce hambre ─y es difícil sostener que sea eficiente en términos humanos un orden en que hay gente que se muere de hambre, cuando sobra comida”.
En este siglo XXI, neoliberal y pretendidamente tecnofeudal, el poder ha logrado someter paulatinamente a las naciones, convirtiéndolas en meras administradoras, sin capacidad para tomar decisiones. Frente a ello, la democracia representa un contrapeso que incomoda a quienes sostienen apuestas como la de Peter Thiel, para quien cualquier crítica u oposición democrática puede presentarse como enemiga de la libertad o como el anticristo de la última gran “civilización” occidental: la era del neoliberalismo monopólico tecnofeudal.
¿Qué nos queda en este proceso? La reflexión tampoco puede transitar por los derroteros equivocados que propone filósofo alemán Markus Gabriel: “mejor un gobierno no democrático que no viole la ética, que una democracia que viola la ética” (en entrevista con Olga Agüero, 10 de agosto de 2025). Ante los gobiernos totalitarios, no habría salida ni posibilidad de presente o de futuro. A contracorriente de Gabriel, sostengo que la democracia es, ante todo, ética; está afincada en un proceso que asume, sobre todo, el valor ético. Una pretendida democracia que provoca crímenes y viola los derechos humanos nunca lo fue. Por ello, es insostenible que afirmemos, con Markus Gabriel, que “es mejor un gobierno no democrático que no viole la ética, que una democracia que viola la ética”. No es la democracia la que hace posibles los crímenes o la corrupción: son los modelos piramidales que subyacen al Estado y los procesos profundamente jerárquicos que todavía coexisten con la propia democracia, siempre mal vista desde las trincheras liberales.
Por eso, la reflexión democrática ya no puede venir desde arriba; al contrario, urge pensarla desde abajo y asumir los costos de nuestras visiones hegemónicas y de las prácticas autoritarias y profundamente inhumanas que hemos desplegado, precisamente, en nombre de la democracia. Nadie está lejos de estas prácticas. Los zapatistas han emprendido una profunda reflexión sobre su forma de gobierno y han concluido, en estos años, que su estructura era piramidal. Para responder a ese diagnóstico, han iniciado un proceso profundo de autocrítica.
A partir de esa reflexión, podemos identificar dos posibles rutas para pensar los nuevos horizontes de la democracia. La primera se encuentra en la apuesta por democratizar de raíz la Iglesia, emprendida por el papa Francisco mediante la búsqueda de una Iglesia sinodal. Hay puntos clave en su programa sinodal que vale la pena observar. A diferencia del individualismo a rajatabla del neoliberalismo, se propone una “unidad que es armonía de las diferencias”. No se trata de negar la participación individual, sino de reconocer que la comunidad política tiene un carácter comunitario: no es posible pensar la democracia sin el colectivo. Esto, sin embargo, no significa uniformidad, sino diálogo en la diversidad. Como dice el propio papa Francisco, la sinodalidad “se enraíza en la diversidad de contextos en los que la Iglesia está presente y encuentra”. Se trata de “caminar juntos” desde la casa, los vecinos, el barrio, el municipio, el estado, el país y el mundo: escucharnos desde lo que somos, en un espacio donde todos tengan voz.
En concreto, el documento Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión presenta la sinodalidad como el modo de ser y actuar de la Iglesia cuando sus integrantes “caminan juntos”: se escuchan, participan y comparten responsabilidades. No significa que todos tengan las mismas funciones, sino que cada persona —incluidas las que suelen quedar al margen— pueda aportar sus dones y ser escuchada, mientras la comunidad busca discernir los pasos que debe dar. El procedimiento comienza en las comunidades y diócesis con la consulta al pueblo. Se crean espacios para escuchar y dialogar; se reflexiona sobre las experiencias y aportaciones recibidas; y luego se elabora una síntesis que recoge los principales acuerdos, inquietudes y propuestas. Esa síntesis pasa a instancias más amplias —nacionales, continentales y, finalmente, universales—, donde continúa el discernimiento. El proceso no termina con la redacción de un documento: busca orientar cambios y acciones concretas en la vida y misión de la Iglesia.
De esta experiencia surge una pregunta para la comunidad política: ¿es posible pensar en una democracia sinodal? Una democracia que escucha, conversa y camina junto con la ciudadanía; que no divide ni excluye, sino que reúne y crea condiciones para que distintas voces participen en las decisiones comunes. En este sentido, el movimiento zapatista ofrece una experiencia de transformación profunda. Al cuestionar sus estructuras piramidales y el poder concentrado en las élites, abrió espacios para que las comunidades hablaran, fueran escuchadas y participaran en la toma de decisiones. Este proceso también se ha nutrido de una reflexión colectiva en los “semilleros”, donde se encuentran voces y perspectivas provenientes de distintos horizontes teóricos. La democracia, así entendida, no es una estructura inmóvil: se construye y se renueva mediante la participación y la búsqueda compartida.
Como señala Jorge Alonso, es necesario “estar atentos a los cambios que están produciendo los movimientos de abajo y aprender de sus prácticas innovadoras, fruto de búsquedas continuas. Estos movimientos se conforman mediante dinámicas que no permanecen en reposo y que dependen, paradójicamente, de movimientos internos que generan aquello que generalmente reconocemos como movimientos concretos”. Hemos visto la reacción del Estado, controlado por personas concretas que toman decisiones criminales. No podemos dejar pasar este momento: es un tiempo en que se decidirán el presente y el futuro de la humanidad para lo que resta del siglo. Ante el control cada vez mayor que ejercen unos pocos, las rutas para nuestra acción están ahí: en los movimientos de abajo y en nosotros mismos, en nuestras propias formas de ser y actuar democráticamente.










