La utilización de avatares de profesores universitarios creados con IA para impartir clases

La utilización de avatares de profesores universitarios creados con IA para impartir clases

Luis Fernando Bolaños Gordillo

Aparentemente, crear avatares mediante inteligencia artificial capaces de reproducir imagen, voz y gestos de docentes puede parecer una innovación educativa: permitiría producir clases en video, automatizar explicaciones y ofrecer contenidos disponibles las 24 horas. Sin embargo, detrás de esta posibilidad hay un problema de fondo: ¿esto fortalecerá la docencia o sustituirá progresivamente la presencia, el criterio y la responsabilidad del profesorado?

Ya se experimenta la utilización de réplicas digitales de los profesores, creadas mediante IA, capaces de interactuar con los estudiantes todo el tiempo. Hay plataformas que simulan conversaciones reales, responden preguntas y permiten practicar presentaciones ante infinidad de temas universitarios. Esta innovación promete ampliar el acceso a la enseñanza, permitiendo que un mismo profesor atienda simultáneamente a miles de estudiantes.

Un avatar puede reproducir palabras, gestos y expresiones faciales, pero esto no equivale a la presencia de un profesor capaz de reconocer la incertidumbre, interpretar el silencio de un estudiante, comprender un conflicto en el aula o modificar sus estrategias. La clase corre el riesgo de convertirse en una transmisión de contenidos sin suficiente escucha, empatía ni acompañamiento.

Si el avatar utiliza materiales desactualizados, instrucciones deficientes o sistemas generativos que producen información incorrecta, puede ofrecer conceptos equivocados. La apariencia de autoridad académica dificulta que el alumnado distinga entre conocimiento validado, interpretación discutible e información inventada.

Una clase universitaria no consiste únicamente en recibir información; también implica debatir, cuestionar argumentos, confrontar perspectivas y construir preguntas que no tienen respuestas predeterminadas. Si el avatar se limita a reproducir explicaciones cerradas, puede favorecer un aprendizaje pasivo y reducir las oportunidades de desarrollar autonomía intelectual.

Si esto se vuelve una realidad, la enseñanza puede perder diversidad de enfoques, estilos intelectuales y experiencias docentes. El riesgo es particularmente importante en las universidades donde el aprendizaje requiere reconocer lenguas, territorios, memorias y distintas maneras de producir conocimiento.

El conocimiento está siendo convertido en mercancía: las clases, la voz, la imagen y el estilo pedagógico del docente pueden integrarse en un producto digital comercializable. La docencia corre el riesgo de ser un espectáculo: la calidad educativa puede confundirse con una presentación visual atractiva. La eficiencia sustituye al propósito educativo: la institución puede privilegiar la reducción de costos y la ampliación de cobertura por encima de la formación integral, el diálogo y la construcción del conocimiento.

¿Podrían las universidades reemplazar parte de sus docentes por versiones digitales? La reproducción sintética del rostro y la voz de un profesor plantea preguntas sobre consentimiento, derechos de imagen, propiedad intelectual y protección de datos personales. Un avatar podría seguir utilizándose después de que el docente culmine su contrato o sea sustituido.

La inteligencia artificial está comenzando a transformar las universidades y el gran desafío es determinar hasta dónde puede llegar la tecnología sin deshumanizar la educación. El riesgo no es tecnológico en sí mismo, sino epistemológico: que la universidad termine confundiendo la representación digital de una cultura con la experiencia viva de quienes la construyen.

En síntesis, la diversidad de enfoques de enseñanza no puede ser reducida a un catálogo de contenidos audiovisuales, que tarde o temprano terminarán consolidando al colonialismo digital.

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