TEXTO EN LA CIUDAD
Perita Cernas
Nos borraron la genealogía y le llaman currículum
Hagamos memoria. Primaria, sexto grado, el libro de historia. Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Zapata, Villa. Nombres, fechas, batallas, y a memorizar para el examen. Las mujeres aparecen de pasadita: una Josefa Ortiz que mandó un recado, una Leona Vicario en una nota al margen, una Adelita que ni siquiera fue persona sino canción. Si uno se guía por la SEP, medio país estuvo trescientos años esperando a que los señores terminaran de hacer patria.
Ahora busca mujeres que hayan pensado en México. Pensado de verdad: que hayan armado argumentos, discutido con la autoridad, hecho teoría. Te van a decir que no hay. Sí hay. Lo que no hay es quien te las haya puesto enfrente. Cuando una ausencia dura generaciones y se repite en cada sexenio, cada reforma educativa y cada libro de texto, deja de ser olvido. Alguien decidió, y decidió cada vez.
La coartada de siempre es que “no había mujeres filósofas”. Falso, y además cómodo. Lo que hicieron fue acomodarlas en el cajón correcto. A la que escribía bien la llamaron musa. A la que pensaba mucho la llamaron poetisa sensible. Con un par de etiquetas bonitas, el sistema se quitó de encima lo que ellas hacían: teoría. A una pensadora la vuelven adorno y listo, ya no hay que discutirle nada.
Sor Juana es el caso de manual. En la escuela te la entregan como la monjita simpática de los versos y el cuadro en el billete. Cero incomodidad, cero consecuencias. Pero abre la Respuesta a Sor Filotea, de 1691, y lo que aparece es una mujer defendiendo por escrito, con argumentos, con citas y con una ironía que corta, su derecho a estudiar y a pensar, frente a una Iglesia que quería verla callada. Eso no es un pasatiempo literario. Es una defensa intelectual hecha con todo el aparato de su época, y se puede leer como pensamiento feminista tres siglos antes de que la palabra existiera. Y a ese texto lo dejan en la repisa de “literatura virreinal”, junto a los sonetos, para que nadie lo lea como lo que es.
Con Rosario Castellanos pasó algo parecido. Se la recuerda como poeta y novelista, que lo fue, pero su tesis de 1950, Sobre cultura femenina, es un cuestionamiento serio de por qué la cultura se define sin contar a las mujeres. ¿Cuántos programas de preparatoria la incluyen en la materia de filosofía? Haz la cuenta tú mismo y no te va a tardar.
¿Por qué tanto empeño en suavizarlas? Porque esa filosofía no se queda en el concepto elegante que se cita en un congreso y no toca a nadie. Parte del cuerpo, de la casa, de la calle, de lo que se vive desde abajo. Habla de la violencia que trae el mestizaje, de las contradicciones de ser mexicana y del machismo cotidiano con una puntería incómoda. Pone nombre a cosas que mucha gente prefiere seguir sintiendo sin nombrarlas.
Imagina el experimento. Un niño y una niña de diez años que discuten en clase lo que dijo Sor Juana igual que discuten una resta. Que a los doce ya saben que cuestionar el orden es una tradición con antepasadas, no una moda de internet. ¿Cuánto tiempo aguanta un sistema de privilegios con generaciones así? Poco. Por eso no lo hacen, y a cambio te dan el aniversario de la Independencia con coronas de laurel.
Así que dejemos de llamarlo “rezago educativo”. Rezago es lo que pasa cuando falta presupuesto. Aquí hay un patrón, y los patrones se mantienen porque a alguien le sirven. Nos quieren sin genealogía, sin abuelas intelectuales, para que cada mujer que logra algo parezca una excepción milagrosa que cayó del cielo y no la heredera de una tradición larga, terca y mal documentada a propósito.
Pero esa tradición sigue ahí. Está en los libros que no te mandaron leer, en las bibliotecas que casi nadie pisa, en las clases que alguien todavía puede dar distinto. Tocará ir a buscarla, porque nadie nos la va a traer. Y cuando la encuentres, léela completa, no la versión descafeinada del cromo escolar.










