Francisco Báez Rodríguez

Murió Cuauhtémoc Cárdenas, personaje importantísimo en la transición democrática mexicana. Lo hizo, coincidentemente, en los días más álgidos de la peor crisis que ha sufrido el Instituto Nacional Electoral. Muchos se han querido apropiar de su herencia política, pero el gobierno, en particular, ha caído, por la coyuntura, en contradicciones muy visibles.

Cárdenas rompió con el PRI a partir de diferencias programáticas, más que por el asunto de la democracia interna. Su reclamo estaba en el programa, y la democracia era la forma con la que éste se podía imponer, dejando atrás las prácticas profundamente antipopulares del gobierno de Miguel De la Madrid. De ahí su candidatura presidencial de 1988 y la creación del Frente Democrático Nacional.

Es sabido que en las elecciones de 1988 hubo fraude, operado desde la Secretaría de Gobernación, que era la institución a cargo de los procesos electorales. Se infló la votación del PRI para asegurar que su candidato, Carlos Salinas de Gortari, obtuviera la mayoría absoluta de los votos. La operación fue burda y quedó evidenciada ante quien tuviera dos dedos de frente. Cárdenas impugnó el resultado y se declaró ganador, aunque nunca pudo comprobarlo (lo más probable es que perdió por pocos puntos, en un proceso marcadamente inequitativo).

Lo más relevante para la historia es que Cuauhtémoc tuvo el temple para no generar una espiral de desestabilización y para convertir su movimiento, que se hizo de muchos aliados en la izquierda social, partidista y grupuscular, en un partido político. Optó por la vía institucional. Por el camino de la legalidad y la paz.

Esto incluía la exigencia de que el gobierno dejara de ser juez y parte en las elecciones; por tanto, de que existiera un órgano independiente e imparcial para organizarlas, contar los votos y juzgarlas.

El antiguo modelo estaba roto, y eso lo admitió el gobierno de Salinas de Gortari. De ahí surgió una serie de reformas sucesivas, con la creación del IFE en 1990. Luego vino su ciudadanización y autonomía plenas, con las adecuaciones de 1994 y de 1996 (ya con Zedillo) hasta llegar al INE, que tiene amplias facultades de supervisión y homologación de todos los procesos electorales del país.

El movimiento encabezado por Cárdenas resultó ser un elemento fundamental para la apertura democrática e institucional de México. No fue el único, porque hubo inteligencia de parte de todas las fuerzas políticas involucradas, pero sí fue el detonante.

Cuando estuvo al frente del PRD, Cárdenas ejerció una dirección caudillista. Hombre de convicciones, que además era objeto de reverencia (esa mala costumbre de nuestra izquierda), era poco proclive al diálogo, y sí a las decisiones unipersonales. Pero permitía la deliberación colectiva y terminó por aceptar la convivencia con diversas tribus dentro del PRD, lo que terminó por debilitar su presencia.

El desplazamiento de Cárdenas por AMLO significó un contraste de forma y de fondo. Mientras uno era pardo y solemne, el otro era dicharachero y supuestamente didáctico; si Cárdenas priorizaba los consensos (preferentemente alrededor de sus opiniones, pero no exclusivamente), López Obrador ejercía un liderazgo vertical y centralizado. Si Cuauhtémoc era institucional y privilegiaba la existencia de contrapesos, Andrés Manuel priorizaba la relación directa con “el pueblo” y mandaba al carajo las instituciones que no le convenían. Si el primero consideraba indispensables las alianzas con la sociedad civil y soñaba a menudo con gobiernos de unidad nacional, el segundo hizo de la polarización un método: todo disenso es traición y coloca al crítico del lado de los adversarios.

Esa suerte del crítico fue, finalmente, la que le tocó a Cuauhtémoc Cárdenas en varios de los momentos de su compleja relación con López Obrador. Resultó ser, en boca de AMLO, parte de la vieja guardia de la izquierda que se había aburguesado y ahora era aliada de los conservadores. Y fue llamado oficialmente “adversario”, cuando quiso formar parte de Mexicolectivo, una plataforma plural de discusión, en la que se encontraban también opositores al gobierno morenista.

Ahora, ya muerto, Cárdenas recibió homenaje de cuerpo presente en Bellas Artes y sepultura en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Las diferencias, que eran bastantes y de las que solo he reseñado una parte, desaparecen y Cuauhtémoc es ya, en la lógica falsamente didáctica de la 4T, una figura más, una biografía correctamente purgada para que no se vean esas diferencias, en las estampitas de la Historia Patria.

En tanto, el INE -esa institución parida por generaciones de lucha plural en contra del sistema unipartidista, y detonada por el movimiento cardenista- vive una crisis inédita, derivada de los excesos de corrupción de la hoy fugitiva Guadalupe Taddei. Y el gobierno está haciendo todo tipo de maromas para deslindarse de un personaje que fue impuesto por Morena, al que AMLO elogió con todo y familia, al que la mayoría en el Congreso le dio facultades extraordinarias, para que centralizara el poder del Instituto en su persona; una mujer que por años fue defendida por los mismos que ahora niegan su padrinazgo. Niegan la cruz de su parroquia. Mientras, tiran piedras sin ton ni son, a ver si logran descalabrar a alguien. A algún adversario. No lo han logrado.

El intento por regresar a los tiempos de “partido prácticamente único” (Salinas dixit, que controlaba todo el proceso electoral para distorsionarlo a su favor, es real. El escándalo de Taddei debería darle al gobierno de Claudia Sheinbaum la oportunidad para restablecer condiciones que le devuelvan credibilidad al INE. Repetir la historia, negando el diálogo y el acuerdo con los otros partidos, y simplemente hacer un cambio de nombre, es algo que no le conviene a Morena, presumible ganador de los comicios de 2027. Y es algo que le conviene todavía menos al país, que requiere un retorno, así sea paulatino, a la estabilidad democrática. +

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *