El Mundial que no vemos: fútbol y áreas naturales protegidas en Chiapas

El Mundial que no vemos: fútbol y áreas naturales protegidas en Chiapas

Dr. Jenner Rodas Trejo

El Mundial de fútbol es el mayor evento deportivo del planeta: moviliza atención, dinero y maquinaria institucional en tiempo récord. Mientras el mundo entero fija los ojos en un rectángulo de césped de 105X68 metros durante 90 minutos, ecosistemas que sostienen la vida del planeta como la Selva Lacandona en Montes Azules, la Sierra Madre de Chiapas y las más de 40 áreas naturales protegidas del estado se juegan su continuidad sin árbitro, sin reglamento aplicado y sin público que los respalde.

Como en el fútbol, las áreas naturales protegidas cuentan con reglas claras sobre cómo debe jugarse dentro de sus límites, con su propio fair play. Cada ANP tiene decreto, polígono, nombre y plan de manejo, así como cada equipo tiene su escudo y su camiseta; y así como el fútbol tiene árbitro, jueces de línea, reglamento y VAR, las ANP tienen los suyos: CONANP, PROFEPA, SEMAHN y la normativa ambiental. Ambos, equipos y áreas protegidas, cargan además con una fuerte identidad: representan a un territorio y a su gente.

La diferencia empieza aquí. El árbitro del fútbol cuenta con jueces de línea y VAR que respaldan cada decisión; el árbitro ambiental, las instituciones responsables de vigilar el cumplimiento de la ley no cuenta con presupuesto suficiente para hacerlo cumplir por más que intenten. La norma existe en el papel, pero sin el respaldo del sistema judicial ni los recursos que funcionarían como su propio VAR, ese árbitro corre solo detrás de cada infracción y rara vez alcanza a sancionarla. El resultado es previsible: por más que persiga la jugada, sin apoyo el reglamento no se cumple y el partido se juega sucio.

El fuera de lugar invisible: en el fútbol, una falla de centímetros la marca el VAR en segundos. En las áreas naturales protegidas, la deforestación y la degradación de bosques y selvas avanzan sobre polígonos protegidos sin que exista un sistema de detección y sanción con esa misma rapidez y consecuencia.

También la afición es distinta. Millones de personas siguen cada partido de su selección, la defienden e impulsan para que el equipo avance; a las áreas naturales protegidas casi nadie las sigue, y son sobre todo las comunidades locales quienes luchan, muchas veces solas, por mantenerlas en juego. Ahí está una de las paradojas más claras: las comunidades indígenas y campesinas que durante generaciones han cuidado estas áreas, donde los esquemas de manejo comunitario reducen el cambio de uso de suelo, reciben apenas una fracción mínima de la atención mediática y de los recursos que sí recibe un equipo de fútbol.

El fútbol tiene tiempo añadido para reparar lo que no se jugó bien en los primeros 90 minutos. Un ecosistema deforestado no tiene esa prórroga: una vez perdida la cobertura forestal de una selva tropical, restituirla toma generaciones.

La meta del fútbol es anotar goles y seguir con vida en el torneo; la meta de un área natural protegida es sostener la conservación de sus especies, su cobertura forestal, su agua. Pero a diferencia del fútbol, cada gol se celebra con estadios enteros y cobertura mediática global, mientras que un avance real en conservación rara vez cuenta con la minima atención.

Dejar a las áreas naturales protegidas con pocos recursos, poco personal y poca atención es, en el fondo, meter un autogol: uno que nos elimina a todos del partido más importante, el que se juega por la vida misma.

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