Pese a su importancia ambiental, hoy es un reducto verde al que se está devorando la presión inmobiliaria en el Jobo, Copoya y Tuxtla, y, en consecuencia, al zoológico “Miguel Álvarez del Toro”
arco Alvarado/ José Salazar/ Cinthia Ruiz/ Karla García/ Ainer González /Erick Bustillos / Diseño: Luis Méndez / Diario de Chiapas
La Reserva Ecológica El Zapotal, un regulador de la temperatura en la capital chiapaneca, y hogar del ahora renombrado Centro de Conservación de la Naturaleza “Miguel Álvarez del Toro”, es ahora una “isla verde” sitiada por el asfalto, la especulación inmobiliaria y el desequilibrio ecológico.
Especialistas coinciden en un diagnóstico alarmante: la reserva está perdiendo su capacidad de regeneración, lo que pone en riesgo a la fauna y la seguridad hídrica y climática de toda la capital.
El biólogo Adolfo Sarmiento es tajante: hay una omisión administrativa.
Señala que las autoridades municipales no han hecho respetar la carta urbana, un instrumento legal que establece que el crecimiento de la ciudad debe dirigirse hacia el sur-poniente. Por el contrario, la mancha urbana ha devorado los límites de El Zapotal.
“Desafortunadamente, la reserva quedó dentro de la mancha urbana como resultado de un crecimiento sin control. En los alrededores continúa la venta de terrenos”.
Esta presión inmobiliaria se extiende hasta la Meseta de Copoya, donde la venta de lotes ha provocado una deforestación masiva. La pérdida de cobertura vegetal impide la recarga de los mantos acuíferos, comprometiendo el suministro de agua para el propio zoológico y acelerando un riesgo de sequía que, según el especialista, no disminuirá en los próximos años.
El deterioro no sólo viene de fuera, trabajadores del recinto señalan un problema de manejo heredado: la sobrepoblación de venados. Al carecer de depredadores naturales, estos ejemplares se reproducen sin control, consumiendo los brotes tiernos y semillas, antes de que el bosque pueda renovarse.
El resultado es un ecosistema envejecido, sin vegetación baja, el suelo se reseca, los árboles adultos se debilitan y caen, y la frescura que caracterizaba al Zapotal ha comenzado a disminuir.
Lo que antes era una alfombra húmeda de hojas, hoy es un terreno árido donde la sensación térmica aumentó drásticamente.
Paradójicamente, la falta de infiltración de agua en la parte alta de la cuenca, donde se ubican Copoya y El Jobo, genera un doble peligro. Romeo Palacios Suárez, presidente de la Asociación Nacional de Profesionales en Resiliencia, advierte que El Zapotal es clave para el arroyo San Roque, tributario del río Sabinal.
“Si no se aplican medidas preventivas y soluciones basadas en la naturaleza para retener el agua en las partes altas, podríamos repetir desastres como la inundación de 2017 en el barrio San Francisco”, señaló Palacios Suárez.
Dentro del recinto, la lucha es diaria. Carlos Alberto Guichard Romero, director operativo del centro, reconoce que la transformación de la reserva es la amenaza más grande.
Aunque el suministro de agua para los animales se mantiene mediante almacenamiento interno y la red municipal, el sitio no es ajeno a la crisis de tandeos que sufre el resto de Tuxtla.
Guichard aclara que, ante las temperaturas extremas, es común que los visitantes no vean a los animales en exhibición. “No es descuido, es un comportamiento natural de protección”, explicó.
Sin embargo, admite que la disminución de la humedad y el agotamiento de los nacimientos naturales de agua son realidades innegables ligadas a la urbanización de los alrededores.
La presión humana se ha intensificado incluso desde la administración pública. La instalación de oficinas de la actual Secretaría de Medio Ambiente e Historia Natural (SEMAHN) dentro del área protegida en años anteriores incrementó la demanda de servicios en un ecosistema ya rebasado.
Hoy, El Zapotal enfrenta una amenaza real. Si no hacemos algo en los próximos años esta “isla verde” terminará por secarse, y Tuxtla Gutiérrez habrá perdido su último regulador térmico, enfrentando un futuro de calor extremo y escasez de agua.










