30 de marzo de 1987 asesinato del Mtro. Celso Wenceslao López Díaz

30 de marzo de 1987 asesinato del Mtro. Celso Wenceslao López Díaz

 

Dr. Gilberto de los Santos Cruz

El 19 de febrero de 1987 los maestros del Estado de Chiapas pertenecientes a la Sección 7 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación decidieron irse al Paro Indefinido enarbolando como sus principales demandas solución inmediata a los problemas laborales, la reinstalación del Comité Seccional y de los despedidos, así como del Cese del representante de la SEP Filiberto Gamboa. El conflicto se alargó debido sobre todo a la intransigencia de la Dirección Nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. El lunes 30 de marzo una brigada informativa integrada por profesores que repartían propaganda en la Colonia ISSSTE en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, fue agredida por varias decenas de maestros pertenecientes al grupo político de Vanguardia Revolucionaria los cuales encabezados por el Supervisor Jordán Sesma abrieron fuego en contra de los brigadistas entre los que se encontraba Celso Wenceslao López Díaz quien fue alcanzado por una bala calibre 22 en pleno corazón, a su compañero René Madariaga que trató de levantarlo lo hirieron de un brazo y perdió el conocimiento.

Celso Wenceslao López Díaz obtuvo el título de maestro de primaria en la escuela normal de Navojoa, Sonora, en febrero de 1980. Regresó a su Entidad donde prestó sus servicios como Maestro Rural en Palenque, en el Ejido Las brisas de Pijijiapan donde junto con otros Maestros iniciaron la fundación de la Unión de Ejidos, también trabajó en La Concordia y en su tierra natal Nicolás Ruiz, trabajando en la primaria de su comunidad. «Era a él -decían los campesinos del lugar- a quien recurríamos para que nos orientara porque aquí ha habido sangre por la disputa de las tierras. Nos las quieren quitar para dárselas a gente de Venustiano Carranza, con la promesa de apoyos y créditos…”. Celso se incorporó a la lucha de la CNTE y en los primeros meses de 1987 estuvo en el plantón frente al palacio de gobierno en Tuxtla Gutiérrez. Eran momentos duros para los maestros paristas, pues les habían retenido sus cheques durante tres quincenas. Testigos de aquel lamentable crimen relatan que el 30 de marzo de aquel año Celso se encontraba con varios de sus compañeros cuando vieron aproximarse a un grupo de vanguardistas que, con sus cheques en mano, se burlaban de ellos. La indignación pudo más. Fueron tras ellos para reclamarles la burla. Cuando Celso y sus compañeros los alcanzaron fueron recibidos a golpes y balazos. Ahí quedó Celso. Otro profesor, René Madariaga, resultó herido. El reconoció al vanguardista Jaime Bermúdez Solórzano, alias El Tragabalas, como el asesino de Celso. René fue arrastrado hasta la casa del ex secretario general de la sección 7, Romeo García Laflor. Uno de los vanguardistas decía mientras lo golpeaba: «no hay que pelonearlo (raparlo), sino matarlo como quiere José Luis (Andrade Ibarra, ex secretario general del SNTE) que se haga con estos cabrones».

Cuatro días después del crimen, una foto de La Jornada mostraba a Carlos Jonguitud hablando al oído de su tocayo, de apellidos Salinas de Gortari, en un acto en el cual se daba un paso más en materia de descentralización educativa.

El homenaje a Celso Wenceslao en el zócalo de Tuxtla Gutiérrez fue multitudinario y después una caravana partió con el cuerpo hacia Nicolás Ruiz, el lugar de origen de Celso, donde esperaba María Teresa, la viuda que se quedó con dos pequeños hijos.

En el camino dominó un grito: «¡Celso murió, Vanguardia lo mató!»

Frente a su tumba, su padre, Melquiades Victorino López, dijo: «Este pueblo pierde a su mejor hombre, pero me apacigua saber que murió en buena ley, defendiendo su derecho a la dignidad». Más tarde, el entonces Secretario General del SNTE, Antonio Jaimes Aguilar, declararía que la muerte de Celso fue responsabilidad de los maestros democráticos: «Fue un accidente entre ellos mismos».

Si un maestro o un campesino mueren en una cantina, diría el profesor y licenciado, «no tiene nada que ver con la organización». Celso Wenceslao López Díaz sostenía que las Escuelas Normales son espacios de lucha. Lo son por dos razones. La primera, porque la pobreza y la opresión de los campesinos es comprendida por sus hijos estudiantes de una manera mucho más racional, como algo que es inevitable, sino que puede ser superado a partir de un proyecto de transformación, y, segunda, porque los alumnos deben luchar permanentemente en contra de la precariedad y por más y mejores condiciones de vida para la gente de las comunidades, participando activamente en la transformación social de los pueblos.

 

 

 

 

 

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *