Letras Desnudas

Mario Caballero

 

Las memorias del fanfarrón

Nadie que haya leído el libro de Javier Coello Trejo puede sentirse decepcionado. En cada una de las 348 páginas se puede percibir la personalidad agreste, cerril y prepotente del también conocido como El Fiscal de Hierro, apelativo que le sirvió para titular el libro.

Pero resulta difícil no sentirse indignado. En el recuento de sus 56 años como servidor público, Coello Trejo firma un libro que jamás tuvo la intención de revelar la mínima verdad, cuyo fin parece ser que quiso lavar su nombre. Reivindicarse con autoelogios por los abusos que cometió en el pasado y por los cuales ya no pudo continuar su carrera política aquí en Chiapas, donde incluso su familia apesta.

Es un texto muy similar a los libros de famosos, sean cantantes, actrices o políticos con problemas de drogas, con enternecedores recuerdos familiares, anécdotas de sus encuentros con políticos destacados y narcotraficantes, confesiones sentimentales y un mar de frases citables, tanto por su cinismo como por su peladez.

Como ésta que -según relata- fue la última enseñanza que le dio su padre estando en su lecho de muerte, que dice: “muerto antes que indigno”, “muerto antes que desleal”.

Pero al parecer no aprendió la lección. Su padre gastó saliva de vicio. Desperdició minutos valiosos que pudo mejor haber aprovechado en otros de sus hijos y no en él que a pesar de la edad, la importancia de los puestos que desempeñó y la vejez, nunca dejó de tener la imagen de aquel niño gordo del que su señor padre contaba que era un peleonero, que le robaba a punta de golpes el gasto a sus compañeros de clase y era el cabecilla de una pandilla de revoltosos.

 

INDIGNO

Si algo fue Javier Coello es haber sido un funcionario público y abogado indigno. Cuestionemos lo que dice en su libro. ¿Qué tiene de dignidad hablar mal, echar pestes y maldecir a personas que ya están muertas? Eso, aparte de ser irrespetuoso, es una cobardía.

Coello Trejo cuenta que siendo secretario de gobierno de Chiapas abofeteó al obispo Samuel Ruiz, y se enorgullece por haberle mentado la madre a Jorge Carpizo, primer presidente de la CNDH, procurador general de la República y secretario de Gobernación durante la administración de Carlos Salinas, después de que éste lo dejó con la mano extendida diciéndole que él no saludaba a asesinos.

¿Qué tiene de digno decir ahora que le mentó la madre a una persona que ya está muerta? ¿Qué interés puede generar que diga que también se la “refrescó” al exgobernador Manuel Velasco Suárez? ¿Qué caso tiene que acuse hoy a Manuel Camacho Solís de haber cometido diversos delitos y decir que fue su víctima, cuando este importante personaje de la política nacional tiene más de seis años que murió? Además, si con esas revelaciones quiere demostrar que es muy hombrecito, ¿por qué no mejor se mete con los vivos?

Claro, hay una parte en la que cuenta que le gritó y le colgó el teléfono a Luis Echeverría, pero el expresidente, a sus años, cuando apenas puede cargar con lo poco que le queda de su cansado cuerpo, qué interés le va a prestar a los dichos de un fanfarrón y qué ganas va a tener de contestarle.

 

FARSANTE

Todo el libro es insultante. Cada línea es un homenaje a la fanfarronería. Javier Coello tiene una admirable capacidad para lazar estiércol, para soltar la lengua buscando hacer pasar el insulto y la mentira por autenticidad. Pero eso es el fanfarrón: un bravucón que no ofrece ideas, que se trepa en su ego para mirar a todos por debajo del hombro y para el que todos son imbéciles, o “pendejos” como el tanto repite en su libro.

En los párrafos introductorios dice: “Mucho se dice de mí, pero el mejor ejemplo que puedo darles es que durante los 56 años que he trabajado siempre en procurar la justicia, nunca he mentido, robado, traicionado; tan es así que tuve el cargo de combatir el cáncer que denigra a un país: el narcotráfico. Y estoy escribiendo mis memorias, en conclusión, estoy vivo”.

No sólo está vivo, es un farsante. ¿Cuándo procuró la justicia? Porque el hecho de que haya desempeñado el cargo de agente del Ministerio Público, subprocurador general de la República, encargado de la lucha contra el narcotráfico o el de procurador federal del Consumidor, no lo convierte en un defensor de la justicia y en un promotor de la legalidad.

Nada más durante el par de años que desempeñó el cargo de secretario general de gobierno en Chiapas (1982-1984), fue acusado de abuso de poder, despotismo, nepotismo y de operar encarcelamientos injustificados en contra de los opositores del gobierno del general Absalón Castellanos Domínguez, para el cual fungió.

Se cuenta que tergiversando la aplicación de la ley operó decenas de encarcelamientos en contra de líderes campesinos, políticos, que lanzó amenazas de muerte contra dirigentes magisteriales y que reprimió con la fuerza pública a periodistas y medios críticos.

Sonado fue el caso de la detención del fundador de esta casa periodística, Jorge Toledo Coutiño, quien por haber tenido el valor de cuestionar los abusos cometidos por la Policía Judicial Federal en Chiapas fue acosado, violentado en sus derechos humanos y detenido sin ninguna justificación y bajo cargos infundados por el excomandante Rogelio Olivares Oropeza, quien estaba a las órdenes de Coello Trejo.

Cabe mencionar que el Fiscal de Hierro instruyó la aprehensión debido a la insistencia de su hermano Roberto, un supuesto editor y periodista frustrado que utilizó el poder y las influencias de su hermano para emprender cacerías políticas en contra de todos aquellos verdaderos comunicadores que lo censuraban y le estorbaban en sus objetivos aviesos.  

¿Eso es procurar la justicia? ¿Eso es ser digno?

No es todo. Javier Coello Trejo también fue señalado de infligir torturas para arrancar confesiones de personas inocentes en contra de otros inocentes. Por eso fue despedido de la Subprocuraduría de Lucha contra el Narcotráfico, en el que se le acusó de permitir que sus subordinados cometieran toda clase de crímenes de lesa humanidad.

 

¿LEAL?

Volviendo a la enseñanza de su padre de “muerto antes que desleal”, ¿puede decir que es leal? Porque lo que no dice en su libro de memorias es que ha sido un abogado que pudo haber salido de la serie Los Soprano, que además de arreglarle sus problemas legales a sus clientes, hizo todo tipo de trapacerías para encubrir los actos ilegales de éstos. Se dice que mentía, sobornaba, amenazaba y destruía evidencias. En pocas palabras: le hacía el trabajo sucio a sus jefes políticos y contratantes.

Ahora puede decir que siempre ha estado a favor de la justicia, pero no puede estarlo alguien que como él fue acusado de tener tratos con narcotraficantes, como Amado Carrillo, quien le dio las gracias –según cuenta él mismo- por haberle salvado la vida. Pues Coello Trejo le montó un hospital en los separaros para que el llamado Señor de los Cielos no muriera.

Mientras ordenaba torturas para meter a la cárcel a chivos expiatorios, protegía a criminales.

Bueno, el ahora autoproclamado “leal” sigue apareciendo entre los implicados del caso de los hermanos Carrola, a quienes conocía desde la década de los setenta y que estuvieron a su servicio. Hay quienes dicen que tuvo que hacerlos a un lado debido a la mucha información que estas personas tenían de él. ¿Leal?

Así las memorias de Javier Coello Trejo: un fanfarrón que presume de buena memoria haciéndose el desmemoriado.

 

@_MarioCaballero

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