El colapso de las plataformas digitales y la breve independencia humana

El colapso de las plataformas digitales y la breve independencia humana

 

Ulises Lara López

Millones de personas, negocios y organismos en todo el mundo se vieron envueltos en una crisis colectiva e incertidumbre generalizada, provocada por la interrupción de los servicios proporcionados por las plataformas de Facebook, Instagram y WhatsApp, con grandes consecuencias psicológicas, comunicativas, económicas y financieras, las que además de ser otros de los grandes aprendizajes sobre el uso y abuso de las tecnologías de la información y la comunicación, merece un profundo y concienzudo estudio sobre la forma en que nos hemos relacionado en las diferentes esferas de nuestra actual forma de vida.

Además, la caída de estas redes sociales logró desquiciar a gran parte del mundo y paralizar algunos servicios y negocios, lo que en medio de la pandemia generó incertidumbre incluso sobre el dinamismo del teletrabajo, las clases virtuales, la mensajería, las transmisiones en vivo, el comercio on line, la comunicación, la realidad virtual y otros servicios digitales, quedando demostrada la fragilidad y dependencia con respecto al uso de los teléfonos celulares y de los dispositivos móviles que se usan a diario para el trabajo, la comunicación y el entretenimiento, más aún, cuando los científicos advierten sobre la vulnerabilidad de la civilización humana frente a las tormentas solares que en un determinado momento podrían provocar un “reset” mundial que colapsaría a la sociedad moderna.

Lo ocurrido a estas plataformas digitales, implicó para todos los usuarios pérdidas económicas cercanas a los mil millones de dólares, según el sitio Netblocks.org: para Facebook representó una baja de 4.89% en sus acciones bursátiles, y para México, la estimación fue de 265 mdp, viéndose afectados en nuestro país los más de 80 millones de usuarios con que cuenta WhatsApp; de los 72 millones en Facebook, y de los 32 millones registrados en Instagram.

Así mismo, se hizo evidente un fenómeno, que si bien ha sido motivo de estudios desde el año 2011 por parte de especialistas del Reino Unido, hoy debe ser motivo de tenaz atención; nos referimos a la “nomofobia” (no-mobile-phone phobia), como el miedo irracional o la tendencia a presentar ansiedad al no contar con el celular, al agotársele la batería de éste o al no tener cobertura o conectividad en un intervalo de tiempo, y cuyos síntomas son: taquicardia, insomnio, dolor de cabeza, dolor de estómago e incluso pensamientos obsesivos como la inseguridad y el aislamiento social, que se vuelven más reincidentes e intrusivos.

Pese a ello, cabe aclarar que la nomofobia aún no está considerada como una patología o un trastorno del comportamiento, sin embargo, sí es una llamada de atención por el grado de adicción que genera el uso excesivo del smartphone y de los dispositivos móviles.

Millones de personas buscaron viejas u otras alternativas de información y comunicación, volviendo el mundo, por unas horas, a no depender de las plataformas digitales que conforman el imperio de Mark Zuckerberg, cuya empresa, justificó que la interrupción se debió a ajustes en sus servidores. Sin embargo, parece que nada se ha aprendido de las experiencias del pasado para tomar medidas preventivas (en marzo de 2019, un apagón que duró 12 horas, afectó a las tres redes sociales y en los últimos cinco años WhatsApp, que tiene más de 2 mil millones de usuarios en el mundo, ha presentados situaciones similares), dando cabida incluso a teorías de la conspiración que poco ayudan a la tranquilidad y estabilidad de la población mundial.

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