La cara triste del desarrollo, el caso de Canadá

Toronto

Jesús Martínez Soriano

 

La cara triste del desarrollo, el caso de Canadá

Toronto, Canadá. Es el viernes 26 de noviembre de 2021, día en que se conmemora el Black Friday en Estados Unidos, pero que aquí también ha sido adoptado ante la fuerte influencia que aquel país ejerce sobre éste; prácticamente todos los comercios anuncian atractivos descuentos en una amplia variedad de mercancías. Sin poder mantenerme al margen de ello, por la tarde acudo a Eaton Centre, la plaza comercial más importante de la Ciudad, para efectuar algunas compras y, después de ello, emprendo el regreso a casa; abordo la línea 1 del metro, con dirección a la intersección de las estaciones Bloor y Yonge, líneas 1 y 2, a fin de realizar el transbordo respectivo; sin embargo, en la estación previa, Wellesley, el conductor del convoy anuncia que no hará parada en dicho cruce y que el servicio de la línea 2 se encuentra suspendido debido a una investigación policiaca, algo cada vez más común en esta ciudad.

Ante el caos que la anterior situación genera y no obstante que en el exterior la temperatura es de menos 4 grados Celsius, decido caminar rumbo un café de la cadena Tim Hortons, que se ubica en Bay Street, casi esquina con Bloor St., para tomar un café, con la esperanza de que en poco tiempo se reestablezca el servicio del metro y pueda continuar mi trayecto. Minutos más tarde ingreso a dicho establecimiento y me ubico en la barra de enfrente, en donde se encuentra un enorme ventanal, por donde observo la cotidianidad de la ciudad ya en un ambiente plenamente navideño. Mientras tomo algunos sorbos de café, un homeless (persona sin hogar) ingresa al establecimiento y se sienta a mi costado izquierdo, extrae varias de mandarinas de los bolsos de su chamarra y las acomoda en la barra. El hombre se acerca a mí, toca mi hombro y, al yo voltear hacia él, señala con sus manos hacia las frutas, invitándome a tomar alguna, pero sin pronunciar una palabra; me doy cuenta que las frutas parecen estar a punto de echarse a perder. Le agradezco el gesto con un movimiento de manos y le sonrío en respuesta a su cortesía, pero rechazo su ofrecimiento; me percato de que se trata de una persona mayor con problemas mentales, quizá sordomudo, de unos 70 años de edad, de tez blanca y complexión robusta, rasgos toscos, aunque de expresión amable; porta ropa sucia y rasgada: jeans azules, chamarra negra de piel ya muy despintada y un gorro rojo navideño en la cabeza, ya muy sucio. Al terminarse los cítricos, el individuo abandona el lugar, no sin antes despedirse de mi con una señal de mano, al cual yo correspondo. A través de la ventana, mantengo la mirada en el hombre, quien se aleja del lugar caminando lentamente con las manos en los bolsillos; esa imagen me causa conmoción, tristeza y hasta impotencia por no poder hacer nada por él.

 

El Toronto de hoy similar al Nueva York de los 90

Como ya lo he manifestado en otras ocasiones, el Toronto de hoy me recuerda al Nueva York de los 90. Cuando visité por primera vez la Gran Manzana, allá por 1991, uno de los aspectos que más me impresionó fue el número de homeless que ahí habitaban y las cosas que hacían. Presencié algunas escenas demasiado crudas, como el intercambio de jeringas entre varios de ellos para inyectarse heroína y otro tipo de drogas; en el exterior de varias estaciones del metro era común observar una gran cantidad de jeringas tiradas, como cualquier otra basura. Era la época en que empezaba a propagarse el SIDA, sin que se dispusiera de información suficiente, como ahora, acerca sus diversas formas de contagio. A propósito, justo en ese año, 1991, falleció el reconocido cantante Freddy Mercury, precisamente a causa de dicha enfermedad.

En Toronto, de acuerdo con Fred Victor, una organización altruista que busca apoyar a personas sin hogar, hay alrededor de 10 mil personas consideradas homeless, quienes duermen en calles, albergues y diversos centros de emergencia. Para una ciudad de cerca de tres millones de habitantes, los homeless representan apenas el 0.33% del total, lo que parece poco significativo, sin embargo, su presencia es demasiado visible por todas las zonas de la ciudad; se le ve en los vagones del metro, en el interior de los autobuses urbanos y tranvías, en las terminales de trenes y autobuses, en los cafés, tiendas y restaurantes, en las entradas de las estaciones del metro, en la calle y hasta en las bibliotecas públicas. Y la notoriedad que adquieren tiene que ver con los problema e inconvenientes que muchos de ellos generan a las demás personas.

 

Los homeless y los límites de la tolerancia

Para la mayoría de los habitantes de esta ciudad resulta cada vez más difícil pasar inadvertida la presencia de los homeless y permanecer inerme ante algunas de sus reacciones. A muchos de ellos se les ve en los vagones del metro o tranvías y en los camiones, durmiendo y ocupando varios asientos, con ropa demasiado sucia y casi siempre emitiendo un aroma bastante desagradable, lo que provoca que la mayoría de la gente se aleje de ellos, se cambie de vagón o decida abordar otro vehículo de transporte público. Otros se internan en cafés, restaurante y bibliotecas, en donde hablan solos, gritan y en ocasiones profieren insultos a otras personas. Algunos más causan destrozos en los baños públicos de las estaciones del metro o de terminales y restaurantes (rompen espejos, lavabos, puertas, etc.), en las entradas de establecimientos y comercios, (destrozan cristales o estructuras de madera) y en algunos edificios de condominios (usan estacionamientos y zonas de escaleras como baños públicos).

Según la organización antes mencionada, Fred Victor, la mayoría de los homeless (75%) padece de enfermedades mentales, otros tienen algún trauma o afectación por haber perdido su empleo, pareja y/o familia, y algunos más provienen de matrimonios disfuncionales, han sufrido violencia intrafamiliar y/o han abusado del uso de varios tipos de drogas. Todos ellos carecen de un hogar o espacio en donde vivir y suelen dormir en calles o albergues, los cuales registran una ocupación de 98% en estas épocas de fríos intensos. A muchos canadienses les conmueve la situación de los homeless, a quienes buscan apoyar con algunas monedas o alimentos, pero a otros les resultan francamente intolerables muchas de sus actitudes, llegando a exasperarlos. En algunos cafés y restaurantes, cuando los homeless intentan molestar a los clientes, los empleados discuten fuertemente con ellos, exigiéndoles desalojar dichos sitios.

 

¿Qué hacer con los homeless?

En las grandes ciudades, como Nueva York, en donde suelen contar con un sector numeroso de homeless, han sido aplicadas varias estrategias para reducir su presencia, desde ofrecimiento de apoyos, como pago de transporte y ayuda para encontrar lugares en donde vivir, a fin de que regresen a sus lugares de origen: pueblos, estados o, incluso, países (como lo hizo el alcalde Michael Bloomberg en 2007), hasta la adopción de medidas punitivas, como arrestos masivos a quienes se negaran a dejar la calle para ingresar a los albergues (promovidas por el republicano Rudolph Giuliani en 1999). Los éxitos de las anteriores acciones han sido parciales y efímeros, pues después de cierto tiempo, con el crecimiento de la población, vuelve también a crecer este sector.

Pero si se toma en cuenta que la mayoría de esas personas sufren de trastornos mentales, el asunto resulta bastante complicado. A lo largo de mi estancia en este país, he observado a muchos homeless que padecen deterioros mentales que parecen irreversible, por lo que no puedo negar mi escepticismo acerca del éxito que pudieran tener los esfuerzos que muchas organizaciones y centros de investigación realizan para atacar estos padecimientos. Hace algunos días caminaba yo por la calle Bloor, al detenerme en el cruce con la calle Church, reparé en un mural colocado en el edificio de la agencia de marketing Klick Health, en el que se aprecia un rostro femenino, con imágenes insertadas que reflejan la lucha por el empoderamiento de las mujeres, realizado por el artista Daniel Mazzone, nacido en Toronto, quien fue homeless, según se lee en la parte superior del mural. Al investigar acerca de su biografía, me entero que efectivamente, Mazzone y su madre vivieron en calles, parques y albergues durante cinco años, cuando él apenas contaba con 15 años de edad. Hoy, el caso del artista canadiense de 41 años de edad parece excepcional, pero genera cierto optimismo acerca de las personas que, a pesar de que en apariencia no tendrían ninguna posibilidad de salir de la difícil la situación en que se encuentran, lo terminan consiguiendo, para convertirse en gente exitosa.

 

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