Edil de Pijijiapan y Copainalá, unos sinvergüenzas

Vaya sorpresa y al mismo tiempo, cinismo, el que demuestran personajes de la política, cuando algunas víctimas exhiben la forma de operar de quienes tuvieron la fortuna de ganar alguna alcaldía, aunque su proceso haya sido muy cuestionable, por anti ético, nada transparente y de una desfachatez inconmensurable, que lo primero que nos lleva a la mente es si son tramposos ante de ejercer un puesto público, cómo serán ya estando en funciones.

Lo que se expresa no son enunciados sin sentido, no. Lo que se cuestiona se tiene documentado, con víctimas de carne y hueso, que han dado paso a denuncias públicas para exhibir el descaro con el que operan, por citar dos ejemplos concretos, los alcaldes de Pijijiapan y Copainalá.

Es en verdad de risa que los dos representantes populares, los que dicen defensores de su pueblo, sean puestos al desnudo cómo sátrapas, y lo peor del caso, que nieguen la “cruz de su parroquia”. Tanto Carlos Albores Lima, edil de Pijijiapan y Javier Vázquez, alcalde de Copainalá, son acusados ante los medios de comunicación y en redes sociales, como dos sujetos que no tuvieron empacho en pedir miles de pesos para cubrir su campaña política para llegar al poder, pero lo lamentable, es que meses e incluso años después, se nieguen a responder con su palabra de honor empeñada: Pagar lo que deben.

Sería lo justo, pero no, aún con pruebas en contra, niegan haber contraído deuda, y como ya se sienten empoderados, el insulto y las amenazas se ciernes sobre la integridad del afectado, sin que haya autoridad que se atreva a defender los intereses de quienes sufren esta atrocidad de los munícipes.

A Albores Lima lo acusa el constructor Germán Acuña. Lo llama “mañoso y tramposo”, nadita para un alcalde que se da golpes de pecho de ser transparente y honrado. Lo sindica que no le paga 180 mil pesos que le prestó para su campaña política. El ahora alcalde le prometió retribuírselos con obra pública, situación que a la vista de todos se le llama corrupción

Ahora el alcalde del Partido de Morena de la vanagloriada Cuarta Transformación ya no contesta el teléfono ni los mensajes de WhatsApp. Y lo que también es cuestionable que siendo de la misma religión (Maranatha) ni el pastor haya podido lograr mediar para que su feligrés responda, como “buen” cristiano que es”, con el pago de su deuda.

El otro malqueriente, el de Copainalá, el dizque famoso “Gallo” Vázquez, él se pasó de lanza en la campaña previa a la elección del 2018, cuando la señora Blanca Estela le dio la nada despreciable suma de 375 pesos y que el ahora alcalde se niega a pagar. Este hecho, registrado en 2015, ya está en los tribunales. La desvergonzada es que también niega que se le haya dado el recurso.

Este par de insolentes alcaldes deben ser expuestos al escrutinio público y mínimo, como se hace al estilo Andrés Manuel López Obrador, la población debería votar a mano alzada para enjuiciarlos y júrenlo que ni tiempo les daría para ir a sacar sus chivas a las alcaldías.

Si existen estas denuncias, lo mínimo que deben hacer las autoridades competentes, llámese Congreso del estado, Auditoría Superior del estado y la misma Fiscalía general estatal e incluso el Instituto Electoral y Participación Ciudadana es investigar y llamar a cuentas al funcionario, pues esta modalidad que se ha vuelto costumbre es ilegal, pues para adjudicarse una obra debe haber licitación de por medio, no como pago de favores.

En ambos casos, los alcaldes se han tomado el hecho como una afrenta personal y se indignaron de que los exhiban públicamente, por ello las amenazas que les han hecho llegar a las víctimas de que dejen de fastidiarlos, también deben ser objeto de una intervención enérgica de la Fiscalía, no sea que después de lamenten las consecuencias fatales que de ello deriven. Tantita vergüenza deben tener para sumir esta postura criminal. Lo sentimos por la población que está a merced de estos mercenarios, que en lugar de estar gobernando deberían estar en la cárcel y paguen por sus fechorías que no tienen nombre, por no decir otra palabra.

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