¿Es posible la solidaridad internacionalista contra la competencia inter-imperialista?

(SEGUNDA DE DOS PARTES)

Ashley Smith

«Democracias» frente a «Autocracias»

Para complementar esta política industrial imperialista, Biden ha lanzado una campaña geopolítica para forjar un frente de las «democracias» contra las «autocracias». Es en gran medida una pretensión ideológica, ya que la democracia de EEUU está, cuanto menos, llena de crisis (¿se acuerda del asalto al Congreso?) y los aliados a los que invitó a sus dos «Cumbres Democráticas» incluían estados que Freedom House clasifica como «parcialmente libre», «no libre en absoluto» y «autocracias electorales».

Sin embargo, Biden ha avanzado en la construcción de una alianza compuesta principalmente por sus aliados de la Guerra Fría contra China y Rusia. Utilizó la coartada de la opresión de los uigures de Xinjiang por Beijing para justificar un boicot diplomático de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de 2022, al que se unieron Gran Bretaña, Canadá, Australia, India y una lista de estados más pequeños. Las pretensiones de Washington de defender los derechos humanos apestan a hipocresía, impone un Nuevo Jim Crow (racismo) en casa y respalda a estados opresivos en el extranjero como el apartheid de Israel.

En respuesta, China y Rusia anunciaron antes de los Juegos Olímpicos su «amistad sin límites» en una declaración conjunta que pide «un sistema multipolar de relaciones internacionales» y denuncia «que ciertos Estados [los Estados Unidos y sus aliados] intentan imponer sus propios «estándares democráticos» a otros países», una política que consideran «intentos de hegemonía».

Con la intensificación de la rivalidad, Biden ha aumentado los presupuestos militares cada año, dedicando 780 mil millones de dólares en 2022, casi 820 mil millones de dólares para 2023, y ha propuesto 886 mil millones de dólares para 2024. Y ha presionado para que todos los aliados de EEUU, especialmente los de Europa y Asia, aumenten su gasto en defensa, alimentando una carrera armamentista internacional.

En Asia, Biden ha puesto especial énfasis en el Diálogo de Seguridad Cuatrilateral, que incluye a Australia, India y Japón, y ha organizado ejercicios militares conjuntos durante años. Orquestó su primera cumbre con los jefes de todos los estados en 2021, en una medida explícitamente diseñada para contrarrestar a China.

También inició el nuevo pacto militar trilateral entre Australia, el Reino Unido y los EEUU (AUKUS) para permitir que Canberra adquiera submarinos de propulsión nuclear para contrarrestar la creciente potencia naval de Beijing. Y ha presionado a Corea del Sur para que olvide sus quejas históricas con el imperialismo japonés y se una a él y a los Estados Unidos en un frente unico contra Corea del Norte y China.

El imperialismo ruso sobrecalienta las rivalidades

La invasión rusa de Ucrania ha llevado esta rivalidad inter-imperialista a un punto álgido. Putin lanzó la guerra para reconstruir el imperio ruso, colonizar Ucrania, aplastar las luchas internas y regionales por la democracia y contrarrestar la expansión de la OTAN en lo que considera su esfera de influencia.

Putin creía que Rusia estaba en una posición ideal para iniciar la guerra después de asegurar una «amistad sin límites» con China y tras la vergonzosa retirada de Biden de Afganistán. Lo que subestimó fue la resistencia ucraniana, que detuvo a Rusia y sorprendió a las potencias de Estados Unidos y la OTAN que esperaban que Kiev cayera.

Washington ha respaldado a Ucrania, como declaró el secretario de Defensa Lloyd Austin, para debilitar a Rusia y agrupar a sus aliados contra Moscú y Beijing. De hecho, la guerra de Putin ha sido un regalo para el imperialismo estadounidense. Washington ha relegitimado y galvanizado la OTAN, que debería haber sido disuelta después de la Guerra Fría. La alianza de seguridad en expansión ha incorporado recientemente a Finlandia y está negociando la incorporación de Suecia. Y Estados Unidos ha presionado con éxito a sus aliados europeos para que aumenten sus presupuestos militares.

Además, Washington ha conseguido que la OTAN identifique a China como uno de sus «desafíos sistémicos». Francia, los Países Bajos y Alemania ya se han unido a los ejercicios navales de EEUU y Japón en Asia-Pacífico.

Por su parte, Washington ha intensificado sus políticas de confrontación con China desde la guerra de Ucrania. EEUU ha derribado globos espías de China, ha arrestado a agentes de la policía china que actuaban en su territorio y, según documentos recientemente filtrados, aumentó sus operaciones de vigilancia no solo de Rusia y China, sino también de aliados como Corea del Sur, Egipto e incluso el Secretario General de NNUU.

Biden también ha utilizado la excusa de la seguridad nacional para justificar la intensificación de la guerra de los micropresadores de Washington contra China. Los Estados Unidos, junto con Japón y los Países Bajos, han prohibido la exportación a China de semiconductores y máquinas avanzadas alegando que esta alta tecnología tiene aplicaciones tanto civiles como militares.

Morris Chang, el fundador del fabricante de semiconductores de Taiwán, TSMC, que ya había acordado dejar de vender chips avanzados a Huawei, «apoya» la prohibición, cuyo objetivo es obstaculizar el desarrollo de la industria de alta tecnología china. Pero, advierte, implica que «la globalización está muerta» y el «libre comercio» en peligro.

Sin embargo, a pesar de los aranceles, sanciones y prohibiciones, el comercio entre los Estados Unidos y China a alcanzado un récord en 2022 de 690 mil millones de dólares. En este punto, por lo tanto, Washington, como reiteró recientemente la secretaria del Tesoro Janet Yellen, no está persiguiendo el «desacoplamiento», sino la «limitación de riesgos», relocalizando las industrias y las cadenas de suministro militares estratégicas fuera de China.

La contraofensiva de China

Pekín ha respondido a los ataques de Washington con una contraofensiva. Antes de hacerlo, tenía que superar una desaceleración de la economía, un aumento del desempleo y la resistencia interna, todo causado en parte por su política draconiana de cero COVID.

Por lo tanto, Xi abandonó los confinamientos, reabrió el país al mundo y aumentó el apoyo al capital estatal y privado, lo que ha permitido un crecimiento del 4,5 por ciento en el primer trimestre de 2023. Está guiando este nuevo crecimiento con una nueva política industrial diseñada para crear una economía de doble circulación: un sistema interno cada vez más autosuficiente junto con otro para la exportación al mundo.

China también ha impuesto sanciones a empresas estadounidenses, como Lockheed Martin y Raytheon, y ha abierto una investigación contra el fabricante de chips estadounidense Micron, en represalia contra lo que llama el «bloqueo tecnológico» liderado por Washington. Sin embargo, como admitió un analista de la CIA, China «tiene muchas palancas que puede ejercer para presionar a los aliados y socios de EEUU, cuyas economías dependen del comercio con China».

Para capitalizarlo, Xi lanzó una ofensiva diplomática multifrente contra Washington. Orquestó un acuerdo entre Arabia Saudí e Irán para restaurar las relaciones diplomáticas, sorprendiendo y marginando a los Estados Unidos, al tiempo que demostraba el nuevo estatus de China como potencia mediadora en Oriente Medio.

Poco después, Xi celebró una cumbre con Vladimir Putin en Rusia, reafirmando su «amistad sin límites», con acuerdos comerciales nominados en yuanes chinos y reiterando su compromiso compartido de construir un orden mundial multipolar contra la hegemonía de Washington. Xi también ha pedido un alto el fuego en Ucrania, presentado un marco para las negociaciones de paz y prometió llamar al presidente Volodímir Zelenski.

Tras un retraso, finalmente se puso en contacto con Zelenski, pero su conversación no supuso ningún progreso hacia un alto el fuego y el inicio de negociaciones, por no hablar de una paz justa, cuya condición previa es la retirada de las fuerzas de Moscú. Sin embargo, Beijing claramente espera explotar las divisiones sobre la guerra de Rusia y utilizar sus acuerdos económicos para atraer a las potencias subimperialistas, especialmente a los BRICS, así como a otros gobiernos del Sur Global, a su órbita y evitar que Europa la bloquee con los Estados Unidos.

El gobierno chino ha obtenido algunos éxitos en este esfuerzo, dando la bienvenida a varios jefes de estado a China e impulsando en el FMI la preocupación de que la economía mundial está a punto de fragmentarse «en bloques económicos rivales». El presidente brasileño Luis Inácio Lula da Silva viajó a Beijing, anunció que «Brasil está de vuelta», criticó la hegemonía del dólar de Washington, pidió un mundo multipolar de divisas, inició la discusión sobre posibles nuevos acuerdos de comercio e inversión, reiteró las justificaciones de Putin para invadir Ucrania y pidió un alto el fuego y negociaciones.

Como parte de su esfuerzo por atraer a los estados europeos, Xi dio la bienvenida al canciller alemán Olaf Scholz a Beijing. Scholz, cuya economía depende en gran medida de las exportaciones, presionó a Xi para que convenza a Rusia para que ponga fin a la guerra, pero se limitó principalmente a firmar nuevos acuerdos comerciales y de inversión lucrativos.

El francés Emmanuel Macron, que se enfrenta a huelgas masivas en casa, se unió a la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, en una visita conjunta a Beijing. Macron intentó desarrollar una posición geopolítica independiente de los EEUU, afirmando que, sobre la cuestión de Taiwán, la UE debe resistirse a convertirse en «compañeros de viaje» o «vasallos» de los EEUU y quedar «atrapada en crisis que no son nuestras».

En señal de división, von der Leyen reprendió a Macron, advirtió a China contra cualquier uso de la fuerza y reiteró el apoyo de la Comisión europea a la política de Washington sobre Taiwán. Otros líderes europeos, como el jefe de política exterior de la UE, Josep Borrell, expresó una posición diferente.

Borrell afirmó que la UE había identificado a Rusia como una amenaza para su seguridad, pero no a China, y que Bruselas necesitaba seguir hablando con China «debido a su enorme influencia en el mundo». Por lo tanto, los líderes europeos siguen divididos sobre China, a pesar de su apariencia de unidad sobre Taiwán y Ucrania en la cumbre del G7.

Para respaldar con fuerza esta ofensiva geopolítica, China ha anunciado un aumento del 7,2 por ciento en el gasto en defensa para este año. La política industrial proteccionista y el militarismo de Beijing contrastan con su repetida defensa del multilateralismo, el libre comercio y la globalización.

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