(TERCERA DE TRES PARTES)
Ashley Smith
Taiwán: Punto de inflamación estratégico de la rivalidad imperial
El conflicto entre EEUU y China está llegando a un punto crítico sobre Taiwán. El general estadounidense Mike Minihan va tan lejos como predecir una guerra en 2025. Beijing reclama la isla como una provincia renegada a la que aspira a reintegrar, mientras que Estados Unidos mantiene una posición de «ambigüedad estratégica», defendiendo una política de «Una China» que solo reconoce oficialmente a Beijing, y mantiene una ambigüedad calculada sobre si defendería militarmente a Taiwán para disuadir a China de invadir la isla y a Taiwán de declarar la independencia.
Lo que está en juego no es solo un conflicto geopolítico, sino también económico. Taiwán es sede de algunas de las industrias de semiconductores más avanzadas del mundo. Corporaciones como TSMC fabrican y exportan el 90 por ciento de los chips de ordenador más avanzados a países como China, que son imprescindibles tanto para iPhones como para drones militares.
China promete impedir cualquier movimiento de Taiwán para declarar su independencia y ha declarado repetidamente su determinación de retomar la isla por la fuerza si es necesario. En respuesta a estas amenazas, Joe Biden ha declarado en varias ocasiones, en aparente violación de la ambigüedad estratégica, que Estados Unidos defendería a Taiwán en caso de un ataque.
La provocativa visita de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, a Taiwán desencadenó una cuarta crisis del Estrecho de Taiwán. Pelosi declaró «el compromiso inquebrantable de Estados Unidos de apoyar la vibrante democracia de Taiwán» ya que «el mundo se enfrenta a una elección entre la autocracia y la democracia». Al mismo tiempo, afirmó apoyar la política de «Una China» y oponerse a cualquier «esfuerzo unilateral para cambiar el statu quo».
China reaccionó a la visita con los ejercicios militares más grandes de la historia cerca de Taiwán, disparando misiles balísticos, desplegando buques de guerra en el Estrecho y enviando aviones de combate sobre la isla. La visita del presidente taiwanés Tsai Ing-Wen a los Estados Unidos precipitó otra ronda de ejercicios militares chinos, esta vez simulando un bloqueo para evitar que los Estados Unidos puedan defender la Isla.
Poco después, Estados Unidos y Filipinas organizaron ejercicios militares que incluyeron un simulacro de ataque al buque de guerra chino en el Mar del Sur de China, un mensaje obvio y beligerante a Beijing. Estas operaciones se produjeron inmediatamente después del nuevo acuerdo de Washington con Manila para establecer cuatro nuevas bases militares cerca de las aguas disputadas por Beijing, incluida una en Luzón, cerca de Taiwán.
El pueblo taiwanés está atrapado entre China y los Estados Unidos, su derecho a la autodeterminación amenazado por Beijing y cínicamente apoyado por los Estados Unidos por motivos imperiales.
Ni Washington ni Beijing
Sin embargo, es poco probable una guerra entre los Estados Unidos y China en este momento. Sus economías permanecen profundamente integradas, ambas potencias poseen enormes arsenales de armas nucleares, y participan a la par en instituciones geopolíticas y económicas internacionales, factores que mitigan las posibilidades de guerra.
Pero, en medio de las múltiples crisis del capitalismo global, ambas potencias están agitando la hostilidad nacionalista e implementando políticas geopolíticas y económicas cada vez más antagónicas. En condiciones tan volátiles, es esencial que la izquierda internacional se movilice contra la deriva hacia la guerra imperialista.
En los EEUU, la principal prioridad de la izquierda debe ser oponerse al intento de Washington de imponer su hegemonía contra el desafío de China. Washington sigue siendo, como dijo Martin Luther King Jr. hace décadas, «el mayor proveedor de violencia en el mundo hoy en día», un hecho confirmado recientemente por su destrucción de Afganistán e Irak.
Al mismo tiempo, no deberíamos caer en la política de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» y apoyar al principal rival imperial de Washington, China, ni a otros menores como Rusia. No dejan de ser estados imperialistas depredadores y avariciosos, como atestigua el historial de Beijing en Xinjiang y Hong Kong, al igual que el de Moscú, igualmente brutal, en Siria y Ucrania.
Construir solidaridad Internacional desde abajo
Por el contrario, la izquierda debe construir una solidaridad internacional desde abajo entre las naciones oprimidas como Palestina, Ucrania y Taiwán, así como entre los trabajadores explotados en ambos países y en todo el mundo. Este proyecto no es una abstracción, sino una necesidad y una posibilidad.
El capitalismo global ha unido a los trabajadores a través de las fronteras, y sus crisis están produciendo resistencia desde abajo en los EEUU, China y en todo el mundo. De hecho, desde la Gran Recesión, hemos sido testigos de una ola de protestas y revueltas contra las profundas desigualdades en todos y cada uno de los países.
El desafío político para la izquierda es construir solidaridad dentro de ellos y entre ellos. La forma más inmediata de hacerlo es ayudar a la auto-organización en la gran población china y chino-estadounidense, incluidos casi 300.000 estudiantes internacionales chinos, que se encuentran en los EEUU.
Una izquierda arraigada en estas comunidades ha jugado y desempeñará un papel esencial en la lucha contra el racismo antichino que Washington ha alentado. También puede ayudar a organizar la lucha de los trabajadores, especialmente en los campus donde los estudiantes chinos han desempeñado un papel principal, más recientemente en las huelgas universitarias en California. Dicha organización tiene un tremendo potencial para construir solidaridad internacional, ya que muchos estudiantes chinos tienen conexiones con el movimiento obrero en China, así como con el movimiento feminista chino.
También hay una gran diáspora de personas oprimidas por el estado chino, incluidas muchas de Hong Kong, Xinjiang y Taiwán. Es esencial que la izquierda construya solidaridad con estas luchas con el fin de proporcionar una alternativa a la administración de los Estados Unidos, que se posiciona cínicamente como su amigo, mientras utiliza como un arma arrojadiza su opresión como parte de su rivalidad inter-imperialista con China.
Todo este trabajo abrirá vías para construir una lucha común con los trabajadores de China y Asia. Labor Notes (corriente de izquierda sindical en EEUU, NdT) ya sentó un precedente con sus giras de huelguistas chinos. Si bien la represión contra las ONG laborales y los militantes obreros en China los últimos años ha hecho que esto sea mucho más difícil, la izquierda debe estar atenta a todas las posibilidades, por tenues que sean, de construir puentes de solidaridad con sus luchas.
En 2019, por ejemplo, 80 000 trabajadores tecnológicos de los EEUU y de todo el mundo firmaron un llamamiento internacional de solidaridad con la protesta de sus homólogos chinos contra una política que les exigía trabajar de 9 a.m. a 9 p.m. seis días a la semana. Por lo tanto, incluso en la industria de alta tecnología, que es un lugar clave de la rivalidad inter-imperialista, los trabajadores demostraron la posibilidad de una acción conjunta contra sus explotadores.
Finalmente, la izquierda de EEUU debe colaborar con la izquierda china (y la izquierda asiática en general), que, a pesar de la represión y las condiciones difíciles, han desarrollado extensas redes y publicaciones como Lausan de Hong Kong, New Bloom de Taiwán y grupos y publicaciones chinos como Gongchao, Chuang y Made in China Journal. Ahora es el momento de construir un antiimperialismo internacionalista que rechace la falsa opción entre Washington y Beijing y se organiza a través de las fronteras en una lucha por el socialismo internacional que ponga a las personas y al planeta en primer lugar.








