El caso de los músicos de banda y Mazatlán durante la Semana Santa
Emmanuel Grajales-Clavel / Diario de Chiapas
Ciertamente, en la sociedad estigmatizamos y con mucho rigor clasista definimos a las personas por sus gustos: aquellos avalados por la elite, por las masas o los extractos sociales más bajos; en el caso de estos últimos, son los más denostados por sus preferencias o placeres: los narcocorridos, reguetón y la banda.
Los géneros musicales mencionados son la comidilla de las redes sociales, que ridiculizan a un sector poblacional, el cual tiene pocas posibilidades de un ascenso social y sus costumbres son descritas bajo condiciones infrahumanas, ridículas y poco vistosas: la imagen de Shrek y Fiona son un claro ejemplo. También, aquellos “poseers” intelectuales en cada red social, comparten los posts donde buscan menospreciar a dichas expresiones musicales bajo cánones que no son viables en la realidad social del resto de los mexicanos; incluso, políticos que militan en partidos conservadores han buscado legislar en contra de estos “gustos culposos”, bajo el argumento que promueven la violencia; en efecto, no llegó a más, ya que su prohibición alentaría otro tipo de censuras.
Bajo los argumentos anteriores y con el gravísimo problema de la gentrificación, durante esta semana se viralizaron dos vídeos: la irrupción de un grupo de banda en las playas de Mazatlán, justo enfrente donde realizaban un concierto de músico instrumental con turistas norteamericanos como espectadores y el vídeo de Ernesto Coppel, quien argumentaba que deberían prohibir dichos gustos, porque espantan al turista internacional: rápidamente fue tendencia y aquella sugerencia propició un acto de insurrección.
De pronto, aquellos que denostaban a la música de banda como un gusto “agropecuario”, se lanzaron a favor de dicha música, a pesar de su desagrado, ya que las declaraciones de Coppel y el terrible asunto de la gentrificación, lo ameritaba. Esta discusión, generó un debate más profundo, acerca de que estos gustos, que no necesariamente son del agrado de todos, deben ser respetados.
Lo dicho por el empresario hotelero, convocó a los músicos del género mencionado para romper un Record Guinness; no sólo eso, sino que hermano a la mayoría de los mexicanos, quienes a pesar de su desagrado hacia ese género, los turistas extranjeros no deben imponer sus costumbres a costa de los locales; la defensa hacia este género, fue un acto de resistencia ante un fenómeno, que está desplazando a los locales.
No es la primera vez que lo popular es denostado por las elites en favor de los turistas; recordemos la campaña agresiva de Sandra Cuevas contra los rótulos en la Delegación Cuauhtémoc, bajo el argumento de que daban “mala imagen”: estas manifestaciones y reinvenciones publicitarias han sido parte de la algarabía mexicana, los rótulos representan a una apropiación y reinterpretación del mexicano hacia la cultura pop, que muchas veces mejora el producto original o personaje: quien no recuerda aquellos personajes de Walt Disney degustando los manjares de la comida mexicana. También, están documentados los casos de los turistas norteamericanos que ante la presencia de locales, los amedrentan o son agresivos con los infancias que buscan disfrutar la playa; tampoco, nos olvidemos del turista norteamericano que en estos días en la Ciudad de México, en inglés insultó a quienes transitaban cerca de él.
Por cierto, este fenómeno de la gentrificación, ha dejado de lado al local; hace unos meses en Oaxaca se hizo la denuncia de que una cafetería el menú estaba en inglés, a lo que los encargados mostraron cierta indiferencia: entonces ¿Por qué somos privados de nuestro lugar de origen por un “extraño enemigo”? Claro, el turismo genera grandes ganancias y debería establecer un intercambio cultural favorable, no un neocolonialismo que viene a desplazar las costumbres y tradiciones de nuestra tierra, en favor de la complacencia de “un nómada urbano”.
Otra de las trampas del desarrollo turístico es la denominación de “Pueblo Mágico” de un lugar: aparentemente, busca un desarrollo para el lugar y generar una derrama económica. Lo cierto es que alienta la intromisión de estos nómadas digitales que encarecen la vida y su presencia genera precios inaccesibles para los lugareños. En Chiapas, San Cristóbal de Las Casas ya lo padece, incluso invaden espacios que históricamente no les pertenece.










