El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Las redes sociodigitales son un mundo donde cada instancia política y sus militantes pretenden mostrarse como portadores de la verdad; en sus mensajes acusan a sus contrapartes de no tenerla o bien de ser generadoras de información falsa. Como manifestación tecnológica del poder, estas redes, más allá de promover la cibersocialidad o la cultura participativa, son instrumentos alienantes.
Al escribir de posverdad no pretendo defender la racionalidad, porque ésta puede obedecer a intereses intelectuales vinculados con posicionamientos políticos; mi intención es identificar cómo se propagan esas “verdades” y de qué recursos se vale el poder para hacer creer a la gente que las redes son un ámbito racional, veraz y defensor del derecho a la información.
La posverdad es señalada por los racionalistas como todo aquello que se aleja de la verdad, pero ¿de qué verdad o verdades estamos hablando y más cuando la defensa de algún fundamento puede obedecer a retóricas convenencieras? En el orden simbólico, insisto, verdades y posverdades colonizan, manipulan, segregan o desvían la atención del público hacia ciertos temas o personajes.
En su obra La construcción social de la realidad, Berger y Luckmann (2003) señalan que “Todas las zonas limitadas de significado se caracterizan por desviar la atención de la realidad de la vida cotidiana. Si bien existen, claro está, desplazamientos de la atención dentro de la vida cotidiana, el desplazamiento hacia una zona limitada de significado es de índole mucho más extrema”.
Para llamar la atención de los usuarios de las redes sociodigitales, los políticos son mostrados como sujetos portadores de verdades, pero si analizamos las formas prevalecientes de la política-espectáculo, estos entes simplemente son actores que reproducen las condiciones y los fines del sistema dominante disfrazados con atributos como honradez, confianza, experiencia y, sobre todo, conocimientos.
La verdad y la posverdad vienen y van en las redes sociodigitales como un asunto donde la información adquiere doble significado: es fidedigna y afianza la veracidad alrededor del sujeto representado o es una posverdad que motivará falsas interpretaciones. Esas contraposiciones afectan la vida cotidiana de millones de personas que aún se creen capaces de diferenciar lo verdadero y lo falso.
Ambas caras de la moneda se emplean indistintamente para unir o dividir a la opinión pública alrededor de alguien o atraer la atención hacia temas específicos; hay que agregar que las instancias de un sistema político, aunque se asuman de izquierda o post neoliberales, hacen uso de la publicidad, la mercadotecnia y las redes sociodigitales para imponer sus “realidades”, “verdades”, “posturas”, “análisis”, “críticas” o hasta sus “mentiras”.
En el artículo The Matrix, o las dos caras de la perversión, Zizek (1999) precisó que “la experiencia contemporánea nos enfrenta una y otra vez a situaciones en las que nos vemos forzados a tomar conciencia de hasta qué punto nuestra percepción de la realidad y la actitud normal hacia esta realidad está determinada por ficciones simbólicas”.
Es importante identificar la infinidad de maneras en que se entrelazan el poder y lo que se considera como una verdad; por eso resalto cómo se instituyen las manifestaciones “reales” de los políticos en el entendido de que ese yo artificial investido de verdades puede pasar de un sentido a otro de maneras inesperadas, trayendo consigo discursos ambiguos y hasta contradictorios con su plataforma partidista.
Las redes sociodigitales están lejos de ser espacios donde se entrelazan la verdad y la libertad de expresión, porque forman parte de un sistema alienante que pretende imponer el orden de las cosas, y el sentido -o sin sentido- de los personajes representados. Para Foucault (1971) la verdad “está producida aquí gracias a múltiples imposiciones. Tiene aquí efectos reglamentados de poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su política general de la verdad”.
Dichas imposiciones pretenden hacer creer a las personas que tienen acceso a la verdad y que sus pensamientos o acciones obedecen a una autodeterminación. Esa impostura provoca que la sociedad no vea que hay detrás de cada imagen o discurso de los políticos en las redes sociodigitales. Esas instancias no son las únicas que condicionan la creación de un falso sentido, ya que hay otros medios que han precondicionado a la sociedad por lustros.
Sobre este condicionamiento, Berger y Luckman (2003) sostienen que “La realidad de la vida cotidiana se presenta ya objetivada, o sea, constituida por un orden de objetos que han sido designados como objetos antes de que yo apareciese en escena”; la verdad y la posverdad dependen del orden que el poder les ha impuesto; son el orden del poder.
El poder se vale de las redes sociodigitales para imponer posturas contradictorias alrededor de los políticos recreados; y en esta tesitura, Marcuse en su obra El hombre unidimensional (1993) escribió que “Hoy en día el poder político se afirma por medio de su poder sobre el proceso mecánico y sobre la organización técnica del aparato”.
En el neoliberalismo, verdad y posverdad son las dos caras de una moneda que garantiza que sin importar la instancia partidista que las esté empleando, que las estrategias de otorgar objetivación (racionalidad) o subjetivación a los políticos funcionen por igual, ya que quienes reciben la mercancía digitalizada, generalmente seres individualizados sin sentido de cooperación o de pertenencia, no cuestionarán las relaciones históricas, culturales y socio económicas que están de por medio.










