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Moyocoyani Molina-Espiritu
Billones de bacterias y otros microorganismos habitan en nuestro cuerpo, formando una comunidad de inquilinos microscópicos llamada microbiota. Estas bacterias residen en distintas partes del cuerpo como la cavidad oral (26%), la piel (21%), tracto respiratorio (14%), tracto urogenital (9%), pero la mayoría de las bacterias las podemos encontrar en el tracto gastrointestinal (29%), siendo el intestino grueso la región con mayor densidad de bacterias en comparación con el intestino delgado.
La comunidad de bacterias que habitan en nuestro intestino es sumamente diversa. Según el Proyecto Microbioma Humano, se han identificado más de 2,000 especies distintas ¡Todo un ecosistema!
Además, se estima que el genoma de las bacterias sea 150 veces más que el nuestro; que ironía, tenemos más ADN bacteriano que de nosotros mismos.
Estos inquilinos diminutos no sólo han encontrado un hábitat dentro de nosotros, también realizan funciones de gran importancia como la digestión de alimentos que no pudieron ser absorbidos en el intestino delgado, de esta manera podemos extraer energía que de otra forma no podríamos. También nos protegen de otros organismos externos causantes de enfermedades.
Sin embargo, a pesar de ese aislamiento aparente, las bacterias mantienen comunicación con el que quizá es el órgano más importante de todos, el cerebro.
Ese canal de comunicación entre el cerebro y la microbiota intestinal es un canal de ida y vuelta, el cerebro puede mandar señales a las bacterias intestinales y las bacterias pueden enviar señales al cerebro. A esa línea de comunicación se le ha llamado “eje microbiota-intestino-cerebro” y en los últimos años ha despertado un gran interés.










