Entonces, escribo/Damaris Disner
Para Alondra Danae, por ser la primera en creer en Papá Pez, gracias infinitas. A Héctor Cortés Mandujano, por su enorme confianza en mi escritura
Adán tenía 14 años, cuando lo conocí. Era el hermano menor de mi mejor amiga y de la familia que me recibió como si yo fuera parte de ella. Lo recuerdo siempre cariñoso, amable y le encantaba escuchar el rock.
A mi mente también viene aquella noche cuando Laura me habló para decir “Mi hermanito no aparece”. Y un escalofrío susurró a mi oído “está muerto”. No pude terminar bien la rutina de ejercicios que estaba realizando y regresé a casa con la cabeza llena de oraciones y el deseo que era locura mía lo que había presentido.
Adán fue asesinado a finales de enero del 2018. En diciembre lo vi porque convivimos en la posada de la Galería, llevaba a su hijo David en brazos. David ahora tiene 10 años, es un niño inteligente, creativo y ama la naturaleza como su padre y su madre, ambos biólogos.
El Informe Temático 2026 de Tejiendo Redes Infancia elaborado para la Comisión de Derechos Humanos de Nuevo León, el único estado en la República Mexicana en realizar una “estimación nacional, invisibilidad institucional y obligaciones urgentes”, afirma que existen, aproximadamente, 165 mil hijos e hijas, entre los 15 y 49 años de edad, de personas desaparecidas en nuestro país.
Esta investigación nos permite reflexionar sobre la necesidad de crear herramientas afectivas y efectivas para acompañar a la niñez y juventud en procesos de duelo con o sin cuerpo, aunque sea difícil abordarlo.
Hace poco platiqué con David, ante la presencia de su mami. Me confió que tiene miedo a dejar de ser niño y a la muerte, porque crecerá y si crece puede morir, podría ser asaltado. Se me estrujó el corazón. David representa infinidad de niños y niñas con ese temor: Crecer puede ser sinónimo de muerte. Afortunadamente él puede tratarlo directamente con su mamá y sentir que la angustia se aligera si hay una atenta escucha.
Desde la ausencia física de Adán, escribí un texto para él. Sentí que debía hacerlo. Primero lo redacté en forma narrativa, con el paso de los años y al entrar a la “Clínica de Escritura” de Adolfo Córdova, lo transformé en un poema narrado, tuve la certera guía de Adolfo y de escritoras de Literatura Infantil y Juvenil, compañeras de la Clínica, quienes fueron sumamente atentas, además de generosas, al revisarlo y compartir sus comentarios.
En la evolución de ¿Papá es un pez? Llegó la apuesta de “Espantapájaros Editorial” en la decisión de su editor Luis Enrike Moscoso de ilustrarlo y publicarlo. Para ello invitó a Panchito, su alter ego, a abrazar a la ternura con dibujos.
Y sin duda también Emilio Lome, ha dedicado tiempo, conocimiento y relecturas para que el pez grande y bañado de sol nade en libertad. Considera que he creado un “artefacto literario anfibio, cumple las leyes de la narrativa y la poesía, que ayuda a la niñez a la elaboración simbólica de traumas severos”.
Pronto será la primera presentación, quisiéramos que sucediera el 28 de septiembre, el día que Adán cumpliría 46 años. Ahora está en proceso de recaudar lo necesario para imprimirlo con la preventa de sus ejemplares. En un país donde grandes editoriales cierran, creo que las independientes confían en que sí existen lectores y lectoras conscientes que la literatura nos permite atravesar profundas oscuridades y… debe estar a la mano de la niñez.
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