La crónica hablará por Chiapas

El Pelucas, mi cantina
(Fragmento)

Nostálgica crónica de José Antonio Cruz Coutiño

El Pelucas es mi cantina preferida en Tuxtla. La mejor, la de mis recuerdos. Conservo en mi lista, sin embargo, La Casa de Ladrillo, Las Américas, La Tía Mary y El Compa Meco, aunque… la primera es la primera, así se encabronen por esta expresión los puristas del lenguaje. De esa época –finales de los setenta–, aún recuerdo las jodas que nos acomodaba don Gustavo Popomeyá. Renegrido el hombre, panza abundante, bizco y frentón. Casi con el fuete en la mano supervisaba nuestro trabajo. Su herrería estaba junto a la Escuela de Medicina y mi trabajo era desherrumbrar y cortar fierros, o pintar ventanas y puertas.
A esos años corresponden mi expulsión del Seminario, el descubrimiento de una casa de citas, el bachillerato vespertino, las clases de grecolatinas, trabajar para sostenerme, las primeras novias, las rolas que por extravío nos llegaban de Doors, Clapton, Burdon, Creedence, Carlitos Santana y, lo más importante: mis primeras caguamas.
El sábado era día de fiesta en la herrería: rayábamos. Don Gustavo pagaba primero a los maestros, luego a los ayudantes y por último a nosotros, los aprendices. A mí me tocaba 250 pesos, a veces 300 y hasta en una ocasión 500 pesos cuando de tanto flamazo, toda una noche me la pasé con rodajas de papa sobre los ojos. Era el medio día, todos chavos, presión alta, lana en la bolsa… vámonos a reventar. Derechito hasta donde ahora sigue. Al Pelucas, que en esos años aún llamábamos La Peluquería. Bajábamos por la Escuela de Medicina, luego seis cuadras a la izquierda por la Novena Sur y de ahí derecho hacia al norte, a cuadra y media de San Pascualito.
Aunque el peluquero oficiaba en la sala de la casa, sólo atravesábamos la cortina del corredor para ingresar a nuestra cantina. Ahí estaba la cocina y el cantinero, y luego un techo de cartón con piso de tierra. Esto hacía las veces de salón; todo improvisado con tablas y tablones a cuenta de mesabancos. Había clientes que, para cubrir la formalidad, primero se afeitaban, checaban el material de las revistas calientes: Diversión, Alarma y dos o tres de señoras encueradas; conversaban con don Octavio Sol, el mero mero don Pelucas, y ¡adentro! No había rockola, para no evidenciarse; en el patio lucía también un limonero, apenas llegaba a un orinal (más limpio que los de ahora) y sólo expendían caguamas y chelas.
Iban y venían las caguamas negras, platitos con limón y sal, porciones ínfimas de cacahuate enchilado y, cuando bien nos iba, el mesero nos regalaba algunos trocitos de queso fresco. En la cocina preparaban la riquísima carraca de cochi y el caldo de shuti, que ahora, muy ufanos, llaman “consomé de caracol”. Chance y ya incluían el frijol refrito con chiles de Simojovel, queso espolvoreado y tortillas calientes en trozos. Preparaban todo eso, aunque sólo los más rayados ordenaban esas viandas; como hasta hoy, eran caras y no se incluían en el precio de las chelas…

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