Moira Donegan
El asesinato de Charlie Kirk fue una tragedia. Pero no debemos reescribir su vida
Quizás sea lo espantosamente repentino de su muerte lo que ha hecho que tanta gente se olvide de la realidad de la vida de Charlie Kirk. Después de que el influyente derechista de 31 años fuera asesinado a tiros el miércoles [10 de septiembre] en un campus universitario de Utah, muchos comentaristas se apresuraron a condenar la violencia política, por un lado, y a rendir cálidos homenajes a la vida de Kirk, por otro. Lo primero es legítimo: que la política no quede determinada por la fuerza, ni los desacuerdos políticos se resuelvan mediante la violencia homicida, es una condición previa básica no solo de una forma de gobierno democrática, sino de cualquier sociedad funcional. Lo segundo, tal vez, pueda explicarse por el admirable impulso humano de amabilidad y reconciliación. El horror y la conmoción por el asesinato de Kirk llevaron a algunos a mostrar su generosidad y simpatía hacia el fallecido.
Quizás fueron estos nobles gestos de generosidad y simpatía los que llevaron a algunos comentaristas a elogiar la memoria de Kirk más de lo que permitiría un relato honesto de su vida. En los días posteriores a la muerte de Kirk, han aparecido varias hagiografías post mortem desconcertantemente inexactas, hasta de voces prominentes de la izquierda y el centro, que parecen desear que la tragedia de la muerte de Kirk le hubiera dado retroactivamente una vida más honorable.
La más flagrante de ellas provenía de Ezra Klein, un columnista de centroizquierda del New York Times conocido por su capacidad para canalizar e influir en la opinión de las élites. En un artículo publicado a la mañana siguiente de la muerte de Kirk, titulado «Charlie Kirk hacía política de la manera correcta», Klein hacía una serie de afirmaciones forzadas, extrañas y totalmente falsas sobre la carrera y el carácter de Kirk. Kirk, argumentaba Klein, era, en todo caso, un ejemplo de virtud cívica. «Kirk hacía política exactamente de la manera correcta», declaraba Klein. «Acudía a los campus y hablaba con cualquiera que quisiera hablar con él. Era uno de los que practicaba más eficazmente la persuasión en esta época». El argumento de Klein consistía en que la persuasión política —el debate racional de ideas entre iguales en el que es impensable la violencia y se presume la buena fe— constituye una piedra angular de la democracia liberal, la clase de cosa por la que todos deberíamos luchar, el tipo de cosa de la que tenemos aún mayor necesidad. «La política norteamericana tiene bandos», continuaba Klein. «De nada sirve fingir que no es así. Pero ambos bandos deben estar del mismo lado de un proyecto más amplio: todos, o al menos la mayoría de nosotros, intentamos mantener la viabilidad del experimento norteamericano».
Supongo que es justo, en cuanto a los méritos que ello implica, pero esa descripción de un debate razonado, honesto y de buena fe es tan inexacta con respecto a lo que Charlie Kirk llevaba a cabo en los campus universitarios —en su serie de grandes actos escenificados en los que “debatía” con estudiantes universitarios liberales sin formación ante las cámaras— que parece deliberadamente ingenua, si no directamente deshonesta. Los “debates” de Charlie Kirk eran agresivos, desiguales y provocadores, y en ellos buscaba provocar angustia a sus interlocutores, les gritaba y los menospreciaba, vomitaba una retórica de odio contra las personas queer y trans, las mujeres, las personas negras, los inmigrantes y los musulmanes, y montaba selectivamente las imágenes resultantes para crear un contenido lo más viral posible en el que sus hinchas pudieran verle humillando a los liberales y a los izquierdistas que consideraban enemigos suyos. Esto no constituía un “debate”; no se trataba de un discurso razonado y de buena fe; no era el tipo de deliberación justa en la que se basa la democracia. Era una burla de todas esas cosas.
Si el debate razonado es una condición previa para una democracia liberal, también hay otras condiciones previas. Un Estado no puede considerarse democrático si no ofrece la misma protección ante la ley, si no gozan todos sus ciudadanos de la misma dignidad en lo que toca a su gobierno ni del mismo derecho al voto, los mismos derechos de expresión y las mismas prerrogativas ante los tribunales y los funcionarios electos en sus intentos por influir en sus medidas políticas y navegar por sus leyes. La igualdad cívica, y no solo la participación civil, resulta asimismo fundamental para el experimento norteamericano. No significa excusar su asesinato ser sinceros a la hora de decir que Kirk se oponía a esa igualdad. Algunos historiadores y politólogos han argumentado que los Estados Unidos no se convirtieron en una democracia hasta la aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Derecho al Voto de 1965, leyes que pretendían poner fin a la segregación de jure y a la supresión racista del voto. Pero Kirk se oponía a la Ley de Derechos Civiles, calificándola de “gran error”. Respaldaba la “teoría del gran reemplazo” racista, según la cual malvados agentes (normalmente representados como judíos) buscan «reemplazar» a la población blanca de los Estados Unidos con inmigrantes, afirmando que «ya está muy avanzada en nuestra frontera sur». En su podcast, invitó a un “apologista de la esclavitud” y a un hombre que afirmaba que después de que las mujeres «consiguieran, ya sabes, el derecho al voto, ha ido todo cuesta abajo». El propio Kirk declaró una vez que las mujeres negras —mencionaba a Joy Reid, Michelle Obama, Sheila Jackson Lee y Ketanji Brown Jackson— «no tienen la capacidad intelectual necesaria para que las tomen en serio». Condenaba a los demócratas por querer supuestamente convertir a los EE.UU. un país “menos blanco” y afirmaba: «No existe separación entre Iglesia y Estado. Es una invención, es una ficción, no figura en la Constitución» (sí que figura). Y, sin embargo, Ezra Klein elogiaba las “agallas” de Kirk. Se pregunta una qué se pretende ocultar con tal eufemismo.
En el afán por canonizar a Kirk y revisar su historia, los relatos honestos sobre su vida no solo se han vuelto infrecuentes, sino también peligrosos. En los días posteriores a su muerte, periodistas, personalidades de los medios de comunicación y otras personas que no habían elogiado lo suficiente a Kirk en público han perdido su puesto de trabajo por decir la verdad sobre su vida. Matthew Dowd, consultor político republicano, fue despedido de MSNBC tras afirmar que Kirk había pronunciado “palabras de odio”. En Phoenix, a un periodista deportivo lo despidieron por criticar los relatos eufemísticos sobre las convicciones de Kirk. «Las “diferencias políticas” no son lo mismo que vomitar una retórica de odio a diario», escribió en un mensaje en las redes sociales. Muchos de los que elogian a Kirk quieren presentarlo como un defensor de la libertad de expresión, como un hombre que promovía la investigación honesta, la expresión sin inhibiciones y el intercambio abierto de ideas. Se trata de una imagen ridículamente inexacta de la labor de este hombre; en estos castigos contra quienes se oponen a él es donde podemos apreciar un reflejo más fiel de los valores de Kirk.
A mí no me resulta difícil condenar la violencia política. Para mí, decir que Kirk no debería haber sido asesinado resulta lo más fácil del mundo. Nadie debería ser asesinado, ya sea un influyente de la derecha, un escolar, un comprador de comestibles o un feligrés. Me resulta incluso fácil sentir simpatía por la humanidad de Charlie Kirk, quien, a despecho de todo lo demás que era, era un ser humano al que ahora se le ha robado la oportunidad de aprender, crecer y arrepentirse. Pero esos compromisos —con la vida humana, con la no violencia, con la fe en la posibilidad de la redención y la reconciliación— no tienen por qué llevarnos a mentirnos a nosotros mismos sobre Charlie Kirk. Los mismos valores que nos horrorizan por su violenta muerte son los que deberían reforzar nuestro compromiso de derrotar la política por la que luchó en vida.
The Guardian, 14 de septiembre de 2025










