EDITORIAL
El día 12 de octubre, que anteriormente se le conocía como el Día de la Raza, con el pasar de los años y ante nuevas perspectivas socioculturales y antropológicas, ese término se fue desterrando, al grado de renombrarse como el Día del Respeto a la Diversidad Cultura, ya que dicho acontecimiento si bien marcó el descubrimiento del Nuevo Mundo para Occidente, trajo consigo explotación, ultrajes y crímenes.
Este acontecimiento que tiene más de cinco siglos, su repercusión y revisionismo cambiaron, antes con mucho orgullo se presumía como parte de la herencia y mestizaje, ahora se repudia y nombrarla representa una opresión sistemática que aún persiste.
De hecho, el proceso de conquista y colonización dentro del estudio de la historia no era mal visto, pese a mostrar muchos abusos, se consideraba parte de un proceso histórico. No obstante, ya no es así, como mencionamos en estas líneas, la iconoclastia hacia este momento ha llevado a que monumentos dedicados a Cristóbal Colón y demás conquistadores españoles sean removidos.
Justamente, se inició un debate en torno a la modificación del escudo de Chiapas, que, si bien tiene herencia hispánica, al final muestra elementos propios de nuestro estado, pero adaptadas y sincretizadas a la herencia hispana (aunque para muchos sea lamentable) y prehispánica.
Claro, el dilema acerca de las herencias ha sido tema de debata: recordemos que el anterior presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, fue enfático en que la Corona Española se disculpara con el país, acción que fue tomada como burla, pero representa un hito en los procesos de descolonización; de hecho, la Nueva Escuela Mexicana y sus procesos educativos hacen hincapié en descolonizar, haciendo alusión a que se revaloren los iconos del pasado de los pueblos originarios y la vasta riqueza cultural.
Algo muy similar se vivió durante los años postrevolucionarios, cuando la llamada “mexicanidad” se estaba construyendo, tomando como referencia el pasado esplendoroso de los pueblos amerindios en México, a manera de que el partido en el poder sacara ventaja de esa iconografía; claro, con el pasar del tiempo, ese discurso propio de la “Historia de Bronce” se fue desdibujando y con la influencia neoliberal, al parecer el tema de la identidad se fue dejando de lado.
Muchos detractores de la descolonización sugieren que es un intento por borrar el pasado o una reescritura desde el resentimiento de “los vencidos”, como lo llamó Miguel León Portilla; pero lo cierto, es que, con la descolonización, se reivindica a aquellos que la historia ignoró, tal y como lo hicieron Sheinbaum y Eduardo Ramírez en su grito de Independencia, marcando un precedente al nombrar a aquellos anónimos.
Si revisamos la historia de México, la cual está llena de contradicciones, podremos darnos cuenta que muchos de sus procesos se hicieron desde el privilegio y no desde las clases sociales desfavorecidas, criollos y tecnócratas aristócratas son quienes iniciaron el movimiento, pero los sectores marginales fueron quienes pagaron con sangre ese precio.
Es curioso, que quienes buscan descolonizar el pensamiento son aquellos agentes que vienen de una burbuja del privilegio y quienes pertenecen a los pueblos originarios con el pasar de los siglos se han resignado a estos colonialismos, que, aunque parezca pesimista son parte de nuestro día a día.
Por supuesto, en esos descolonialismos, también hay que tener cuidado en no caer en arcaísmo, ya vimos lo que el uso de costumbres y tradiciones ha hecho a los derechos humanos, sobre todo en mujeres y personas de la comunidad LGBTQ+, quienes son los que padecen estas arbitrariedades.










