¿Por qué el feminismo incomoda tanto en México?

Puntos Fiscales

José Luis León Robles                                                 

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En México, pocas palabras generan tanto rechazo, burla o miedo como “feminismo”. Lo hemos visto en redes sociales, en noticieros, en la calle: frente a cada protesta, cada marcha o cada denuncia, no faltan quienes reaccionan con desdén o furia. “Exageradas”, “locas”, “violentas”, “odiadoras de hombres”. Así se les llama a las mujeres que, cansadas de la violencia, deciden alzar la voz. La incomodidad no es nueva, pero crece. Y eso no es un error: es parte del proceso. Porque el feminismo, como toda lucha social real, no está hecho para agradar. Está hecho para confrontar. Y en México, confrontar al machismo estructural sigue siendo una provocación. ¿Por qué incomoda tanto? Primero, porque cuestiona el orden establecido. En un país donde el poder en lo político, lo económico y lo simbólico ha sido históricamente masculino, el feminismo aparece como un desafío. No pide permiso. No se conforma con migajas. Exige transformaciones reales: en la ley, en la cultura, en la familia, en la calle. Esa exigencia trastoca. No solo a los hombres, también a muchas mujeres que crecieron con la idea de que ser “buena” era no quejarse, no protestar, no incomodar. El feminismo les dice que merecen más. Y eso implica un duelo: dejar atrás la comodidad de lo conocido, incluso cuando eso conocido es injusto. Segundo, porque pone en evidencia lo que preferimos callar. En México, la violencia de género es una realidad diaria: feminicidios, acoso, abuso, impunidad. Pero como cultura, tendemos a normalizar lo inaceptable. Hacemos chistes, miramos para otro lado, culpamos a las víctimas. El feminismo interrumpe ese silencio. No solo denuncia, sino que exige justicia. Y cuando la justicia no llega, recurre al grito, al performance, a la pinta, a la rabia. Eso irrita a quienes están más preocupados por una pared rayada que por una vida arrebatada. Lo podrían hacer de otra forma, una de las críticas más comunes al feminismo es sobre las formas: “Estoy de acuerdo, pero no así”. “Sí a la lucha, pero sin violencia”. “Las apoyo, pero que no bloqueen las calles”. Esa crítica suele venir de quienes jamás han tenido que luchar por lo básico: caminar sin miedo, ser escuchadas en serio, vivir sin ser acosadas. Lo que molesta no es la forma, sino el fondo. Porque cuando las mujeres protestan “bien”, tampoco se les escucha. La rabia feminista no nació de un capricho, sino de años décadas de indiferencia. El feminismo incomoda porque es honesto. Porque no endulza la realidad. Otra razón del rechazo es la desinformación. Se habla del feminismo como si fuera una masa homogénea, cuando en realidad es un movimiento diverso. Hay feminismo académico, popular, indígena, transincluyente, separatista, liberal, anticapitalista. Y sí, hay tensiones entre posturas. Pero eso no debilita la causa; la enriquece. Quienes buscan desacreditar al feminismo suelen centrarse en sus extremos. Ridiculizan a las más radicales, ignoran a las demás. Pero no hay que caer en esa trampa: todas las voces feministas, incluso las incómodas, han sido clave para abrir camino. La mayor prueba de que el feminismo incomoda es que ha logrado cambiar cosas. El término “feminicidio” ahora es parte del lenguaje legal. La violencia de género ya no puede ser barrida bajo la alfombra tan fácilmente. Cada vez más mujeres se organizan, se informan, se apoyan. Y eso, para quienes quieren que todo siga igual, es una amenaza. Porque el feminismo no solo pide espacio: lo toma. No solo exige respeto: lo construye. Y eso implica romper con años de costumbres, creencias y jerarquías que favorecen a unos pocos. Un tema dedicado para las luchadoras sociales incomprendidas, tiene toda mi admiración y respeto. Espero que este tema les permita flexibilizar un poco la postura de algunas personas que no entienden de su lucha. Si el creador nos lo permite nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.

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