Ian Goldin
Entrevista con el experto en globalización y desarrollo Ian Goldin.
Ian Goldin, antiguo asesor de Nelson Mandela, arranca su Breve historia de las migraciones (Antoni Bosch, 2025) con una cita de Gaia Vince a modo de declaración de intenciones: “La migración no es el problema; es la solución. Las migraciones nos salvarán porque son las migraciones lo que nos han convertido en lo que somos”. El punto de partida es diametralmente opuesto a las olas xenófobas que recorren Europa y buena parte del mundo. La historia de la movilidad humana es una historia de cooperación e intercambio pacífico, si bien también es una historia de violencia. Asimismo, la historia de los desplazamientos humanos es una historia de la inmovilidad; los pasaportes y visados se generalizaron después de la Primera Guerra Mundial y desde entonces se han creado más de cien países nuevos. Nuestros antepasados ya eran migrantes cuando llegaron a ser plenamente humanos. Las reacciones sociales y políticas a los fenómenos migratorios podrían ser bien distintas tras esta profunda reconsideración antropológica del ser humano.
ANDRÉS LOMEÑA: Estudié el colonialismo en la escuela, pero nunca lo imaginé como una forma de “violencia cartográfica”, con numerosas personas atrapadas en fronteras recién creadas. Asimismo, dedica parte del libro a escribir sobre los miles de personas que murieron por trabajos forzosos en las minas de diamantes de Sudáfrica. ¿Se podría decir que hubo un proto-apartheid antes del apartheid?
IAN GOLDIN: Sí, los elementos clave del apartheid existían mucho antes de la introducción formal de lo que luego llegó a conocerse como el apartheid, la segregación que hubo tras la elección del gobierno del Partido Nacional en 1948. Tuvo su origen en la esclavitud y el colonialismo. Los africanos fueron excluidos de la participación en el poder desde el principio, y fueron expulsados de sus tierras, las cuales fueron reasignadas como propiedad de los colonos blancos. Numerosas leyes del gobierno colonial exclusivamente blanco excluían de la propiedad a las personas de ascendencia africana, a los mestizos o a los de ascendencia india, y la Ley de Tierras de 1913 prohibía a los africanos poseer tierras en más del 85 por ciento del país que estaba asignado como propiedad de los colonos, lo que se convirtió en la piedra angular de la legislación del apartheid treinta años después.
A.L.: Se calcula que se da con menos del diez por ciento de los migrantes que mueren en el Mediterráneo, en torno a uno de cada quince. A pesar de esta tragedia humanitaria, la xenofobia está más presente que nunca y a veces los progresistas defienden la inmigración solo en términos económicos.
I.G.: Lo cierto es que, guste o no, necesitamos inmigración por razones económicas, ya que la fuerza de trabajo se reduce por las bajas tasas de natalidad. Nuestras sociedades están envejeciendo. Una parte importante de los trabajos no se puede hacer desde casa o con ordenadores, como ocurre con el cuidado de los mayores, la escuela o la salud, por no hablar del ocio, desde la alimentación a un simple masaje. También necesitamos más trabajadores cualificados con dinamismo; los inmigrantes tienen el doble de probabilidades que los locales de iniciar pequeños negocios y ser innovadores en las artes y las ciencias. Los estudiantes y trabajadores extranjeros benefician a nuestras sociedades y crean más empleos; aumentan los salarios a la vez que impulsan nuestras economías. Deberíamos aceptar más refugiados. El derecho internacional los ampara porque hay un temor legítimo por sus vidas o por ser perseguidos y tenemos el deber ético de no permitir que la gente muera o sufra si tenemos el poder de evitarlo.
Los costes, sin embargo, no deberían cargarse sobre los trabajadores o las comunidades locales. Una de las razones por las que la gente siente rechazo hacia los inmigrantes es que creen que hay una competición por los empleos y los recursos cuando ya hay una presión creciente por adquirir una vivienda asequible, el transporte público funciona mal y hay recortes en la sanidad pública. Pero eso es el resultado de la austeridad y de los recortes de los servicios públicos. No es algo que causen los inmigrantes. De hecho, los migrantes, al contribuir más con impuestos de lo que reciben en prestaciones y al contribuir a que la construcción y otros servicios sean más asequibles al generar empleo, son parte de la solución a la escasez de vivienda y servicios. Creo en un Pacto Migratorio que acepte a más migrantes y refugiados, pero que tenga más control, garantizando que los migrantes estén documentados, cumplan la ley y paguen impuestos, y que los lugares y negocios que se beneficien de la migración garanticen que las comunidades que los albergan no se sientan bajo la creciente presión de alojar a los migrantes.
A.L.: Su libro entiende el homo sapiens como un homo migrans y va desde Toussaint Louverture o el genocidio armenio al presente. Necesitamos entender la perspectiva global de estos fenómenos para no quedarnos encerrados en nuestras experiencias directas o en un punto de vista regionalista.
I.G.: Espero que mi libro ayude a la gente a comprender mejor que nuestros logros colectivos se deben a las migraciones y que necesitamos pensar cuidadosamente cuando hablamos sobre quién es el otro y a quién llamamos extranjero y consideramos que procede de otro mundo, a menudo hostil.
Las opiniones provienen con frecuencia de un espacio educativo y de información en redes sociales cada vez más compartimentado, donde comunidades imaginarias prevalecen sobre nuestros orígenes colectivos y universales y nuestra comunidad de intereses. El resultado es una política de fragmentación y conflictos entre nosotros y ellos, ya sea dentro de nuestras sociedades o entre ellas. Para comprender por qué muchos trabajadores se oponen a la inmigración, necesitamos comprender los desafíos diarios a los que se enfrentan para encontrar empleos dignos, vivienda asequible, transporte público eficaz y acceso a la salud y otros servicios. Si abordamos los problemas subyacentes que alienan a las personas y demostramos que la causa de sus dificultades no es la migración, evitaremos que culpen a los extranjeros y mirarán hacia sus gobiernos para que estos centren su atención en lo que pueden y deben cambiar para mejorar sus vidas.
A.L.: En el libro recuerda a su amigo Marius Schoon, que sufrió una tragedia familiar, y también habla de su propia familia en Lituania y Austria.
I.G.: Es bueno saber que mis experiencias personales han aportado algo al libro. Mi propia vida, así como la de mis padres y amigos, es la razón por la que lo he escrito. Es más, esa es la razón por la que estoy vivo y puedo hacerlo. De hecho, todos en el planeta deben su identidad y supervivencia a generaciones anteriores de migrantes. No solo fui hijo de una madre que escapó de una muerte segura si se hubiera quedado en Austria, ya que todos los que se quedaron fueron asesinados en el Holocausto, y de un padre cuyos padres escaparon de una muerte segura en Lituania durante los pogromos, sino que luego huí de la Sudáfrica del apartheid. Me fui cuando era estudiante, mientras mis amigos y otros miembros del movimiento anti-apartheid eran encarcelados y algunos asesinados por la policía sudafricana. Tuve la suerte de vivir en Reino Unido y Francia, y luego, cuando Nelson Mandela se convirtió en el primer presidente de una Sudáfrica democrática, pude regresar para convertirme en director ejecutivo del Banco de Desarrollo de África del Sur, una entidad estatal, y fui asesor económico del presidente Mandela. Ahora trabajo en Oxford, por lo que en mi vida he sido refugiado, estudiante migrante y emigrante económico. Esto me ha enseñado la importancia de la migración y cómo los emigrantes pueden contribuir a las sociedades que los acogen y a las sociedades que abandonan.










