Día de Muertos: los festejos de los vivos que nos llevan a la reflexión
México es único. A diferencia de otras festividades, en la conmemoración del Día de Muertos el mexicano va más allá de una simple fecha establecida en el calendario. No. Hoy se da paso a la profundidad de nuestra existencia, a recordarnos a nosotros mismos que existimos y, al mismo tiempo, es el momento para reflexionar, para decir y aceptar que todos, absolutamente todos, vamos en la misma dirección.
Esto de la muerte, de revivir nuestra existencia como un modelo espiritual en lo más íntimo de nuestro ser, nos lleva a la reflexión, e incluso a burlarnos de ella, de su condición irreparable: la certeza de que algún día ya no estaremos más en este plano terrenal.
Hoy los mexicanos, los que tienen los pies sobre la tierra, los que saben y padecen el sufrimiento de no vivir en condiciones similares a otros entes que abusan del poder creyendo que el mundo está a sus pies, se ríen de sus políticos, de los que presumen estar en otro nivel, de aquellos que creen que su dinero —en la mayoría de los casos, producto del chantaje, la corrupción y las malas prácticas— los hace diferentes. Sí, de ellos se burlan y, con sentencias lapidarias, resumen que lo que se hace en esta vida tiene el mismo final. Ni todo el poder del mundo los convierte en inmortales.
La ambición, la insidia, la discordia, el avasallamiento, el poder político, los que tienen mucha “paga”, los que no tienen ni en qué caerse muertos —así dice el refrán—, todos tienen el mismo destino. Acá no hay diferencias; acá todos, aunque bajen tres metros bajo la superficie de la tierra, tienen el mismo final.
No hay diferencias, no hay poder, no hay desigualdad. Hay, eso sí, un dolor por la pérdida de la vida, pero al final todos, en nuestro inconsciente, sabemos que no hay de otra. Por eso, en la celebración del Día de Muertos, de los Fieles Difuntos o como quiera llamársele, el sincretismo es lo único que tiene valor: lo que da valor a la vida cuando se está con vida.
Y este día se recuerda, se llora, se ríe. Cada quien, a su manera, a su alcance. Con ceremonias estrafalarias, como las que provienen de otras latitudes, con ritos tradicionales, autóctonos, con música, con trago, con altares y hasta con prácticas que nos llevan a decir: “No te tengo miedo, si para morir nacimos”.
Por ello, los mexicanos somos únicos. Los panteones se convierten en la casa de todos y de todas, vivos y muertos. Mayas, zoques, totonacas, tsotsiles, tzeltales, mestizos, indígenas; cristianos, evangélicos, no creyentes: en todos corre por la mente la importancia de esta celebración. Sí, esta que sirve para recordar que nuestra vida es un suspiro, una ráfaga de viento que se pierde en el infinito de esta existencia consagrada a vivirla como nos toca.
Hoy todo es colorido. Hoy, en los altares, hay comida, trago, tamales, dulces, lo que haya sido o gustado en vida “al cliente”; a él se le dedica. No hay espacio para el lloriqueo infundado, porque esta vez la cosmovisión que se tiene de la vida y de la muerte es real, sin límites, y al final nos deja a todos sincronizados en lo que se llama resignación.
El contraste es que la alegría de la vida se plasma en una tumba con flores, con cruces, con fotografías, con flor de cempasúchil. Sí, esa que se ve tan hermosa, pero que a los tres días hay que tirar porque se vuelve foco de contaminación. Qué contradicción.
Sea como sea, siempre que hay oportunidad para reunir a la familia, es bueno. Comentar las anécdotas —buenas o malas— del que ya se fue siempre será un buen pretexto para recordar a quienes alguna vez estuvieron vivos y para reflexionar que los que seguimos en este mundo tenemos que continuar luchando, sobreviviendo, desde la trinchera que nos tocó vivir. No hay más.










