La tolerancia genuina
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas. [email protected]
La teoría del pluralismo de los valores, sugiere que cada una de las concepciones personales y formas de vida particular, merecen atención en función del establecimiento del respeto mutuo. Considera además que, sobre esta base plural, las sociedades construyen los criterios a partir de los cuales la vida se vuelve un fin en sí mismo para todos los miembros de una comunidad, pues es sabido que de los desacuerdos y diferencias surgió la tolerancia, la variedad, la humanidad y que, sin tolerancia desaparecen las bases de una crítica racional, de una condena racional. De esta forma, el pluralismo de los valores parece estar interesado en la gran cantidad de consideraciones opuestas que en el medio social se disputan un lugar de relevancia.
El debate y la discusión también parecen ser criterios sin los cuales no es posible pensar, desde un enfoque liberal, en una sociedad democrática que avale las opiniones de todos en función del consenso, pues la variedad de opiniones y la contrariedad de intereses, inevitablemente tienen lugar en toda colectividad de hombres. Sin embargo, también se ha reconocido que la tolerancia solo puede conducir al establecimiento de un gobierno, cuando hace que la mayoría comparta una misma idea. Este criterio de la mayoría se impondría sobre las minorías que, de forma lógica, no estarían alineadas con sus opiniones y tampoco con sus decisiones.
En la modernidad, la tolerancia se presenta entonces no solo bajo la premisa de su merecimiento para aquellos que no son fanáticos, sino también teniendo en cuenta que su ejercicio es político y apunta al establecimiento de un mecanismo de oposición contra el statu quo. Así, la tolerancia, incluso como prerrogativa del pensamiento liberal, es una práctica liberadora subversiva. Lo impropio se ha convertido en lo incorrecto y, más allá de las connotaciones morales de uno u otro término, el carácter afirmativo del comportamiento genera el mismo resultado: exclusión, engaño y fortalecimiento del statu quo.
Por último, la abierta tolerancia de los valores ajenos, a cambio de llevar a cabo la propia agenda moral intolerante, es posible solo cuando paradójicamente los valores morales han perdido su peso moral y, de manera más precisa -esto es, la defensa de puntos de vista tolerantes y de un mundo tolerante- es la cobertura bajo la cual se defienden posiciones muy específicas, posiciones que están consagradas por la rúbrica de la tolerancia del mismo modo que sus opuestos se pintan con el pincel de la intolerancia, la violencia, la barbarie, el fanatismo o el odio. De esta menara, un ambiente social donde la tolerancia es un elemento constitutivo de las relaciones personales, económicas y políticas, sería aquel donde la corrupción, la barbarie y la miseria, no se justifiquen en función de asuntos particulares. Estas últimas características son el prerrequisito para el establecimiento de un contexto verdaderamente dispuesto para el desarrollo de una tolerancia genuina










