Jóvenes indígenas, con un pie en la universidad

La Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas ha puesto en marcha un proyecto que, de entrada, suena transformador: abrir la puerta de la educación superior a jóvenes indígenas sin exigirles el tradicional examen de admisión. La iniciativa, denominada Semillero Ocelote, busca que para septiembre de 2026 al menos 200 jóvenes tsotsiles de los Altos de Chiapas ingresen a la universidad con pase preferente y con un acompañamiento integral —académico, socioemocional y socioeconómico— respaldado por autoridades municipales de Larráinzar, Chenalhó, Aldama, Santiago El Pinar, San Juan Cancúc, Chamula y Zinacantán.
En un estado donde menos del 10 por ciento de la matrícula universitaria se reconoce como indígena, esta medida busca romper una inequidad histórica. Para el diputado Domingo Velázquez Méndez, se trata de derribar una de las barreras más duras: el examen de admisión, esa aduana que durante años dejó fuera a miles de jóvenes no por falta de capacidad, sino por una desigualdad estructural que empieza mucho antes del día de la prueba.
No es un secreto que los sistemas de evaluación estandarizada han ignorado sistemáticamente el contexto cultural, lingüístico y socioeconómico de los pueblos originarios. Y nadie puede negar que, en condiciones tan desiguales, un examen no mide inteligencia ni talento: mide acceso. Acceso a becas, a internet, a escuelas mejor equipadas, a profesores especializados, a programas de regularización. Es decir, mide el privilegio.
Por eso eliminar ese filtro no sólo resulta comprensible, sino urgente. Sería injusto reducir la discusión a cuestionar si los jóvenes indígenas “están preparados” para la universidad; esa pregunta, tal como suele plantearse, roza la discriminación. La historia mexicana está llena de ejemplos de hombres y mujeres de raíces tsotsiles, tseltales, zapotecas, mixes, yaquis o rarámuris que han brillado dentro y fuera del país aun sin haber gozado de las condiciones educativas que otros tienen por sentadas.
Sin embargo, la pregunta de fondo es otra, y es indispensable hacerla si queremos que la iniciativa realmente funcione: ¿basta abrir la puerta para asegurar que los jóvenes permanezcan y concluyan con éxito sus estudios universitarios? La respuesta es no. Abrir la puerta es apenas el primer paso.
Un estudiante que ingresa sin contar con bases académicas sólidas, no por incapacidad, sino por desigualdad acumulada, podría enfrentarse a un choque académico severo. Si esto ocurre sin un acompañamiento adecuado, la frustración y la deserción podrían convertirse en una nueva forma de exclusión. Es por ello que el Semillero Ocelote apunta también al acompañamiento socioemocional y académico, una pieza clave para equilibrar la cancha.
La verdadera inclusión no consiste en bajar estándares, sino en generar condiciones reales para que todos puedan alcanzarlos. Y eso implica inversión, tutorías, adaptaciones curriculares, apoyo económico, reconocimiento de la diversidad lingüística y cultural, así como un seguimiento continuo que atienda la complejidad de las trayectorias estudiantiles en comunidades indígenas.
La UNACH ha dado un paso valiente y necesario, pero no puede caminar sola. El llamado del diputado Velázquez Méndez a que otras instituciones adopten políticas similares no es un gesto retórico: es una urgencia. Chiapas —y México entero— debe replantearse qué significa abrir la educación superior a quienes han sido históricamente marginados, y asumir que la inclusión no es un acto simbólico, sino una responsabilidad estructural.
Si la universidad quiere ser verdaderamente de todos, debe comenzar por reconocer que el talento está distribuido por igual, pero las oportunidades no. Lo que hoy inicia la UNACH podría convertirse en un referente nacional… siempre y cuando se entienda que no se trata sólo de permitir el ingreso, sino de garantizar la permanencia, el éxito académico y la dignidad de quienes llegan con la esperanza de transformar su vida.
La inclusión empieza en la puerta, sí. Pero se demuestra en el aula, en el acompañamiento y en la convicción de que los pueblos originarios no necesitan concesiones: necesitan justicia educativa. Sólo así este proyecto será, realmente, histórico.
En principio, el proyecto que ha apuntalado la gestión de Oswaldo Chacón Rojas tiene a abrirse a la igualdad de condiciones, y ello, es excelente para que Chiapas empiece a crecer, abriéndole las puertas a la juventud de las zonas más empobrecidas. Ojalá y triunfe, aunque este proceso se empezará a cristalizar a partir de 2026.

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