El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Hablar de identidad es internarse en un terreno fangoso. El concepto es eminentemente social, pero se arraiga de tal manera a la existencia que, con frecuencia, se percibe como una experiencia dada, natural, casi inscrita en el código genético. Sin embargo, en un plano más metafísico, la identidad no es una sustancia fija, sino una unidad en la diferencia. Es decir, no nace como esencia, sino como proceso histórico y vivencial. Se constituye en el tiempo y en la experiencia.
Desde esta perspectiva, puede advertirse una relación estrecha entre identidad y experiencia (idea que retomo de Lucía Guerra). La identidad no precede a la vivencia, sino que emerge de ella. Nuestros rasgos identitarios no brotan antes del contacto con la comunidad que nos arropa —la familia, el núcleo cultural— donde las vivencias de sentido nos ofrecen significados compartidos. Así, la identidad toma forma, se expresa y se transforma. Es una síntesis temporal de memoria (orígenes, infancia, incluso Estado), presente (situación actual) y expectativa (horizontes de sentido). Se construye desde una multiplicidad de referentes; no es algo dado ni por un discurso oficial ni por uno hegemónico.
Esta condición remite a la dimensión relacional de la identidad. Se construye con otros y frente a otros, en un campo de reconocimiento, tensión y negociación. Se manifiesta existencialmente en el desplazamiento, donde lo propio no desaparece, sino que se reconfigura en contacto con aquello que, en apariencia, nos es ajeno y que, incluso desde la tensión o la negación, alimenta lo que somos. Por ello, los esencialismos culturales o identitarios resultan espejismos discursivos. Forman parte de idealizaciones locales, no de la experiencia vivida.
Asimismo, la identidad se sostiene en prácticas mínimas y cotidianas (lenguaje, acentos, gestos, sabores, paisajes) y no únicamente en grandes relatos nacionales. Nace del día a día, de los asuntos comunes de la comunidad, de la conversación entre referentes compartidos, de las vivencias domésticas, de la intimidad con la que habitamos un mundo plural. De ello se desprende que la identidad es una configuración simbólica, no exclusivamente territorial, pues lo aparentemente insignificante funciona como anclaje ontológico del yo. El desplazamiento revela, así, el carácter culturalmente construido de las identidades nacionales rígidas. Se trata de una identidad que une dentro de la multiplicidad; por ello, las propuestas que pretenden definir qué somos desde rígidos límites no alcanzan la raíz de la experiencia identitaria. La identidad se vive más de lo que se escribe; aunque pueda fijarse en el texto y ello forme parte de su riqueza, resulta imposible cartografiar plenamente su complejidad.
En este marco, resulta indispensable atender a lo que plantea Gilberto Giménez Montiel: la identidad es una construcción social, no un dato natural. Conviene reiterarlo, pues existen identidades personales y colectivas, ambas producidas simbólicamente, cuya evidencia cotidiana suele ocultar este rasgo. Como señala Giménez Montiel, la identidad se configura mediante repertorios culturales, narrativas, símbolos y prácticas compartidas. De ahí su carácter dinámico, histórico y conflictivo. No emerge de procesos armónicos, sino de trayectorias históricas atravesadas por hegemonías, resistencias y luchas; en muchos casos, ambas dimensiones coexisten en la experiencia identitaria.
A partir de esta base teórica, introduzco el término “plurirradialidad”, retomado de Edmund Husserl en el marco de la fenomenología, particularmente en sus “Investigaciones lógicas”. Si bien el término “vielstrahlig” no suele aparecer traducido así en las ediciones al español, se utiliza en glosarios contemporáneos para explicar las estructuras complejas de la conciencia o la síntesis de actos múltiples. El concepto alude a actos que no son simples, sino complejos, en tanto irradian desde múltiples direcciones. En esta propuesta, empleo el término plurirradialidad (en lugar de intuición categorial) para trasladarlo, con la distancia necesaria, al análisis de la identidad, fuera de su contexto original, pero manteniendo su potencia explicativa.
En Husserl, el sentido se constituye a partir de múltiples rayos intencionales; surge como una unidad en la multiplicidad. Su crítica se dirige a las concepciones unirradiales del sentido, pues no existe un único punto de origen, sino varios. En consecuencia, la identidad que aquí se propone no es una creación unirradial, sino plurirradial. El sentido de la identidad nace de orígenes múltiples y se configura mediante la convergencia de diversos actos: percepción, memoria, anticipación, juicio, afectividad. La plurirradialidad proyecta una unidad no cerrada. La identidad es relativamente estable, pero abierta, nunca total ni definitiva.
Desde esta perspectiva, la plurirradialidad se presenta como condición de posibilidad de la identidad misma. Nuestra identidad no es unirradial, sino múltiple; carece de orígenes únicos o analogías homogéneas. Por el contrario, nace de experiencias diversas, incluso contradictorias. En última instancia, es la vivencia del estar-siendo.
Así, la identidad colectiva puede comprenderse como una síntesis histórica de múltiples experiencias. Se construye en relaciones, contradicciones, entrecruzamientos, instituciones y comunidades; en suma, en un campo existencial complejo. De ahí que no existan identidades monolíticas, esencialistas o puristas, como se pretendió establecer desde la filología, las ciencias y la política europeas de los siglos XIX y XX. La identidad es un campo de tensiones, no un consenso homogéneo; en este sentido, la pluralidad no es excepción, sino el modo constitutivo de lo colectivo.
Desde este horizonte, Chiapas se vive a través de identidades plurirradiales. La unidad geográfica no remite a una esencia ni a una sustancia inamovibles; tampoco se trata de asumir una condición meramente accidental, como lo planteó Emilio Uranga para el caso de “lo mexicano”. Más bien, Chiapas puede pensarse como un territorio de convergencias históricas, no como una identidad única. Un territorio donde la identidad se origina en múltiples fuentes y se expresa en una amplia diversidad vivencial.
Chiapas se entreteje, así, desde una plurirradialidad étnica. Pueblos diversos, culturas que se retroalimentan, se confrontan, coexisten, dialogan o se niegan, pero que conforman la experiencia compartida del territorio. Ello conlleva una plurirradialidad lingüística. La vivencia de las lenguas en Chiapas no se reduce a una lengua hegemónica, como se intentó imponer durante gran parte del siglo XX. Incluso el español presenta una riqueza de variantes regionales que constituyen experiencias lingüísticas de identidad. Cada lengua y cada variante expresan modos propios de estar en el mundo; cada comunidad comparte rasgos, pero también despliega formas singulares de expresión.
A ello se suma una plurirradialidad histórica. Mundo prehispánico, colonia, independencia, liberalismo, consolidación geopolítica, zapatismo y contemporaneidad. Chiapas posee un pasado múltiple; no se trata de una esencialidad rígida. Su historia se vive y se expresa en la diversidad de pueblos y culturas que lo habitan. Cada comunidad ha construido sus propias narrativas históricas, desde voces y lenguajes diversos. Esta historia se refracta en experiencias múltiples, que unifican y, al mismo tiempo, diferencian al territorio. Asimismo, se articula desde una plurirradialidad territorial: las distintas regiones del estado constituyen mundos de sentido interrelacionados, con vínculos múltiples y complejos.
Por ello, Chiapas construye una plurirradialidad simbólica. Un entramado de significados que se despliega en múltiples direcciones y niveles de experiencia. La ceiba, el maíz, la cruz, la montaña, la frontera y la naturaleza dialogan con las instituciones, los lazos sociales y las formas de ritualidad y gestualidad. A estos se suman las expresiones regionales, la gastronomía, el arte, la música, el barrio, la religión y las variantes lingüísticas, así como los diversos modos de estar-siendo en el territorio. En Chiapas, los símbolos no son ornamentos culturales, sino componentes cargados de una experiencia colectiva que articula identidad, memoria y cotidianidad.
Finalmente, Chiapas ha configurado una plurirradialidad política. Comunidad, Estado, resistencia, autonomía, institucionalidad y formas comunitarias o gremiales de organización. Se trata tanto de respuestas al memorial de agravios históricos como de formas de organización existencial. La dinámica política del estado se despliega en un campo de tensiones, donde cada forma produce experiencias específicas de identidad. Desde el horizonte mesoamericano hasta el levantamiento de 1994 (pasando por la colonia, la llegada de los dominicos con Bartolomé de las Casas y la independencia institucionalizada), la vida política ha sido un rasgo profundo de la identidad chiapaneca.
En definitiva, la identidad chiapaneca es una síntesis inacabada, no una definición cerrada. Es plurirradial, el conflicto y la diferencia no son anomalías, sino condiciones constitutivas. No existen definiciones que la reduzcan a unos pocos rasgos; por el contrario, se desborda, se agrupa y se fragmenta. Vive en proceso, no como imagen fija ni como relato único. Pensar la identidad desde la plurirradialidad implica asumir la no clausura del sentido: la identidad como campo de tránsito, no como territorio estable, habitado entre riberas, lenguajes, símbolos y memorias heterogéneas. La identidad plurirradial abre, así, la posibilidad de “patrias” no exclusivamente territoriales y de comunidades de experiencia compartida.










