El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Generalmente los stickers se utilizan en WhatsApp para expresar en una imagen un posicionamiento lleno de humor negro o sarcasmo; en ese entorno el personaje convertido en tal es investido de expresiones exageradas que ridiculizan su figura o sus actos. Hay miles de stickers circulando diariamente en ese gigantesco sistema que fortalece cada vez más su gama tecnológica para representar gráficamente cualquier aspecto de la condición humana.
En esta era de la pantallización donde todo cabe en un teléfono inteligente, los stickers son promovidos como una forma instantánea de expresarse humorísticamente. En apariencia, ese sistema fomenta un contexto de creatividad, pero la manipulación masiva de fotografías y videos acompañados de microtextos obedece más a un colonialismo digital que reduce lo existente en un ser sin tomar en consideración su completitud.
En apariencia los stickers dinamizan la comunicación digital con la prevalencia del matiz gestual rellenado de humor, pero su consumo es síntoma de pereza semántica; también funcionan como muletillas visuales que facilitan la articulación del ente mostrado con sus circunstancias. Así nuestra respuesta emocional fue absorbida por un catálogo prefabricado de imágenes virales que homogenizan las experiencias humanas.
Si observamos con atención a estas imágenes, los sujetos estandarizados digitalmente muestran las contradicciones entre sus figuras y las circunstancias expuestas. No estamos percibiendo las imágenes en su complejidad ontológica sino lo que sus “creadores” quieren destacar. En este sentido, lo existente en ellas no es una manifestación profunda sino una aparición que se pierde entre millones de imágenes que sufren de la misma condición.
La prevalencia de esas imágenes afecta la experiencia perceptual, ya que pueden producirse distorsionando todo tipo de fotografías o videos, tanto personales como los que circulan por la internet. En ese vacío ya no hay un exterior auténtico de lo existente en alguien; quien elabora un sticker le impone una piel superficial que oculta su verdadero ser y estar, lo invisibiliza y, de paso, lo rellena de atributos humorísticos que no le corresponden.
Este fenómeno motivó un cambio de estatuto en la percepción digitalizada global porque representar gráficamente a plenitud a un ser es imposible; su carácter de absoluto es mandado a las sombras para resaltar su apariencia hilarante, lo cual es muy útil dentro de la comunicación política. Estamos ante un transhumanismo donde el ser en su trascendentalidad fue despojado del sí mismo, fue absorbido y perdió la facultad de expresarse desde lo auténtico.
El sistema algorítmico promueve la idea de que al “crear” y enviar un sticker con una imagen propia se refuerza la personalidad dentro de los grupos de WhatsApp a los que se pertenezca. No es extraño que los usuarios se ridiculicen a sí mismos con el fin de ganar aceptación o simpatía. Las condiciones tecnológicas impiden que la representación ontológica esté limitada y sujetada por modas o tendencias que obedecen a una escala temporal.
Plataformas digitales como Canva comparten los mejores consejos para crear, compartir y monetizar los stickers; en el mercado digital hay infinidad de aplicaciones que enseñan como manipular esas imágenes para revestirlas como un recurso expresivo. En efecto, los stickers ahorran tiempo, pero atrofian la capacidad de describir sentimientos complejos; y también sirven para cerrar conversaciones de tajo.
Los stickers caracterizan el dualismo entre la apariencia y la esencia; éstos son una sucesión de apariciones que muestran cómo operan visualmente el capitalismo y el consumo a través de las ciberformas; el ser y estar fue absorbido por memes, emojis, stickers y videos. Los consumidores solamente ven esas manifestaciones en sus dispositivos, más no los entramados alienantes que están en juego.










