El chiste rancio
La noticia del año, muy por encima de las locuras que comete a cada rato el presidente de Estados Unidos y que ponen a temblar al mundo, es sin duda la que se publicitó con bombo y platillo en los medios de comunicación y que sirvió como un rato de esparcimiento, ocio y risa: la decisión del Cabildo de Cuautitlán, en el Estado de México, de aprobar que el 2026 sea el “Año de Andrés Manuel López Obrador”.
Sin ser profetas ni adivinos, es evidente que el municipio es gobernado por Morena y fiel seguidor del expresidente de México, pues una postura tan polémica sólo podría explicarse por el gran “amor o simpatía” que los funcionarios municipales le profesan al exmandatario.
A menos que no estén en la misma sintonía, gastar millones de pesos en modificar o crear el lema que porta la papelería oficial representa una afrenta a la política de austeridad que se aplica en el país, o por lo menos a la que distingue a la presidenta de México y que ha intentado inculcar que se respete, aunque, a decir verdad, nadie parece hacerle caso.
Este municipio tendrá una leyenda distinta a la que tienen o tendrán todos los ayuntamientos del Estado de México, dado que el Congreso local aprobó que 2026 sea considerado el año “Del Humanismo Mexicano”.
La decisión parece obedecer al interés de mantener en boca de todos el nombre del expresidente, quizá motivada por su alejamiento del escenario político. Están en su derecho de argumentar que la leyenda responde al reconocimiento del legado histórico del expresidente de la República, “como promotor de la igualdad e impulsor de la revalorización del ámbito municipal y de una proyección orientada a consolidar a los municipios como el eje fundamental del desarrollo territorial, social y democrático de la entidad”.
Sin embargo, la historia que se “vendió” durante el gobierno de 2018 a 2024 es muy distinta de la realidad que se vivió y que hoy se padece. Basta mencionar el tema de la seguridad, que continúa golpeando a México y que se convirtió en un cáncer que dejó de atenderse en el sexenio pasado, y contra el cual hoy lucha, a brazo partido, el gobierno de Claudia Sheinbaum.
Decir que se había acabado la corrupción, que no existían laboratorios de fentanilo, que México no producía droga y que no había enfrentamientos con la delincuencia organizada porque sus integrantes serían reencauzados por el camino del bien tras “el regaño de su mamá”, son las mentiras piadosas que embaucaron a los ingenuos que se creyeron el rosario del populismo.
Lo cierto es que los efectos de la imposición de la leyenda oficial ya habían sido advertidos por el regidor José Abraham Sánchez Hernández, quien alertó que serían motivo de una “polémica innecesaria, objeto de chismes y memes por parte de la opinión pública”, como ocurrió cuando se cambiaron los nombres de una colonia y de sus calles en Tultitlán, en alusión a diversas frases, obras y acciones del expresidente.
Ciertamente, el anuncio ha acaparado la atención de propios y extraños, quienes han tomado a chiste la propuesta, pues en apariencia no influye en nada trascendente que se haya modificado el nombre de la leyenda; aunque, en el fondo, sí tiene efectos, ya que en política y en marketing todo tiene un propósito.
Cuando se habla del gobierno de AMLO, se asocian también aspectos positivos, como la entrega de becas a personas olvidadas —más no vulnerables, como dice el gobierno de Chiapas—, el cierre a las empresas “patito” que fomentaban el outsourcing y los aumentos al salario mínimo.
Sin embargo, también quedan en la memoria la desfachatez de permitir actos de corrupción sin aplicar la ley a quienes la infringieron, como en los casos de Segalmex, la CFE con la compra de ventiladores, los elefantes blancos en que se han convertido el Tren Maya, el Tren Interoceánico y la refinería Dos Bocas, así como los políticos ligados al narcotráfico.
Sin dejar de mencionar uno de los actos de corrupción sin castigo más emblemáticos: el huachicol, que ha hecho millonarios a varios políticos; o, quizá lo más grave, el control absoluto de los Poderes Legislativo y Judicial. De ahí que la decisión del Cabildo no sólo divida a los propios morenistas, sino que sus posturas extremas los coloquen no en el terreno del extremismo ideológico, sino en el del ridículo: un chiste rancio, de esos que no arrancan ni una sonrisa, ni siquiera para disimular lo grotesco de la decisión.










