Puntos Fiscales
José Luis León Robles
La Refinería Olmeca Dos Bocas nació como un emblema: la gran obra que devolvería a México el control de su energía. Pero conforme pasan los meses, ese emblema empieza a parecerse más a una advertencia. Cada accidente reciente no puede leerse como un hecho aislado, sino como parte de una cadena que revela fallas estructurales: prisas en la construcción, sobrecostos, ajustes improvisados y una presión política constante por mostrar resultados. En la industria petrolera, esa combinación es explosiva. Literalmente. Y, sin embargo, la narrativa oficial insiste en minimizar. Se habla de “incidentes controlados”, de “operaciones dentro de parámetros”, de “procesos de ajuste”. Pero quienes viven alrededor de la refinería cuentan otra historia: noches iluminadas por llamaradas, olores químicos persistentes, dolores de cabeza recurrentes, enfermedades respiratorias que se vuelven rutina. La distancia entre el discurso y la experiencia cotidiana es abismal. En Paraíso, el progreso llegó con ruido de maquinaria pesada y promesas de empleo. Algunas se cumplieron. Otras no. Pero lo que sí llegó y se quedó fue la incertidumbre. ¿Qué pasa cuando llueve y los residuos se mezclan con el agua? ¿Qué respiran los niños que crecen a unos metros de torres de combustión? ¿Qué sucede en diez o veinte años? No hay respuestas claras. Y eso, en sí mismo, ya es un riesgo. Más allá del impacto local, Dos Bocas plantea un problema nacional: el modelo energético. Mientras buena parte del mundo acelera la transición hacia energías limpias, México redobla su apuesta por los combustibles fósiles. No es solo una decisión económica; es una postura ideológica que privilegia el pasado sobre el futuro. Aquí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente política. Porque la refinería no se construyó únicamente para producir gasolina. Se construyó para sostener un relato: el de la autosuficiencia, el de la recuperación del Estado, el de la resistencia frente a mercados globales. Un relato poderoso, sin duda. Pero también peligroso cuando se vuelve incuestionable. Y Dos Bocas ha sido, desde el inicio, un proyecto blindado contra la crítica. Se desestimaron advertencias ambientales. Se aceleraron permisos. Se redujeron espacios de deliberación pública. Todo en nombre de la urgencia. Pero la urgencia, en proyectos de esta magnitud, suele ser enemiga de la seguridad. Hoy, los costos ya no son abstractos. No están en hojas de cálculo ni en debates legislativos. Están en el aire, en el agua, en los cuerpos de quienes viven cerca. Están en cada trabajador que entra a una instalación donde cualquier error puede ser fatal. Y están también en el dinero público. Porque Dos Bocas no solo concentra riesgos ambientales y humanos, sino financieros. Su costo final ha superado con creces lo estimado inicialmente, y su rentabilidad sigue siendo incierta en un mundo donde el petróleo enfrenta una demanda cada vez más cuestionada. Apostar miles de millones a una industria en transición no es solo arriesgado: puede ser irresponsable. Agradezco la atención para esta su columna y si el creador nos lo permite, nos estaremos leyendo la siguiente semana.










