Luis Fernando Bolaños Gordillo
En su obra El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música, Nietzsche analizó si el pesimismo es, forzosamente, algo que se origina en el declive, la ruina, el fracaso o, por el contrario, es una predilección por las cosas duras, horrendas, malvadas o problemáticas de la existencia que surgen, paradójicamente, en marcos de bienestar y plenitud.
El filósofo alemán identificó cómo los griegos a pesar de su desarrollo filosófico, artístico, físico y estético caracterizado por una salud desbordante y una aparente plenitud, manifestaron artística e intelectualmente una afición por “las cosas terribles, malvadas, enigmáticas, aniquiladoras, funestas que hay en el fondo de la existencia”.
Aparentemente, el modernismo trajo un sentido de bienestar derivado del consumo de todo tipo de bienes y servicios que satisfacen necesidades y deseos; para Nietzsche esto es una ilusión o, peor aún, un aderezamiento. El pensamiento dionisiaco identifica los efectos nocivos del materialismo; la máscara trágica nos permite adentrarnos en nuestro propio yo.
El club de la pelea (1999), película dirigida por David Fincher, protagonizada por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham, caracteriza cómo los estilos de vida promovidos por el capitalismo no son suficientes para garantizar sentidos de felicidad o de completitud. El sistema en su conjunto es visto como un vacío que promueve consumismo, individualismo e ideas alienantes.
La vida moderna es de todo un poco menos satisfactoria para el narrador de la historia (Norton), quien busca experimentar una vida distinta que rompa con su rutinario paso como trabajador de una empresa; su mundo es limitado, aburrido, inconexo con el de otros y su salida es hacerse un alter ego (Brad Pitt) que lo haga sentirse poderoso y dueño de su destino.
El narrador vive en carne propia su propia parcela de dolor, pero su voluntad de poder para manifestar su malestar no lo hace a través de sí mismo, sino a través de su alter ego que es más seguro de sí, extrovertido, fuerte y portador de ideas distintas. Norton trató de descubrir quién era dentro del sistema y cuando lo supo lo rechazó; fue así como imaginó un modo de zafarse de su monótona vida consumista.
Su afición por los círculos de superación personal no le bastó para ajustarse a la meritocracia prometida por el sistema; su nueva individualización -en este caso imaginaria- le hizo creer que estaba luchando contra las estructuras de poder que se impregnan a fondo en la subjetividad. Pese a tenerlo todo materialmente, sus deseos nunca estaban satisfechos y este vacío era el motor para transformar su limitada realidad.
A pesar de los algoritmos, las inteligencias artificiales, las redes sociodigitales, productos diseñados para cada identidad o información instantánea, al ser humano prácticamente no le queda nada. En su agonía, el narrador se vio a sí mismo como un núcleo de resistencia a través del club de la pelea creando nuevos propósitos que dieran sentido a lo que quedaba de su individualidad.
Su nueva vida le alejó de su obsesión por las posesiones materiales y su exacerbado consumismo, pero esto no lo hubiese logrado sin su creación desinhibida, anarquista, carismática y rebelde encarnada por Brad Pitt. Esta proyección es una alucinación que llena la nauseabunda vaciedad de su vida y para ello lo dotó de libertad, fuerza y seducción.
A lo largo de la película, el alter ego imaginario confronta al narrador con su vida miserable y aburrida invitándolo a romper con su esclavitud laboral y sus ideas anquilosadas sobre la meritocracia. Esta cinta recrea el nihilismo nietzscheano en cuanto a la imposibilidad de construir una sociedad de superhombres que manifiesten su voluntad de poder.
En su devenir caótico el narrador da cuenta del dolor, sacrificio y sufrimiento que distinguen a la condición humana y encarna una sensación de vacío que la modernidad y los avances tecnológicos no pueden llenar. Nietzsche fue lúcido al escribir “Zaratustra está transformado, se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto: ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen?”.
La modernidad ha adormilado la subjetividad humana y esa cinta muestra cómo el aspecto ontológico tiene que reventarse a sí mismo para reinventarse como un ser que busca la autenticidad. En Así habló Zaratustra, el filósofo alemán sentenció: “Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros tenéis todavía caos dentro de vosotros”.










