Sumidero
Edgar Hernández Ramírez
Cada 14 de septiembre Chiapas vuelve a 1824 para recordar que decidió federarse a México. Hay banderas, discursos, héroes civiles y una narrativa que con los años adquirió la tersura de las historias oficiales. Sin embargo, después de dos siglos quizá la pregunta importante ya no sea si nuestros antepasados eligieron correctamente entre México y Centroamérica, sino qué resultados produjo aquella elección y cuánto del pacto continúa pendiente.
Porque hay que recordar que Chiapas no llegó a México tomado de la mano de una voluntad colectiva y uniforme. La provincia estaba dividida. Ciudad Real, Comitán, Tuxtla, Soconusco y otros territorios tenían intereses comerciales, políticos y regionales diferentes. Había grupos que miraban hacia México, otros hacia Guatemala y quienes aspiraban, al menos temporalmente, a que Chiapas decidiera por sí mismo su destino. El famoso plebiscito de 1824 tampoco fue una elección ciudadana como hoy la entenderíamos, sino una consulta mediada por ayuntamientos y sistemas de representación propios de aquella época.
Nada de ello invalida la federación; simplemente le quita el barniz de leyenda y la devuelve a la política, que es el lugar donde realmente ocurrió.
Elegir México tenía lógica. Frente a una Centroamérica todavía más frágil, el nuevo Estado mexicano ofrecía escala territorial, posibilidades comerciales, protección política y la promesa de integrarse a una federación mayor. Chiapas aportaba territorio, frontera, recursos y profundidad geopolítica; México ofrecía pertenencia, instituciones y un horizonte nacional. Podríamos decir, con todas las reservas del anacronismo, que aquel 14 de septiembre se firmó un contrato.
El problema comienza cuando, dos siglos después, se revisan las cláusulas. Nadie podría afirmar seriamente que Chiapas permanece igual que a principios del siglo XIX. Hay carreteras, hospitales, universidades, electricidad, escuelas, comunicaciones, derechos políticos y programas sociales que representan transformaciones históricas indiscutibles. La pobreza ha disminuido en distintos periodos, el analfabetismo se redujo considerablemente y servicios que alguna vez fueron excepcionales alcanzan hoy gran parte del territorio.
Pero avanzar no significa necesariamente alcanzar lo esperado. Chiapas progresó mientras México también progresaba y la distancia entre ambos no desapareció. Seguimos ocupando los últimos lugares en pobreza, informalidad, ingreso, servicios básicos, educación y conectividad. Dos siglos después, el lugar donde nace un mexicano continúa condicionando demasiado las oportunidades que tendrá durante su vida.
Y es ahí donde aparece la grieta del pacto federal. México integró territorialmente a
Chiapas, pero no ha conseguido incorporarlo plenamente a los niveles nacionales de bienestar.
La paradoja se vuelve todavía más áspera porque Chiapas no es un territorio pobre en recursos. Posee agua, hidroeléctricas, bosques, biodiversidad, café, cacao, producción agrícola, turismo y una posición excepcional frente a Centroamérica. Somos, en cierto sentido, como el campesino que vive sobre tierras fértiles pero vende barata la cosecha mientras otros procesan, empacan, transportan y comercializan el producto.
Ahí está una de nuestras tragedias económicas. Chiapas produce materias primas, energía y recursos naturales, pero captura demasiado poco del valor que generan.
Aunque sería cómodo responsabilizar exclusivamente a la Federación, la historia tampoco permite semejante absolución local. Las élites chiapanecas han administrado el estado durante generaciones. Gobernadores, empresarios, cacicazgos regionales, partidos y burocracias han participado también en la construcción de una economía dependiente y de instituciones débiles. Durante décadas, buena parte de la política local consistió en administrar la relación con el centro, gestionar recursos federales y distribuirlos territorialmente.
Ese modelo permitió construir escuelas y caminos, pero también produjo una cultura política de intermediación. El municipio pide al gobernador, el gobernador gestiona ante la Federación y la Federación transfiere recursos. Chiapas pertenece constitucionalmente a una república federal, pero su dependencia presupuestal revela una autonomía económica mucho menor de la que sugieren las solemnidades jurídicas.
Por eso el debate contemporáneo no debería deslizarse hacia el separatismo romántico ni hacia el resentimiento contra México. Sería una forma demasiado fácil de escapar de nuestras propias responsabilidades.
Lo que Chiapas necesita es algo más difícil, una conciencia regional capaz de negociar mejor su lugar dentro de la Federación.
El ser chiapaneco
También debemos revisar qué entendemos por ser chiapaneco. No somos solamente marimba, pozol, parachicos o paisajes verdes convertidos en publicidad turística. Tampoco existe una única identidad chiapaneca. Hay mundos tzotziles, tzeltales, zoques, choles, tojolabales y mames; hay Chiapas fronterizo, costeño, alteño, urbano, rural, mestizo, indígena y afromexicano. Hay un Chiapas que mira hacia el centro de México y otro que culturalmente conversa todos los días con Guatemala y Centroamérica.
Nuestra identidad debería construirse desde esa pluralidad y transformarse en conciencia política.
Ser chiapaneco podría significar defender que vivir lejos del centro no implique vivir lejos de los derechos.
Esa discusión adquirirá todavía mayor importancia porque la geografía que durante mucho tiempo nos condenó a la periferia podría convertirse ahora en nuestra principal ventaja. El sureste mexicano está cambiando. El Tren Maya, el Corredor Interoceánico, la modernización ferroviaria hacia la frontera, Puerto Chiapas y los polos industriales de Tapachula pueden modificar la relación económica de la región con México y Centroamérica.
Sin embargo, también pueden repetir nuestra vieja historia. Un tren puede atravesar un territorio sin desarrollarlo; un puerto puede mover miles de contenedores mientras alrededor permanece la pobreza; y una hidroeléctrica puede generar energía nacional sin generar prosperidad local.
La verdadera transformación ocurrirá solamente cuando Chiapas deje de ser corredor y se convierta en núcleo desarrollo; cuando no sólo permita que la riqueza pase, sino que consiga producirla, transformarla y conservar una parte mayor de ella.
Tal vez por eso necesitamos invertir una pregunta repetida durante generaciones. No preguntar solamente qué necesita Chiapas de México, sino qué necesita México de Chiapas.
Necesita nuestra agua, nuestra energía, nuestra biodiversidad, nuestra frontera, nuestra producción agrícola y nuestra posición frente a Centroamérica. Necesita estabilidad en el sur y necesita un territorio capaz de articular el país con una región cada vez más estratégica.
Chiapas no es únicamente un estado necesitado, es también un estado necesario. Dos siglos después, esa diferencia debería modificar nuestra manera de negociar con la Federación y también nuestra forma de mirarnos.
Quizá nuestros antepasados tomaron en 1824 la decisión más razonable disponible. México ofrecía posibilidades que Guatemala y la fragmentada Centroamérica difícilmente podían garantizar; pero una buena decisión histórica no asegura buenos resultados eternamente.
La federación no debería celebrarse como una fotografía amarillenta colgada en la pared, sino revisarse como un contrato que pasa de una generación a otra.
La pregunta del siglo XIX fue si Chiapas debía pertenecer a México; en contraste, la del siglo XXI es mucho más exigente: qué lugar queremos ocupar dentro de México.










