Uso de la palabra
Por Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Conocí a Luis Villoro en los encuentros zapatistas que se gestaron en la última década del siglo XX. Sin embargo, fue mucho tiempo después cuando pude conversar de cerca con don Luis, como le decíamos entonces. Siempre estuvo abierto al diálogo; nunca lo vi de otra manera: cercano, receptivo, atento a la escucha. Hablaba con entusiasmo de sus lecturas recientes y hacía de cada conversación un espacio de descubrimiento compartido. En una de esas charlas me recomendó leer El sueño mexicano, de J. M. G. Le Clézio. Nuestras conversaciones rara vez rebasaban el marco de los encuentros zapatistas: un comentario al pasar, alguna discusión más profunda sobre filosofía política, el intercambio breve pero intenso de ideas. Siempre generoso con sus palabras, lo recuerdo la última vez que lo vi, en el Caracol de Morelia, atento a una charla contra la tortura, con su inconfundible boina negra, señal silenciosa de su ingreso al zapatismo.
Entiendo la labor filosófica de Villoro de una manera cercana a como la describe Luis Hernández Navarro: “entendió la filosofía no como un conjunto de doctrinas, y menos aún como ideologías, sino como una serie de preguntas surgidas de la perplejidad humana”. En ese sentido, hacia el final de su vida, Luis Villoro se volvió —me parece— un filósofo desprofesionalizado, y eso resulta especialmente significativo si se piensa que él mismo fue uno de los rostros centrales de la profesionalización de la filosofía en México. Lo digo con plena conciencia: Villoro propició maneras más conversacionales de hacer filosofía, fuera de los espacios restringidos de la academia. Escribió desde otros registros —pienso, por ejemplo, en las cartas con el Subcomandante Marcos— y esa apertura terminó por concretarse como una reforma del pensamiento, pero también como una forma de vida, tal como lo señala Hernández Navarro.
Después de muchos años, me permito escribir sobre algunas de sus ideas, sobre todo aquellas vinculadas con su diálogo y cercanía con el zapatismo. En dos de sus libros, De la libertad a la comunidad (2001) y La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio (2015), encuentro ecos de inquietudes que también han acompañado mi propio pensamiento. Ideas que, mediadas por el tiempo y la experiencia, conversan con las propuestas contenidas en esas páginas, aunque no dejo de tomar distancia frente a ciertas puntualizaciones que hoy me parecen arbitrarias o insuficientes. A la luz de las reflexiones más recientes del propio zapatismo, creo que vale la pena volver sobre tres conceptos medulares en la obra de Villoro: comunidad, libertad y democracia. Son nociones que, lejos de agotarse en la abstracción filosófica, adquieren otra densidad cuando se confrontan con la experiencia concreta de los pueblos y con las formas de vida que el zapatismo ha intentado construir a contracorriente del mundo contemporáneo.
En esa revisión crítica, Villoro parte de una lectura del liberalismo moderno y de los pilares éticos y políticos que sostuvieron su desarrollo histórico. De la maraña de ideas que el liberalismo colocó en su paso histórico, Villoro identifica cuatro ejes fundamentales que dieron sustento a la ética y a la política modernas. No se trata únicamente de principios abstractos, sino de programas históricos con finalidades concretas. El primero es la libertad individual, cuya matriz se convirtió en el eje rector sobre el que se tejieron las acciones del Estado moderno. De ahí nacen los derechos universales y las distintas libertades de alcance general. Sin embargo, estas libertades se encuentran en las antípodas de las ideas surgidas del paradigma del bien común; por ello, no se trata de una libertad comunitaria, sino de una libertad asentada en el individualismo liberal.
La segunda idea rectora es la democracia, aunque entendida desde su formulación liberal: una democracia representativa que se distancia de la democracia comunitaria, radical o republicana que Villoro reivindica. El tercer eje es el “adelgazamiento del Estado”, que bajo la visión neoliberal dejó de tener la centralidad política que había alcanzado en otros momentos históricos para convertirse en una entidad más doméstica o simbólica. Finalmente, aparece la idea de progreso y desarrollo, responsable de una lógica de extracción que ha sometido al planeta a una devastación permanente.
Frente a ese horizonte, Villoro propone un concepto de comunidad más vinculado con la experiencia vivida que con la teoría política en sentido estricto. La comunidad, dice, se “dirige por el interés del todo. Cada individuo se considera a sí mismo un elemento perteneciente a una totalidad, de manera que lo que le afecta a ésta le afecta a él”. Sin embargo, y en contraste con autores como Will Kymlicka, la comunidad no absorbe las singularidades de las personas. En la propuesta de Villoro, la comunidad “no renuncia a la afirmación de la propia identidad. Por el contrario, intenta una vía distinta para reconocer al verdadero yo: la ruptura de la obsesión por sí mismo y la apertura a los otros, a lo otro”.
Desde esta perspectiva, Villoro entiende que, por más que el liberalismo insista en la figura de un individuo autónomo y autosuficiente, nadie vive aislado dentro de una burbuja. Todo sujeto es producto de contextos históricos y culturales específicos, y las comunidades influyen profundamente en quienes las integran. De ahí la urgencia de orientar la vida comunitaria hacia sus dimensiones más radicales: aquellas que restituyen un sentido más humano, relacional y cercano de la existencia. El liberalismo exagera con frecuencia la idea de un sujeto separado de la sociedad; en cambio, para Villoro la vida colectiva, los valores compartidos y los vínculos comunitarios son decisivos en la formación de las personas. En ese punto, trae a cuenta la vivencia del “nosotros” tojolabal, experiencia que hace visible la intersubjetividad en acto.
Ahora bien, esta concepción de comunidad no pretende borrar las diferencias, sino gestionarlas y equilibrarlas. Para pensar esa tensión, Villoro recurre al segundo principio de justicia de John Rawls. Según Rawls, las desigualdades sociales y económicas solo son justas si cumplen dos condiciones: primero, que los cargos y oportunidades estén abiertos a todos en igualdad de circunstancias; y segundo, que esas desigualdades beneficien especialmente a los sectores menos favorecidos de la sociedad. A esto último Rawls lo llama “principio de diferencia”. Así, la justicia no exige una igualdad absoluta, sino una organización social donde incluso las ventajas de unos contribuyan al bienestar de quienes tienen menos.
Es precisamente en este punto donde tomo distancia de la propuesta de Villoro. En la práctica, las circunstancias históricas, sociales, culturales y económicas juegan un papel decisivo en la igualdad de oportunidades. Además, el hecho de que los más ricos se beneficien no implica necesariamente que, bajo un esquema liberal como el que propone Rawls, esos beneficios se traduzcan en mejores condiciones de salud, educación, vivienda o justicia para los sectores más desfavorecidos. La riqueza, históricamente, no ha “bajado” por sí sola. Por ello, conviene revisar críticamente esta postura a la luz de las nuevas propuestas sobre “el común” y la destrucción de la pirámide del poder que hoy impulsan las comunidades zapatistas.
La reflexión sobre la comunidad conduce inevitablemente al problema de la libertad. Pero no se trata aquí de la libertad liberal clásica, sino de una libertad atravesada por las condiciones materiales e históricas de existencia. Villoro distingue entre libertad negativa, libertad positiva y libertad de realización. La libertad negativa se inscribe en el silencio de las leyes: son las libertades privadas que el liberalismo garantiza jurídicamente, aquello que puedo hacer sin interferencia del Estado. La libertad positiva, en cambio, consiste en alcanzar la autonomía, regir la propia vida conforme a criterios y convicciones propias, y no únicamente según lo que otros dictan o inducen.
Sin embargo, Villoro considera que existe un tercer nivel mucho más complejo: la libertad de realización. Esta consiste en poder convertir en realidad aquello que hemos elegido y decidido. Se trata de la posibilidad efectiva de vivir conforme a nuestras metas y proyectos. Pero esa libertad no está al alcance de todas las personas, porque las condiciones estructurales —económicas, políticas, históricas— limitan constantemente las posibilidades de realización individual y comunitaria. La libertad, entonces, no puede pensarse al margen de las desigualdades concretas que atraviesan la vida social.
Desde ahí se comprende también su idea de democracia. Para Villoro, la democracia republicana, comunitaria o radical representa una alternativa frente a la democracia liberal moderna, estrechamente ligada al individualismo y al capitalismo global. Mientras la democracia liberal coloca al individuo autónomo como centro de la vida política y entiende a la sociedad como resultado de acuerdos entre sujetos libres e iguales, la democracia comunitaria parte de la idea de que la persona solo puede comprenderse plenamente dentro de una comunidad histórica, cultural y social. Villoro sostiene que el liberalismo ha provocado profundas desigualdades, explotación económica, deterioro ambiental y debilitamiento del sentido colectivo, al privilegiar la competencia y los intereses privados sobre el bien común.
Desde esta perspectiva, la comunidad no es un simple conjunto de individuos, sino el espacio donde las personas adquieren identidad, sentido y pertenencia. Por ello, el bien individual no puede separarse del bien común y, junto a los derechos individuales, deben reconocerse también derechos colectivos, especialmente los de los pueblos originarios y las comunidades históricamente excluidas. A diferencia de la neutralidad liberal, la democracia republicana busca fortalecer los vínculos comunitarios, la cooperación y la participación directa en las decisiones públicas.
Quizá ahí radique una de las mayores vigencias del pensamiento de Luis Villoro: en haber comprendido que la filosofía no podía limitarse a interpretar conceptos abstractos, sino que debía dialogar con las formas concretas de vida y con las experiencias históricas de resistencia. Su cercanía con el zapatismo no fue un gesto anecdótico ni una adhesión romántica, sino la búsqueda persistente de otras maneras de pensar la política, la comunidad y la libertad desde abajo y en común. Volver hoy sobre sus ideas no implica asumirlas sin reservas, sino reconocer en ellas un horizonte crítico que todavía interpela nuestro presente. En tiempos marcados por el agotamiento del individualismo liberal y por la devastación social y ambiental del capitalismo contemporáneo, las preguntas que Villoro dejó abiertas siguen siendo más urgentes que nunca.










