Mucho antes del silbatazo

Mucho antes del silbatazo

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Hay viajes que uno recuerda por los lugares que visitó. Otros permanecen por las personas que conoció. Y, de vez en cuando, aparece uno que termina cambiando la manera de entender algo que siempre habíamos dado por sentado.

Eso me ocurrió esta semana en Italia.

Regresé después de recorrer Nápoles, Roma, Florencia, Pisa y Milán. Pensé que volvería hablando del Renacimiento, de las catedrales, de Miguel Ángel, de Leonardo o de la extraordinaria capacidad italiana para convertir la historia en parte de la vida cotidiana. Nunca imaginé que la mejor lección del viaje me la daría un taxista romano en menos de diez segundos.

Fue la noche de la semifinal del Mundial entre España y Francia.

Eran casi las diez. El calor seguía suspendido sobre las calles de Roma como si el día se negara a terminar. Después de cenar tomé un taxi rumbo al hotel. Como suele ocurrir cuando uno viaja, comenzamos a conversar.

Le hice una pregunta tan sencilla como intrascendente.

—¿A quién le va?

Respondió sin pensarlo.

—Io sto con la Spagna.

Pensé que hablaría del talento de Lamine Yamal, del juego colectivo español o de cualquier explicación futbolística.

Entonces pregunté:

—¿Por qué?

Sonrió apenas.

—Perché è la Francia.

Porque es Francia.

Y siguió manejando.

No dijo una palabra más.

Aquella respuesta comenzó a perseguirme durante los días siguientes.

Mientras caminaba por Roma regresó una y otra vez a mi cabeza. Terminó por cobrar sentido cuando recordé algo que había aprendido esa misma tarde en la Plaza de España.

Ahí entendí que la célebre escalinata que conduce a la iglesia de Trinità dei Monti no es únicamente una joya arquitectónica del barroco. También representa un momento en el que dos grandes potencias europeas intentaron dejar atrás siglos de rivalidad para encontrarse en un mismo espacio.

Entonces comprendí que el taxista nunca me había respondido sobre fútbol.

Me había respondido desde la historia.

Yo preguntaba por un partido.

Él contestaba desde varios siglos atrás.

Fue entonces cuando empecé a mirar Italia con otros ojos.

En Nápoles descubrí un orgullo que no necesita explicación. Los napolitanos hablan de su ciudad como si fuera una nación. En Florencia comprendí que el Renacimiento sigue vivo mucho más allá de los museos. Milán mira permanentemente hacia el futuro mientras Roma parece caminar con absoluta naturalidad entre ruinas de dos mil años y cafeterías llenas de jóvenes.

Son ciudades del mismo país.

Pero conservan identidades profundamente distintas.

Italia se unificó hace apenas poco más de ciento cincuenta años.

Sin embargo, bastó mencionar a Francia para que desaparecieran las diferencias regionales.

Por un instante ya no existían romanos, napolitanos, lombardos ni toscanos.

Había italianos.

Fue ahí donde entendí algo que quizá llevamos décadas sin advertir.

Los Mundiales nunca han sido solamente un torneo de fútbol.

Son un escenario donde también compiten la memoria, la identidad y la historia.

Cuando Argentina enfrenta a Inglaterra, inevitablemente reaparece el recuerdo de las Islas Malvinas. Este mismo Mundial dejó otra muestra de ello. Después de que Inglaterra eliminó a México, cualquiera habría pensado que los mexicanos apoyarían a Argentina en la siguiente ronda.

Ocurrió algo distinto.

Muchos terminaron apoyando a Inglaterra.

No porque hubieran olvidado la eliminación de México, sino porque pesaron más la rivalidad que se fue construyendo durante el torneo y los comentarios ofensivos que algunos comunicadores argentinos dirigieron hacia nuestro país.

Una vez más, el fútbol dejó de ser únicamente fútbol.

Los jugadores cambian.

Las generaciones pasan.

Las camisetas se renuevan.

Pero los pueblos conservan recuerdos mucho más largos que cualquier campeonato.

Y entonces comprendí que, una vez más, me encontraba en el cruce del camino.

No era un cruce entre España y Argentina.

Tampoco entre Inglaterra y Argentina.

Ni siquiera entre Europa y América.

Era un cruce mucho más profundo.

El de quienes deciden mirar un Mundial como un espectáculo de noventa minutos…

…y el de quienes entienden que, detrás de cada camiseta, viajan siglos de historia, guerras, reconciliaciones, migraciones, orgullos nacionales, agravios, afectos y memorias que nunca terminan de desaparecer.

Ese es el camino fácil.

El otro exige mirar más allá del marcador.

Yo elegí ese segundo camino.

Hoy, mientras usted lee estas líneas, España y Argentina están a unas horas de disputar la final de la Copa del Mundo.

Millones estaremos pendientes del resultado.

Habrá quienes apoyen a España por la belleza de su fútbol.

Otros lo harán por Argentina, por su mística competitiva o por la pasión con la que vive cada final.

Cada quien tendrá sus razones.

Algunas serán deportivas.

Muchas otras vendrán de un lugar mucho más profundo.

Yo sé que, cuando ruede el balón, no solamente veré a veintidós futbolistas disputando un campeonato.

Veré pueblos enteros cargando su pasado.

Veré identidades que se abrazan o se confrontan.

Veré la historia jugando, una vez más, disfrazada de fútbol.

Y volveré a acordarme de aquel taxista romano que, con apenas cuatro palabras, me enseñó más sobre Europa que muchas horas dentro de un museo.

Porque los viajes verdaderamente importantes no son los que cambian nuestro itinerario.

Son los que cambian nuestra manera de mirar el mundo.

Tal vez esta noche una selección levante la Copa del Mundo.

Pero el verdadero triunfo será para quienes entiendan que los partidos terminan, los campeones cambian y las generaciones se suceden…

…mientras la historia sigue jugando su propio torneo.

Y es precisamente ahí, cuando dejamos de mirar solamente el marcador para empezar a comprender a los pueblos, cuando descubrimos que el verdadero destino nunca estuvo al final del viaje.

Siempre estuvo en el cruce del camino.

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