Para Giselle y Damián, que la imaginación y el amor a los gatos nunca se agoten.
Damaris Disner / Diario de Chiapas
Dejé de contar las veces que me mudé de casa cuando llegué a la dieciseisava. En mi etapa universitaria fueron diez, de ahí empezaron a espaciarse, no sin antes pensar demasiado al emprender otra, porque cuando te das cuenta que acumulas más de lo necesario, quisieras ser más ligera de equipaje o no cargar objetos que ya no te significan.
En la casa que vivo actualmente llevo seis primaveras y aún no he acomodado algunas cajas que fui llenando de papeles para depurar. Hay una parte del closet atiborrada de cosas pequeñas que no sé para qué conservo, pero siguen vigilantes por si algún día son necesarias, ajá.
Ahora pienso en dos niños que pronto se mudarán a la Frontera Norte y llegaron flashazos de mis procesos. A pesar que la primera sucedió cuando iba a cumplir 18 años, cuando vine a estudiar a Tuxtla Gutiérrez, mis emociones transitaron del gozo por iniciar una nueva aventura y a la vez de tristeza, principalmente por mi mamá, que jamás podría llegar a visitarme debido a su estado de salud.
A Alejandra, mamá de Giselle y Damián, la conocí cuando acompañé a las Madres Buscadoras a una velada. De inmediato sentí confianza con ella, hablamos de varios temas y llegamos al que siempre me apasiona: La creatividad en los procesos literarios. En menos de dos semanas volvimos a vernos cuando sus hijos entraron al Laboratorio Lúdico Literario que imparto los sábados en la Galería Rodolfo Disner.
Me impresionó la capacidad de síntesis narrativa de Giselle. El primer día creó un breve texto ilustrado, inspirado en el libro Feliz de Mies Van Hout. Con los recursos que le proporcioné, bolsas de papel estraza, plumones y ojos móviles, narró sus sentires. Una niña con cabellera abundante repleta de ojos, fue una de sus ilustraciones. ¿Y cómo no identificarse si en la noche podemos sentir miradas que nos devoran el sueño?
Cuando Damián llegó el primer sábado, lo percibí desanimado, me dijo que no le gustaba escribir, ni dibujar, menos colorear. Alejandra lo inscribió para ver si se interesaba algo, le agradezco tanto la confianza. Durante los sábados siguientes su entusiasmo era una flamita encendida. Una mañana fue el único que escribió un relato usando solo palabras que tenían las vocales A y E. Los demás no quisieron intentar el reto, además comenzó a aplicarle color a sus dibujos. Jamás califico los ejercicios que realizan como buenos o malos. Les comento que son resultados de las exploraciones creativas que hacemos, por eso, en este año le llamo “Laboratorio Lúdico Literario” a lo que solía nombrar talleres, porque funcionan como un espacio donde hay resultados sorprendentes cuando dejamos de esperar resultados.
Imagino la nostalgia profunda que Giselle y Damián sienten ahora que preparan la mudanza junto a su mami. Las preguntas si llevan o no algo en específico o aquellas que se refieren a quiénes conocerán en su nueva escuela. Solo puedo decirles que a donde vayan, los acompañarán los momentos compartidos y con su imaginación pueden recrearlos a través de una pintura o un cuento para salvaguardarse de la añoranza. Alguien me dijo que toda pérdida trae un regalo, estoy segura que en su nueva estancia también hallarán razones para soñar con escenarios deslumbrantes. Buen viaje.
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