Perita Cernas / Diario de Chiapas
A ver, tenemos que hablar urgentemente de Una familia moderna de Helga Flatland porque yo sigo sin poder superar esto a nivel biológico, psicológico y existencial. Tú empiezas a hojear el libro pensando tranquilamente: «Bueno, a ver, una novela sobre noruegos hipercivilizados en el primer mundo, esto seguro es superdistante y no tiene absolutamente nada que ver conmigo ni con mi entorno». Pero ¡plot twist monumental! Resulta que la dinámica de esta gente es exactamente igual a la de cualquier familia latinoamericana en medio de una cena navideña caótica, solo que con nieve de fondo y un poquitito más de contención nórdica. Es que es fuertísimo cómo te explota la cabeza la cercanía.
Porque, a ver, no conozco a una sola persona sobre la faz de la tierra que no tenga líos, grietas o traumas sin resolver con sus padres. Ninguna. Y aquí es donde la literatura se entrelaza de forma bellísima y macabra con la ciencia. Para entender este colapso familiar, hay que meter en la ecuación dos conceptos fascinantes: la teoría de los sistemas familiares de Murray Bowen y la epigenética conductual.
Bowen nos explica algo que todos sentimos en las tripas: la familia funciona como una unidad emocional integrada. Los traumas, ansiedades y frustraciones no resueltas de los padres jamás se disuelven en el aire; se proyectan directamente hacia los hijos como un wi-fi emocional invisible pero hiperpotente. Y si nos vamos al terreno biológico duro, la epigenética conductual nos demuestra que las experiencias traumáticas alteran las etiquetas químicas de nuestro ADN. O sea, el estrés no solo es una idea abstracta; cambia la forma en que se expresan nuestros genes. En resumen: no solo te heredan la vajilla vieja o la forma de las orejas, sino también la predisposición química a la angustia que tus abuelos no supieron procesar.
Lo magistral que hace Helga Flatland en la novela es que no nos pone a un narrador omnisciente a explicarnos la vida ni a juzgar a los personajes. No, para nada. La autora hace algo mucho más maquiavélico: nos convierte a nosotros, los lectores, en los psicólogos de tres voces narrativas. Escuchamos a Liv, a Ellen y a Håkon, que resultan ser los tres hermanos. Y esto es un experimento de perspectiva alucinante, porque los tres presencian exactamente el mismo evento —una cena durante un viaje familiar donde los padres, ya sesentones, anuncian de la nada que van a divorciarse— y cada uno procesa esa misma realidad desde planetas completamente distintos.
Liv, la hermana mayor, siente la noticia como una afrenta personal, un ataque directo a la estructura sobre la cual construyó su propia identidad. Mientras intenta digerirlo, lidia con una crisis brutal en su matrimonio y con la paranoia desgastante de sentir que su esposo se siente atraído por su propia hermana. Ellen, la del medio, ya intuía en el fondo que sus padres jamás se entendieron realmente, pero su propio drama interno la consume en secreto: desea con todas sus fuerzas ser madre y su cuerpo sencillamente no le responde, destruyendo la intimidad con su pareja y aislándola en un silencio atronador que no sabe cómo confesarle a su familia. Y luego tenemos a Håkon, el hermano menor, que ve la ruptura de sus padres como la confirmación definitiva de que el compromiso es una trampa mortal; él lidia con una enfermedad congénita y con la sobreprotección asfixiante de sus padres, quienes lo tratan prácticamente como a un inútil, logrando que esa mirada ajena termine por convertirse en su propia etiqueta identitaria.
Llegas a un punto de la lectura donde sientes que conoces más los pliegues oscuros, los secretos y las grietas de la mente de estas tres personas que los de tu propia vida cotidiana. Te identificas con ellos, sufres a la par, te desmoronas. Yo terminé llorando en posición fetal, reflexionando durante horas sobre los patrones de mi propia familia y entendiendo esos nudos invisibles que todos arrastramos desde la infancia. Y sí, si lo piensas fríamente, pareciera que buscar una experiencia así es un acto profundamente masoquista. Ahm… pues sí, lo es, no lo vamos a negar. ¿Pero qué no de eso se trata la verdadera literatura? De utilizar el espejo de tres noruegos ficticios para enfrentarnos a nuestra propia psique, desentrañar nuestras herencias emocionales y entender, por fin, qué carajos está pasando en nuestra propia casa.










