El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
A nivel global las redes sociodigitales no solamente establecen las condiciones para fijar fronteras culturales entre naciones, también crean trincheras donde prevalecen las burlas, las faltas de respeto y, en casos más extremos, el odio disfrazado de chistes de mal gusto. Lamentablemente, el pasado certamen futbolístico fue el escenario donde se acrecentaron las muestras de odio entre la afición mexicana y argentina.
Durante la justa mundialista circularon miles de memes y videos que señalaron a los futbolistas argentinos de jugar sucio, de cometer faltas catalogadas como violentas, de ser favorecidos por el arbitraje y, por si fuera poco, de insinuar una amistad especial entre Lionel Messi y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. El sentido del humor prevaleciente en esos contenidos derivó en un sinfín de conflictos en distintos niveles.
Los memes y burlas recibidas por la selección argentina tras la derrota ante el combinado español, motivaron al presidente argentino Javier Milei a acusar sin pruebas a los gobiernos de México y Brasil, así como al partido demócrata estadounidense, de financiar una campaña de odio “antiargentina” en todas las redes sociodigitales.
El mandatario argentino se basó en un estudio que mostró que las burlas provenían en su mayor parte de Brasil (22%), México (15%) y Estados Unidos (13%). Los comentarios hostiles y cargados de odio entre usuarios y comunicadores argentinos y mexicanos provinieron en gran medida de la provocación mediática, los nacionalismos deportivos y la prevalencia de los algoritmos.
Figuras mediáticas de Argentina como el periodista Eduardo Feinmann, expresaron sin tapujo alguno su rencor y odio hacia la afición mexicana. Estos personajes acusaron a los mexicanos de envidiar su tradición futbolística y de burlarse del subcampeonato a través de memes y videos cortos. Las expresiones de odio entre comunicadores y aficiones de ambos países inundaron Facebook, TikTok, YouTube y X.
Los argentinos apelaron a su jerarquía en ese deporte, los tres títulos mundiales ganados y el historial de partidos entre la albiceleste y el tricolor; los mexicanos no respondieron tanto en el ámbito deportivo y fijaron el objeto de sus burlas en la pobreza, marginación y altos índices de inmigración prevalecientes en ese país.
Ese ambiente traspasó lo deportivo para convertirse en un repositorio de insultos racistas, estereotipos discriminatorios y descalificaciones de ambas partes sobre sus aspectos socioeconómicos. Las redes sociodigitales monetizan el conflicto y la polarización social; no hubo una censura severa hacia esos contenidos indignantes simplemente porque generan alto engagement.
Los aficionados mexicanos renombraron a sus rivales como ciudadanos de “Hambretina” y las redes se atiborraron de mensajes como “¿ya comieron?”, “quisieran comer a su hora como nosotros”, “no podemos odiar a quienes se están muriendo de hambre”, “¿qué se siente irse caminando al trabajo?”, “en México les tenemos chamba como meseros”.
Nuestro país fue denominado “Mechico” por la falta de hazañas futbolísticas de renombre, por la percepción de la condición subalterna con Estados Unidos, por la falta de autoestima, por asuntos que tienen que ver con la fealdad, por la prevalencia del crimen organizado o simplemente por envidia hacia su cultura.
El mundial sirvió de pretexto para traer al presente los defectos de los gobiernos, comunicadores y aficiones de ambos países; en este tenor es importante cuestionar qué es lo que realmente pesó para alimentar ese clima de odio. Las partes en pugna manifestaron una percepción parcial de la otredad y lo que prevaleció fue un ambiente hostil que, tras bambalinas, enriqueció a las minorías que controlan estas redes.
Por encima de las masas en pugna está la maraña neoliberal que impone sutilmente elementos para reinterpretar a la otredad y reconstruirla humorísticamente; también hay que señalar que esos recortes muestran limitaciones cognitivas que no dimensionan la importancia del respeto mutuo y de la igualdad, más en países que comparten muchas problemáticas.
Si lo simbólico es puesto al servicio de la producción del sistema dominante, elaborar un meme que se burla de las condiciones negativas de otro país no es una ocurrencia, ya que detrás de su elaboración hay ideologías y sistemas de largo alcance. Las motivaciones estaban más condicionadas por el sistema mediático que por pensamientos críticos, debido a que se ha instituido que los memes y los videos son para divertirse.
La guerra sucia a través de estos contenidos exhibe al neoliberalismo como un sistema que se vale de maquinarias sociales, entre ellas las redes sociodigitales y los programas televisivos de opinión, para fomentar un odio que es transformado en un producto encaminado a ridiculizar a la otredad.
Esos mensajes e imágenes que proliferaron en el contexto mundialista caracterizan la relación entre la cultura dominante y las subalternas; las diferencias entre mexicanos y argentinos fueron una construcción mediática que mostró el ejercicio del poder bajo una gama humorística; no hubo un ganador y si hay que mencionar a alguno fue el todo el conjunto de las industrias del entretenimiento.










