De Jorge Ever González Domínguez..
Martha Elba Zambrano Oropeza
Tuxtla está de fiesta
Apenas el aire destila primavera
celebras radiante tu corazón amante;
tiendes en libertad bajo el sabino
el canto y los versos de tus hijos.
Tuxtla te vistes de fiesta.
Tu presencia, sortilegio de flores,
elegante frescura con tonos del alba
y reflejo de la lluvia sostenida por el cielo.
A la vista delata tu figura
la blusa de olanes bordada
con florecillas de guanacastle
y algunas de primavera.
Luce tu falda el naranja cupapé.
De tus rizos trenzados brotan listones
prendidos a la flor de sospó.
El rubor de tus mejillas
rosa matilisguate
y perfuma la flor de mayo
el rocío de la tarde
que suspira dentro de ti.
El viento del Grijalva
en tus calles esparce
campanillas amarillas
hurtadas al candox.
“El cachito” mueve las teclas.
La marimba resuena:
le canta al pumpushuti,
baila la jacaranda
y así celebras Tuchtlán
con tu traje de gala
y enamorada de tus bondades,
la vida besa tus labios.
Aromas
Tan lejos la distancia tuya
que los aromas de las tardes nuestras,
el andar intrincado de la vida
retarda su presencia
y degustamos solo restos ilusorios.
A veces llega el aroma de un te quiero
sazonado al calor de la impaciencia,
en el silencio de la espera.
Se pasea entre las horas
el aroma que perfuma nuestro abrazo
en la sensación melosa de dos pieles
bailando amorfos la alegría.
Un beso a la luz de los curiosos
bebiendo los deseos,
saborea enamorada la memoria.
Amarga esencia del café
acompaña la insulsa y esquiva despedida,
aroma enclavado en el ayer
que adormece los recuerdos.
Instantes tuyos y míos
sustentan que no eres fantasía.
Se tejen de copiosos aromas
nuestros encuentros furtivos.
Si la extrañeza acorta los senderos,
en breve se nublarán de olores
nuestros cuerpos.
Mi tierra
Mi madre todos los días
me hablaba de su pueblo,
a veces con la voz iluminada
a veces un melancólico silencio.
Me habló del canto del agua,
melodioso mitigaba la sed del suelo
y acallaba el aire polvoriento.
Me habló del triunfo de los frutos
doblegando la fatiga persistente,
resueltos a calmar el hambre.
Me habló de la fuerza de su gente,
desafío que dejaron las guerras,
huellas de metralla en el alma.
Me enseñó el dogma de su pueblo
forjado con latidos de su fe
y la palabra puesta en la balanza.
Profeso su ejemplo
para honrar la vida que me dio la vida
y querer al suelo que me alimenta,
simiente de mis raíces.
Así como mi madre amo su tierra
y sus labios la recordaron, hasta el último día.










