Alemania cruzó la línea

Alemania cruzó la línea

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Hay elecciones que cambian un gobierno y otras que cambian la conversación de un país. Lo que ocurrió el domingo pasado en Alemania pertenece a las segundas. Alternativa para Alemania, AfD, el partido de extrema derecha, obtuvo 43.8 por ciento de los votos en Sajonia-Anhalt y quedó a sólo tres diputados de gobernar por sí solo. El dato impresiona, pero hay otro que me parece todavía más importante: votó 77.8 por ciento de la gente, 17.5 puntos más que hace cinco años. Casi ocho de cada diez ciudadanos fueron a las urnas.

Me detengo en esto porque cambia la lectura. No estamos frente a una elección que los partidos tradicionales perdieron porque su gente se quedó en casa, ni ante una minoría radical aprovechándose de la indiferencia de los demás. La gente salió a votar porque quiso hacerlo. AfD, además, movilizó a miles que antes no votaban. La pregunta interesante ya no es solamente por qué ganó, sino qué pasó para que tantos alemanes decidieran que ahora sí valía la pena cruzar una frontera política que durante años habían preferido no tocar.

Para ubicarnos, Sajonia-Anhalt es uno de los 16 estados que forman Alemania. Está en el centro-este, tiene poco más de dos millones de habitantes, su capital es Magdeburgo y perteneció a la Alemania comunista hasta la reunificación de 1990. Es una de esas regiones donde la caída del Muro significó libertad, pero también una transformación económica brutal: empresas que desaparecieron, jóvenes que emigraron hacia el oeste, comunidades que envejecieron y una sensación que todavía existe entre muchos habitantes de haber llegado tarde a la prosperidad de la Alemania reunificada.

Ahí AfD no solamente ganó: pasó de 20.8 por ciento en 2021 a 43.8. La CDU, el partido conservador que durante dieciséis años gobernó Alemania con Angela Merkel, cayó a 17.2. AfD consiguió 39 de los 83 escaños del parlamento regional. No tiene mayoría absoluta, pero el tamaño de la sacudida es indiscutible.

Y aquí comienza la parte que más me interesa: ¿qué le estaba ofreciendo la política tradicional a esa gente? Los socialdemócratas hablaban de mejores empleos, salarios, pensiones y protección social; Die Linke, más a la izquierda, de inversión pública y mayor presencia del Estado; los Verdes defendían transición energética, inclusión y modernización. La CDU ofrecía estabilidad, seguridad y reformas económicas. AfD llegó con otra cosa: no solamente presentó propuestas, construyó una explicación.

Metió inmigración, delincuencia, energía cara, burocracia, pérdida de industria, Ucrania, Rusia e identidad nacional dentro de una misma historia: Alemania se preocupó demasiado por transformar el mundo y se olvidó de proteger a los alemanes.

Es una simplificación enorme. Algunas de sus propuestas son jurídicamente difíciles, otras económicamente discutibles y varias abiertamente radicales. Pero cualquiera entiende lo que está diciendo. Al trabajador preocupado por el futuro de su fábrica no le promete administrar mejor la transición industrial: le promete defender la fábrica. Al ciudadano molesto con la inmigración no le habla primero de integración: le habla de fronteras y deportaciones. Al que paga cara la energía no le explica los beneficios que llegarán algún día con la transición verde: promete cambiarla. Y al que pregunta por qué Alemania sigue gastando dinero y capital político en Ucrania le dice que primero hay que mirar hacia casa.

Ahí encuentro el punto de quiebre. El centro y buena parte de la izquierda ofrecieron proteger a la gente frente a las consecuencias del cambio. AfD ofreció detener una parte del cambio. Cuando una sociedad mira el futuro con optimismo, la primera propuesta puede resultar sensata. Cuando comienza a mirarlo con miedo, la segunda adquiere una potencia electoral enorme.

Por eso no compro la explicación cómoda de que cientos de miles de alemanes amanecieron convertidos en extremistas. Creo que ocurrió algo bastante más profundo: cambió su cálculo del riesgo. Durante años alguien podía estar furioso con Berlín y pensar que votar AfD era ir demasiado lejos. Ahora una parte importante parece haber hecho otra cuenta: seguir igual me preocupa más que probar con ellos.

Ahí Alemania cruzó la línea.

Alice Weidel lo entendió inmediatamente. Economista, copresidenta nacional de AfD y cabeza de la principal oposición en el Parlamento alemán, ya habla como alguien que pretende gobernar. Su partido dejó de comportarse psicológicamente como una fuerza satisfecha con protestar y comienza a verse como alternativa de poder nacional. La mira está puesta en las elecciones federales de 2029.

Frente a ella está Friedrich Merz, canciller alemán desde 2025 y líder de la CDU. Esta semana ambos chocaron duramente en el Bundestag, el parlamento federal. Weidel sostuvo que la coalición de conservadores y socialdemócratas está políticamente agotada y acusó al gobierno de fracaso económico, desindustrialización y una política energética equivocada. Merz respondió llamando a AfD una fuerza destructiva, defendió el apoyo a Ucrania y atacó con enorme dureza la llamada remigración, concepto utilizado por sectores de la extrema derecha para promover la salida de extranjeros y, en sus versiones más radicales, incluso de ciudadanos alemanes de origen migrante.

La discusión ya dejó de ser alemana. Donald Tusk, primer ministro de Polonia, condenó duramente la victoria. Antonio Tajani, ministro de Exteriores de Italia, la consideró una mala noticia para Europa. Pedro Sánchez advirtió sobre el avance extremista. Del otro lado, Santiago Abascal, dirigente de Vox en España, y André Ventura, líder de Chega en Portugal, celebraron el resultado. La elección de un estado de apenas dos millones de habitantes terminó exhibiendo una fractura que atraviesa Europa.

Pero quizá la reacción más interesante llegó desde Francia. Jean-Philippe Tanguy, dirigente del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen —es decir, nadie que pueda ser confundido con la izquierda progresista— dijo haberse sentido aterrorizado después de reunirse con representantes de AfD por posiciones relacionadas con la remigración y la manera en que algunos dirigentes abordan el pasado nazi. Que una fuerza de extrema derecha considere demasiado radical a otra extrema derecha merece, por lo menos, detenerse a mirar.

Porque en Alemania la historia nunca es un detalle.

Hitler no fue elegido directamente canciller. Fue nombrado en 1933 después del enorme crecimiento electoral nazi y, una vez dentro del poder, terminó destruyendo la democracia mediante represión, decretos de emergencia y mecanismos legales. Después de la guerra y del Holocausto, Alemania construyó una democracia deliberadamente preparada para defenderse de quienes pretendieran utilizar sus propias libertades para destruirla.

De esa memoria política viene también la Brandmauer, literalmente un muro cortafuegos: el acuerdo de los partidos tradicionales para no formar gobierno con AfD.

Y aquí conviene no hacer trampa con la historia. AfD no es el Partido Nazi y Alemania en 2026 no es Alemania en 1933. Equipararlos sirve para gritar, pero ayuda poco a entender lo que está ocurriendo. Al mismo tiempo, tampoco conviene hacerse güeyes. La organización de AfD en Sajonia-Anhalt ha sido clasificada como extremista de derecha por la inteligencia interior regional; dentro del partido existen posiciones sobre remigración, nacionalidad e identidad alemana que incluso inquietan a otras fuerzas radicales europeas. AfD rechaza esas acusaciones y sostiene que las instituciones del Estado están siendo utilizadas políticamente para combatirla.

El dilema alemán está precisamente ahí. Los demás partidos pueden mantener la Brandmauer, sumar sus diputados y evitar que AfD gobierne Sajonia-Anhalt. Lo que ningún acuerdo parlamentario puede hacer es desaparecer a quienes acaban de votar por ella.

Un muro puede aislar a un partido. Difícilmente puede aislar durante mucho tiempo las razones por las que la gente decide votarlo.

Alemania lleva ochenta años preguntándose cómo impedir que los extremos vuelvan al poder. Tiene razones históricas de sobra para hacerlo. Pero ahora apareció una pregunta bastante más incómoda: qué hacer cuando millones de ciudadanos conocen las advertencias, conocen la historia, conocen al partido y aun así deciden votar por él.

El domingo casi ocho de cada diez fueron a las urnas. No faltaron electores. Faltaron respuestas.

Alemania no necesita olvidar por qué trazó la línea. Necesita entender por qué tanta gente decidió atravesarla. Porque cuando el muro sigue en pie pero los electores comienzan a caminar alrededor de él, el problema ya no está solamente del otro lado.

Está también de éste.

Y ése es hoy el verdadero cruce del camino de Alemania.

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