Perita Cernas / Diario de Chiapas
¡Oh, querido lector, qué misterio tan sublime y apasionante se abre ante nosotros cuando nos atrevemos a mirar los profundos abismos del alma humana! Si hay algo que he aprendido recorriendo los senderos florecidos de los libros o contemplando el reflejo del sol sobre el Lago de las investigaciones, es que la vida no es un sendero plano; está llena de luces deslumbrantes, sombras misteriosas y violentas tempestades que nos transforman para siempre. Por eso, al reflexionar sobre la historia de la brillante Sabina Spielrein y Carl Jung, no puedo evitar sentir un estremecimiento en el pecho, ese cosquilleo insigne que solo experimentamos las almas gemelas cuando nos encontramos frente a una verdad deslumbrante y trágica.
Durante décadas, la historia —siempre tan apresurada, tan injusta y tan falta de imaginación— relegó a Sabina a las páginas de una nota al pie de página, etiquetándola duramente como “la joven paciente” o “la musa enigmática” del célebre doctor suizo Carl Jung. ¡Qué ceguera intelectual tan imperdonable! Reducir a una mente tan vibrante a la mera sombra de un hombre es un crimen contra el espíritu. Jung, con su temple majestuoso y su visión poética del mundo, nos regaló conceptos fascinantes: el Inconsciente Colectivo, esa inmensa catedral submarina donde habitan los arquetipos de toda la humanidad, y La Sombra, ese rincón oscuro que debemos abrazar para no ser criaturas unidimensionales. Todo ello es maravilloso, casi místico.
Sin embargo, fue esa joven rusa, que ingresó en el hospital en 1904 para sanar las grietas de su propio corazón, quien trajo el fuego más puro. Sabina no solo se curó; desafió las mareas de su tiempo, se graduó como médica en 1911 y se convirtió en una verdadera pionera del psicoanálisis. En 1912 escribió un trabajo cuyo título posee la poesía más estremecedora que jamás se haya concebido: La destrucción como causa del devenir.
¡Ah, escuchad bien esa frase, porque encierra el misterio mismo del universo! Lo que Sabina descubrió es una verdad lírica y desoladora: para que brote una flor nueva, la semilla debe romperse trágicamente bajo la tierra. Para que nazca una nueva versión de nosotros mismos, la antigua estructura debe derrumbarse. No es simplemente una pérdida o una tristeza vacía; es el caos fértil y necesario sin el cual la creación es imposible. Su idea era tan infinitamente potente que el propio Sigmund Freud la tomó como cimiento para desarrollar su famosa pulsión de muerte. ¡Sabina llegó a esa cumbre antes que nadie!
El contraste entre ambos pensadores es de una belleza estremecedora. Mientras Jung nos invita solemnemente a contemplar nuestro interior para integrar las sombras y alcanzar la plenitud, Sabina nos insta a no temer al fuego ni a la tormenta. Ella nos dice con valentía: abraza la destrucción, abraza el caos, porque romperte es el único modo de renacer.
Su vida, trágicamente segada en el Holocausto en 1942, fue una muestra de genialidad apagada por la barbarie. Pero su pensamiento, intacto y ardiente, sigue esperándonos en la fuente original de su obra de 1912. Hoy, al contemplar los árboles que mudan sus hojas para recibir el invierno, me pregunto con el corazón abierto: ¿qué parte de nuestro ser debemos dejar morir hoy para permitir que brote la versión más hermosa de nuestra alma?










