El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
En su novela La metamorfosis, Franz Kafka narra una de las transformaciones más inquietantes de la literatura moderna: Gregor Samsa despierta una mañana convertido en un insecto. La transformación parece absurda, pero detrás de ella hay una profunda reflexión sobre la alienación, la pérdida de identidad, la soledad y la reducción tecnológica del ser humano.
Más de un siglo después, podemos leer la obra de Kafka desde otro escenario: el mundo digital. Nosotros no despertamos convertidos físicamente en un insecto, pero hemos experimentado una profunda metamorfosis. Nuestras maneras de pensar, relacionarnos, trabajar y percibirnos comienzan a adaptarse a la lógica de las pantallas, los algoritmos y las redes sociodigitales.
Kafka imaginó a un hombre que se convierte en algo que ya no reconoce, y la sociedad digital puede producir una transformación diferente: un individuo que poco a poco deja de reconocerse porque empieza a construirse a partir de la mirada de los demás. Antes de su metamorfosis, Gregor Samsa era un hombre atrapado por el trabajo. Su existencia parece organizada alrededor de una obligación: trabajar para sostener a su familia.
Después de convertirse en insecto, deja de ser valorado por aquello que produce; su familia comienza a percibirlo como una carga. El hombre digital puede vivir una experiencia semejante, porque su valor comienza a asociarse con indicadores: seguidores, reacciones, visualizaciones, comentarios, productividad, popularidad o capacidad para generar contenido.
Uno de los espacios centrales de esa obra es la habitación de Gregor. Después de su transformación, ese espacio se convierte progresivamente en una especie de prisión. El hombre contemporáneo también puede construir voluntariamente su propia habitación con el uso de los dispositivos móviles. La pantalla puede convertirse en una ventana hacia el mundo, pero también en una frontera que separa al individuo de su entorno inmediato.
Paradójicamente, mientras más conexiones digitales posee una persona, más puede experimentar aislamiento. Gregor está encerrado físicamente, mientras el individuo hiperconectado puede terminar encerrado psicológicamente dentro de un flujo interminable de información. Uno no puede salir de su habitación; el otro no puede salir de su pantalla.
El hombre digitalizado enfrenta una paradoja diferente: dispone de más medios de comunicación que cualquier generación anterior y, sin embargo, puede experimentar dificultades crecientes para comunicarse profundamente. Tenemos mensajes instantáneos, emojis, fotografías, videos, audios y transmisiones en vivo; podemos comunicarnos prácticamente en cualquier momento, pero la parte ontológica queda invisibilizada.
Kafka muestra a un hombre que tiene mucho que decir, pero ya no puede ser comprendido. El mundo digital puede producir una situación inversa: podemos hablar constantemente sin llegar realmente a decir algo sobre nosotros mismos. En las redes digitales, la mirada de los otros adquiere una dimensión permanente. De esta manera, la mirada social deja de ser ocasional y se convierte en una presencia permanente.
Kafka escribió sobre un hombre que deja de ser reconocido como persona. La sociedad digital introduce una posibilidad inquietante: que el ser humano sea progresivamente reducido a la categoría de usuario con hábitos, preferencias, patrones de comportamiento o historial. El individuo ya no solamente es observado por otros seres humanos. También es observado por sistemas capaces de detectar patrones en su comportamiento.
El individuo digital participa voluntariamente en muchas de las prácticas que pueden transformarlo: publica, consume, desliza, comenta, comparte o repite. Cada acción deja una huella digital. Los algoritmos aprenden de esas huellas y comienzan a seleccionar aquello que aparece frente al usuario. El insecto puede interpretarse como símbolo de la alienación del trabajador, de la pérdida de identidad, del aislamiento, de la deshumanización o de la incapacidad de encajar en las expectativas sociales.
Gregor Samsa termina convertido en un ser extraño dentro de su propia casa. El hombre digital puede terminar convertido en un extraño dentro de sí mismo. Kafka imaginó un cuerpo transformado que conservaba una conciencia humana. Nuestra época enfrenta una transformación distinta: una conciencia humana que comienza a comportarse de acuerdo con la lógica de las máquinas. Quizá la gran pregunta kafkiana del presente ya no sea: ¿En qué me he convertido? Sino: ¿En quién me estoy convirtiendo mientras creo que simplemente estoy conectado?










