Puntos Fiscales
José Luis León Robles
Donald Trump regresó el pasado 22 de septiembre a la Asamblea General de las Naciones Unidas con un mensaje que difícilmente puede calificarse de moderado. En el escenario donde tradicionalmente los jefes de Estado hablan de cooperación, paz, multilateralismo y entendimiento entre naciones, el presidente estadounidense eligió reivindicar el poder de Estados Unidos, defender sus acciones militares y advertir a sus adversarios que Washington está dispuesto a utilizar su fuerza para imponer lo que considera sus intereses. Su discurso fue, al mismo tiempo, una defensa de su política exterior, una advertencia a Irán, un mensaje dirigido a Cuba y México, una crítica a las instituciones internacionales y una declaración de principios sobre el papel que, según Trump, debe desempeñar Estados Unidos en el mundo. El resultado fue un discurso de aproximadamente 37 minutos en el que la palabra «fuerza» estuvo mucho más presente que la palabra «consenso». Reuters destacó que Trump utilizó su intervención para defender las acciones de su gobierno y amenazar con una escalada contra Irán si no se alcanza un acuerdo. Trump abrió su intervención proclamando que Estados Unidos ha recuperado su fortaleza. Presentó a la economía estadounidense, sus fuerzas armadas, su tecnología y su capacidad energética como ejemplos de un país que, bajo su administración, estaría recuperando una posición predominante en el escenario internacional. La Casa Blanca presentó el discurso bajo el lema de que, mientras otros gobiernos han hablado, Trump ha actuado. Trump planteó una disyuntiva particularmente severa. Preguntó públicamente si debía alcanzarse un acuerdo con Irán o si Estados Unidos debía destruir por completo al régimen iraní. No se trató simplemente de una advertencia diplomática convencional. El presidente estadounidense habló de la posibilidad de «aniquilar» a la República Islámica si no se consigue un acuerdo que ponga fin al conflicto. Reuters y otros medios internacionales recogieron esa amenaza como uno de los elementos centrales de su intervención. La guerra entre Estados Unidos e Irán lleva casi siete meses y ha generado consecuencias que van mucho más allá de las fronteras de ambos países. Uno de los puntos más sensibles es el estrecho de Ormuz, una vía estratégica para el transporte mundial de petróleo. Trump sostuvo ante Naciones Unidas que la Marina estadounidense ha escoltado grandes cantidades de petróleo a través del estrecho y presentó esas acciones como prueba de que Washington está garantizando el funcionamiento de una ruta esencial para la economía mundial. Pero inmediatamente después de amenazar con una escalada militar, Trump dejó abierta la puerta a la negociación. Dijo que esperaba alcanzar un acuerdo después de las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre. También afirmó que los iraníes estarían esperando conocer el resultado de esas elecciones antes de avanzar hacia un acuerdo. La contradicción aparente es significativa: por un lado, la amenaza de una destrucción total; por otro, la posibilidad de una negociación. Y pocas horas después del discurso surgió una señal todavía más relevante. Trump que funcionarios estadounidenses e iraníes se habían reunido durante aproximadamente tres horas en Nueva York. El mandatario describió el encuentro como positivo, aunque no ofreció detalles suficientes para conocer si existe un camino concreto hacia un acuerdo. La política exterior de Trump vuelve así a mostrar uno de sus rasgos característicos: la utilización simultánea de la presión y la negociación. Trump, además, defendió las decisiones que llevaron a Estados Unidos al conflicto y presentó su política como la solución a problemas que, según él, anteriores gobiernos habían permitido que se acumularan. La Casa Blanca utiliza precisamente esa narrativa: Trump, sostiene su administración, habría sustituido años de diplomacia infructuosa por acciones directas. Estados Unidos y Cuba arrastran más de seis décadas de enfrentamiento político y económico. El embargo estadounidense ha sobrevivido a numerosos gobiernos de ambos partidos y las relaciones bilaterales han experimentado etapas de acercamiento y retroceso. Trump volvió a colocar a los cárteles de la droga en el centro de su discurso sobre seguridad y afirmó que México debe recuperar el control de su territorio frente a las organizaciones criminales. En su intervención llegó a describir la frontera de aproximadamente 2,000 millas como una frontera compartida con un territorio que, según su caracterización, estaría bajo control de organizaciones criminales. Si el creador nos lo permite, nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.










