La belleza cuesta y monetiza 

Las líneas del colocho

Antes uno se arreglaba para verse bien; ahora hay quienes se arreglan para venderse bien. Porque si una cirugía cuesta una fortuna, pero después llegan seguidores, campañas, invitaciones, viajes y uno que otro regalito de lujo, pues ya no es gasto: ¡es inversión, señores!

Bienvenidos al maravilloso mundo de la belleza plástica, donde el bisturí puede ser parte del plan de negocios y el quirófano, prácticamente, una sucursal de la oficina.

Una nariz nueva por aquí, unos labios por allá, abdomen de catálogo y, de paso, una personalidad diseñada especialmente para el algoritmo. Porque si la vida real no genera suficientes likes, siempre se puede fabricar una versión más rentable para Instagram.

Y ojo, que las cirugías plásticas no tienen nada de malo cuando se realizan por decisión personal, con profesionales y expectativas reales. El problema comienza cuando la obsesión por la fama convierte al cuerpo en producto y a la vida privada en mercancía.

Hay creadoras de contenido que entendieron perfectamente el negocio: más escándalo, más seguidores; más seguidores, más campañas; más campañas, más dinero; y con más dinero… ¡otra cirugía!

Y así comienza el círculo perfecto: primero te operas para verte diferente, después produces contenido para presumirlo, luego consigues seguidores por presumirlo y finalmente ganas dinero para volver a operarte. 

Pero cuando el presupuesto no alcanza, siempre aparece la creatividad y ahí entran las relaciones estratégicas.

Porque nunca falta quien descubra que el amor puede venir acompañado de una cuenta bancaria bastante saludable. Y entonces aparece el romance con el señor mayor, exitoso y con cartera de campeonato. ¿Amor verdadero? ¿Conveniencia? ¿Intercambio de compañía por estilo de vida?

En redes todo puede presentarse como “una hermosa historia de amor”, especialmente cuando el fondo de la fotografía incluye un yate.

Y no confundamos las cosas: tener menos dinero no convierte a nadie en oportunista. La pobreza no quita valores ni la riqueza los garantiza. Pero cuando la desesperación económica se mezcla con la ambición de ser famoso, algunas personas pueden terminar tomando decisiones que jamás habrían imaginado.

Porque la fama tiene una curiosa capacidad: hace que algunos cambien los principios por estadísticas.

Ya no importa tanto quién eres, sino cuántos seguidores tienes. Ya no importa lo que sabes hacer, sino cuántas reproducciones generas. Y tampoco importa demasiado con quién apareces, siempre que la fotografía tenga suficientes ceros alrededor.

Lo verdaderamente preocupante es cuando una generación comienza a pensar que para triunfar necesita tener determinado cuerpo, determinada vida y determinado nivel de lujo.

Porque una cosa es ser una mujer o un hombre de plástico y otra muy distinta vivir una vida completamente plástica.

¡Al que le quede el saco!

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