Damaris Disner / entonces escribo
Para todas las madres, que cada día renacen con un recuerdo.
Qué miedo da el dolor. El de muelas, de la cabeza, de piernas, el de vientre. No se puede pedir más que una pastilla, una inyección para atenuarlo. Poco a poco disminuye hasta permitirnos volver a lo cotidiano, rogamos que no aparezca de nuevo o sea solo esporádico. Hay otro tipo de dolores que no cuentan con receta farmacéutica. Parecen colgar de las cortinas, de las sábanas, de los helechos. Escondidos en los armarios saltan de pronto cuando tocas un vestido o unos zapatitos de ballet. No tienen piedad. Son manada de lamentos, anuncia que entre las paredes de una casa hay voces que nunca volverán a escucharse. No se rinden en aparecer, a veces en medio de una película cómica, en una reunión con amigos o al abrir el refrigerador en la madrugada. Qué miedo da el dolor que no se extrae con bisturí o no se costura con aguja de hospital. Anda ahí, sigiloso, entre las baldosas de las calles o de las casas. Un día, puedes calzar sandalias con flores vistosas, disfrutar de un pueblo y de pronto, de la nada, de algún pétalo se aferrará para que tus pies se vuelvan lastres. No faltará quien diga que puede ayudarte a esconderlo o a limarlo para suavizar y lo lleves colgado en el pecho como un lindo camafeo, de seguro te quemará por dentro, aunque nadie lo note o desvíe la mirada hasta ignorarlo. Del dolor se habla poco, hay que llevarlo en silencio para no alebrestar la conmiseración, no altere el sueño de los demás o les haga desistir de las buenas intenciones. No hay que nombrarlo porque dirán que no eres fuerte y te gusta traerlo de aquí para allá, te acusarán de presumirlo. Debes ofrecer una sonrisa y acariciar las conciencias que están haciendo lo suficiente, pero al dolor le importa poco si lo llevas de paseo o lo encierras en una habitación, sabe dar alcance en cualquier instante sin previo aviso. Este dolor tiene palabras en los versos de Cristina Ramírez: Me quitaron el alma/ y me obligué a seguir caminando/ y me obligué a seguir respirando. Y también tiene un horario preferido: y en cada cinco/ me voy haciendo vieja/ las cinco de la tarde/ el escozor de las uñas/ las ventanas cerradas. Aunque es tan terco, tan obstinado, desconoce que puede dar tregua sobre hojas con olor a mar. A pesar que se esconde en las cortinas para ocultar que ya no hay ventanas en esa casa, Cristina dibuja una monumental para que las madres se asomen y puedan respirar de nuevo… por un instante.
*Texto leído en la presentación del libro Dolor Reciclable de Cristina Ramírez, editorial Sophía, en Casa Conejo Café Cultural, el 25 de septiembre de 2024.










