Eduardo Ruiz-Healy
La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil tiene implicaciones para toda América Latina, especialmente para México. Lula obtuvo ayer un 51.77% de los votos válidos contra un 48.23% del hijo del expresidente Jair Bolsonaro, Flávio Bolsonaro. La diferencia fue suficiente para lograr la victoria, pero también reflejó la división de un país en el que casi la mitad de los votantes quería un cambio de gobierno.
No es una elección cualquiera. Brasil y México conforman las dos economías mayores de Latinoamérica. El FMI estima que este año producirán bienes y servicios por 2.65 y 2.18 billones de dólares, respectivamente, según sus proyecciones de octubre. Los 4.83 billones que suman equivalen aproximadamente al 58.8% del PIB de las 32 economías de América Latina y el Caribe consideradas en el cálculo. Es un peso económico enorme, aunque sería un error concluir que ambos gobiernos tienen los mismos intereses por identificarse con la izquierda.
Lula deberá gobernar con una fuerte oposición y un Congreso en el que no podrá dar por sentado el apoyo a sus iniciativas. Los brasileños seguirán exigiendo respuestas sobre el costo de la vida, la inseguridad y el crecimiento económico. Ganar una elección más no resuelve ninguno de esos problemas.
No es posible que Brasil, desde el exterior, se permita el lujo de elegir entre Estados Unidos y China. Tiene que vender en ambos. Lula continuará en los BRICS y manteniendo una política exterior propia, pero tendrá que entenderse con Donald Trump. Son conocidas las diferencias entre los dos presidentes; conocidos también son los intereses económicos que obligan a sus respectivos gobiernos a negociar.
¿Qué significaba para México la victoria de Bolsonaro? Un Brasil más cercano a Trump, políticamente, y posiblemente más agresivo en la competencia por la inversión extranjera. También habría sido más difícil hallar coincidencias en temas migratorios y la oposición mexicana habría aprovechado el resultado para cuestionar a Morena. Nada de esto era inevitable, pero eran riesgos que la presidenta Claudia Sheinbaum debió haber considerado.
La continuidad de Lula abre otras posibilidades, pero no conviene exagerarlas. México y Brasil hablan desde hace años de ampliar sus relaciones comerciales sin aprovechar plenamente la dimensión de sus mercados. En la industria automotriz, farmacéutica y energética existen oportunidades, así como también en alimentos y tecnología. Hay también empresas que compiten entre sí y trabas comerciales que no van a desaparecer porque coincidan sus presidentes en algunas ideas.
Aparte para México existe una diferencia: más del 80% de sus exportaciones va a EEUU. La revisión del T-MEC obliga a andar con cuidado. Brasil puede llegar a ser un socio comercial más importante, pero no reemplazará a EEUU. Decir lo contrario sería desconocer el funcionamiento de nuestra economía.
Tampoco permite la elección brasileña afirmar que América Latina haya vuelto a la izquierda. Cada país vota en función de sus circunstancias y de los resultados de sus gobiernos. Para México será importante el triunfo de Lula, si se traduce en inversiones, en comercio y en cooperación. Una buena relación entre presidentes ayuda, pero no genera empleos ni hace crecer la economía.
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