¡AH, SABINAL DEMONIO!

Crónicas de Frontera / Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

(Primera de dos entregas)
Lunes de desastre en Tuxtla y Berriozábal. Entre obscuro y claro, todo sereno. Son las seis de la mañana y llueve a cantaros entre el barrio de San Roque y El Zapotal. Así había estado toda la noche y los dos días anteriores con sus mañanas y tardes, intermitente. Llueve y llueve como un diluvio y, sin embargo, confiados todos como en día de vísperas. Los obreros y comerciantes, los trabajadores y colegialas; niños, muchachos y maestros se despiden en la puerta de sus casas cuando dan las siete. Todos van a la rutina del nuevo día, a pesar de la llovizna persistente. Nadie se alarma ante el claroscuro de las nubes negras.
A esa hora en las barriadas pobres del poniente, cuajado y tenso, el caudal del río sube y sube. El mismo que sinuoso divide a la ciudad en dos mitades. Se inicia el siniestro y con él la batalla de cada cual, en su solar perdido, primero los de la orilla inmediata, pero nada pasa. No es oficial, no es asunto público. El desbordamiento del río Sabinal está a las puertas de la Tochtlán moderna, pero no se nota, no se sabe, la ciudad dormita. Tontos ¿qué esperaban? Pausada y sigilosamente ha llegado. Así, sin avisar a nadie, sin tocar sus puertas.
Y así comenzó. Como siempre, como tantas veces, desde tiempos remotos… Como nunca su caudal se ensancha y ahora multiplica sus hendeduras, socavones y torrentes. Se enseñorea de sus antiguas querencias: sus vegas, bajíos y riberas abiertas, hoy convertidas en hacinamientos urbanos, viviendas de mala muerte; aunque también fraccionamientos de primera, calles, parques, escuelas, hospitales y lo peor: asentamientos irregulares para el infortunio, para los que un día emigraron a la ciudad, sin saber que aquí se los cargaría el diablo.
Nadie sabe nada en las oficinas del gobierno, tampoco en las salas de prensa, cabinas radiofónicas y diarios. Están vacías, es temprano y es San Lunes. Pero corren ya los vecinos del viejo Quistimpac desde el Occidente: los de San José, Club Campestre, Terán, La Gloria y Juan Crispín. Aunque sólo cuando al fin penetra el agua turbia y espesa de la inundación por los zaguanes y puertas de las casas señoriales de Los Laureles, La Esmeralda o Jardines de Tuxtla… sólo entonces suena el teléfono de los bomberos y de las policías, cuyas sirenas y escándalo ponen en alerta a todos.
El riachuelo encantado y cristalino, que hasta los años cincuenta había deleitado a los tuxtlecos pobres y a los de las fincas de descanso, ahora se salía de madre, se salía con la suya, desbordado. Patios, sitios baldíos, corrales y gallineros son salidas naturales para el torrente.
Luego, por entre calles y fraccionamientos nuevos se asoma El Sabinal, ahora convertido en serpiente, demonio de mil cabezas. Pasa por el Fovisste, por las casas desafortunadas del Plumjá y Rincón del Arco y ahí lleva y ya se ven algunos techos completos, un ropero de puertas abiertas, láminas y casas de más arriba. Trastes, trapos, madera y muebles despedazados flotan; bajan a gran velocidad. El río que siempre ha sido considerado poca cosa, hoy ha crecido y es un monstruo alimentado por las lluvias de Berriozábal. Desde el norte sus arroyos agigantados depositan al río, agua y troncos que da gusto… son los riachuelos de La Chacona y el Potinaspak. Desde el Sur vienen afiebrados el Catarina o el sannosequé, el San Roque y el Arroyo Grande que baja de las riberas de Cerro Hueco y El Zapotal.
Este es el Quistimpac como en los viejos tiempos, señoras y señores. Para que nadie se olvide que, aunque siervo y cautivo de la Tochtlán soberbia, encajonado a más no poder y abandonado a su suerte… aprisionado sí, sujetado con el paso del tiempo, pero domesticado nunca.
Por eso lo observamos hoy, espantados todos, endemoniado y majestuoso, devastador y divino, como en los tiempos de antes. Cuando los tatas viejos, los bisabuelos de nuestros padres, contaban historias de vacas y caballos flotantes, cuentos de troncos y árboles que navegaban a sus anchas por el Grijalva, caseríos inundados y puentes colgantes desaparecidos; de cuando los afluentes del Río Grande desde la Sierra, llevaban lo que se atravesaba a su paso: carretas, ganados, trapiches, moliendas y fincas enteras. De repente arbustos desgajados con guajolotes y gallinas equilibristas y hasta garrobos desdichados e iguanas tomadas de sorpresa…
Continuará.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *