Perita Cernas / Diario de Chiapas
A ver, hablemos de cosas que me quitan el sueño. Porque todos hemos pasado por esa fase donde descubrimos El arte de amar de Erich Fromm y sentimos que el universo entero cobró sentido, ¿verdad? O sea, Fromm llega en 1956, súper analítico y genial, a decirnos que el amor no es un sentimiento en el que te caes torpemente como cuando te tropiezas en el banqueta, sino un arte. Una práctica, un arte que requiere disciplina, concentración, paciencia y conocimiento. Y una ahí, anotando todo en su cuaderno, diciendo: –—Claro que sí, Erich, el amor es una decisión, no un accidente.
Pero aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque mientras Fromm estaba ahí, diseñando esta teoría bellísima sobre el amor como una fuerza de sanación contra el capitalismo y la alienación moderna, se le olvidó un «pequeño» detalle. Un detalle gigantesco llamado estructura de poder. Y es justo ahí donde entra Bell Hooks —así, en minúsculas, porque la arquitectura de su nombre también es una declaración de principios— a revolucionar todo el tablero.
Si Fromm construyó los cimientos de la casa, Hooks llegó a meterle la instalación eléctrica, la plomería y a cuestionar por qué la casa estaba diseñada solo para que la habitara cierto tipo de gente. En El amor de verdad (o All About Love), ella no contradice a Fromm; lo rescata de su propio punto ciego.
Fromm nos decía que el amor es el cuidado activo por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Bell Hooks toma exactamente esa definición, pero lanza la pregunta del millón: ¿Cómo carajos vas a practicar el cuidado activo y la reciprocidad en una sociedad donde el patriarcado nos enseña que amar equivale a dominar, poseer o someter?
Ahí es donde el pensamiento de Hooks se vuelve una genialidad absoluta. Para ella, el amor y la dominación no pueden coexistir. Punto. No puedes decir que amas a alguien si al mismo tiempo estás ejerciendo una jerarquía de poder sobre esa persona. Mientras Fromm teorizaba el amor desde una abstracción bastante neutra (y, seamos honestas, muy desde la experiencia del hombre blanco occidental de mediados del siglo XX), hooks aterriza la teoría en el suelo con la realidad del género, la raza y la clase social.
Y esto nos lleva directamente a su concepto más célebre: El feminismo es para todo el mundo.
Hooks hace una crítica brillante a las distintas corrientes del feminismo. Ella señala cómo el feminismo liberal reformista —ese que solo buscaba que las mujeres tuvieran las mismas oportunidades económicas que los hombres dentro del mismo sistema— se quedó cortísimo. Porque, a ver, ¿de qué te sirve querer una rebanada del pastel si el pastel entero está envenenado por la explotación y la violencia? Ese feminismo blanco de clase media alta buscaba la igualdad con los hombres de su misma clase, pero dejaba intactas las dinámicas de dominación sobre las mujeres de la periferia, las mujeres racializadas y la clase trabajadora.
Para ella, el feminismo no es una lucha de mujeres contra hombres. El feminismo es un movimiento para acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión. Y para lograr eso, el amor es la herramienta política fundamental. No el amor romántico cursi de telenovela que nos vende el consumo masivo, sino el amor como una ética de liberación.
Aquí es donde Bell le suma de forma magistral a Erich Fromm: transforma «El arte de amar» en una ética amorosa comunitaria y política.
Fromm veía el amor como una respuesta individual a la soledad existencial. En cambio, hHooks expande esa visión y nos demuestra que el amor es una acción colectiva. Si enseñamos a los hombres que la masculinidad patriarcal exige desconectarse de sus emociones y dominar a otros, les estamos negando la capacidad de amar. Por lo tanto, el feminismo también es la salvación para los hombres, porque les devuelve su humanidad. Además, logra que la teoría del amor deje de ser un manual de autoayuda filosófico y se convierta en una estrategia de transformación social. Nos demuestra que no podemos transformar nuestras relaciones personales si no transformamos la cultura que nos rodea.
Al final, la lección es redonda: Fromm nos dio la definición teórica, pero Bell Hooks nos dio el mapa para aplicarla en la vida real. Nos enseñó que amar es un acto radical de justicia, y que un feminismo que no ponga el amor y la liberación de todas las personas en el centro, simplemente no es feminismo.










