Hernán León Velasco
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
“Cada lugar nos transforma mientras lo miramos”.
Ciertamente, cada ciudad puede ser otra, según la mirada que la mira. Una ciudad nunca es la misma porque nosotros nunca somos los mismos. A veces cambia el aire; otras, la luz sobre los techos; o esa parvada inesperada que cruza el cielo como si dejara una escritura breve sobre el poniente. Quizás lo que cambia es la distancia que traemos en los ojos, o los recuerdos que nos siguen como sombras dóciles.
Ocozocoautla, Chiapas, es hoy una ciudad, pero también sigue siendo el antiguo Bosque del Ocozote. Ese eco invisible aún respira bajo las calles modernas. Los nombres antiguos nunca mueren: se repliegan, aguardan.
Basta una imagen tomada desde lo alto -la iglesia elevándose entre los techos, las casas enlazadas como páginas de un libro antiguo- para comprender que esta ciudad es, al mismo tiempo, presente y vestigio, camino y promesa. Ocozocoautla es muchas ciudades superpuestas, cada una esperando ser descubierta por otra mirada.
También se revela en un atardecer cualquiera, en esa fotografía donde el sol cae entre cables y techos, y la parvada atraviesa el cielo. No es una imagen perfecta: es un fragmento del mundo tal como respira. Los cables parecen líneas de un manuscrito improvisado para darle claridad a la noche, y el sol detenido -una moneda encendida a punto de descender- nos recuerda que hasta las ciudades más pequeñas guardan un horizonte propio.
En cada ciudad hay caminos que ignoramos y personas que jamás encontraremos. Somos viajeros que se cruzan sin advertirse, habitantes de pasillos contiguos del mismo misterio.
Al visitar una ciudad que ya es otra, sería necesario renovarnos también: mirar con otros ojos, escuchar con otros oídos. Cada día inaugura un mundo distinto. Los rincones de una casa guardan aromas que no conocíamos, y las paredes conservan conversaciones de quienes trazaron la primera aldea en el claro del bosque.
Con un poco de silencio, quizá oiríamos los cantos antiguos que pedían al mundo mantenerse en equilibrio: armonía, no dominio; quietud interior, no victoria exterior.
Porque toda ciudad -como todo ser humano- guarda una segunda versión de sí misma, una que solo aparece cuando aprendemos a ver más allá de lo visible. Tal vez ese sea el verdadero destino de quienes caminamos por el mundo: descubrir en cada lugar un reflejo que también nos pertenece.
La ciudad cambia porque nosotros cambiamos; renace porque algo en nosotros también intenta renacer. Si supiéramos mirar con esa claridad, entenderíamos que no solo visitamos una ciudad: la ciudad nos visita a nosotros, nos nombra, nos reconoce y nos devuelve -aunque sea por un instante- la posibilidad de ser nuevos.
En ese breve resplandor, comprendemos que cada ciudad es un espejo del alma que llevamos dentro: una promesa de lo que fuimos y un anuncio de lo que aún podemos llegar a ser.










