“Eclipsando en mis recuerdos”

Gilberto Fco. Vázquez Domínguez Chiapa de Corzo, Chiapas

“Comenzó a encapotarse el cielo, luego vino la penumbra y después la sombra, inmediatamente niños y adultos nos cobijamos debajo del techo que encontramos próximo”.
Dr. Antonio Cruz Coutiño (2023).

Independiente de lo que astrológica, astronómica o climatológicamente nos informa nuestro imaginario colectivo -que muchas veces se transforma en costumbres, mitos, leyendas-, lo acontecido el pasado 14 de octubre de este año nos hizo testigos de un fenómeno poco usual: “el Eclipse Solar Anular”, en el cual se alcanzó a visualizar cómo la Luna se transpone para ocultar los rayos solares.
Siendo día sábado y estando en la plática matutina, empezamos a hablar del acontecimiento que en redes sociales era un trending topic. Me estremeció cuando sus ojos volaron al infinito del tiempo, a su vez que se empezaron a llenar de lágrimas; su expresión verbal nos remontó a aquel 11 de julio de 1991 y su voz casi quebrada, dijo:
-Bien dijo mi padre que el próximo eclipse ya no lo iba a ver y se le hizo realidad.
Fue así que comenzamos la charla donde nos posicionamos en aquella memorable fecha del “Eclipse Total de Sol”. Su catarsis inmediata, como una vacuna contra la tristeza, hizo una risa bastante peculiar.
-Me acuerdo que ese día mi hermanita casi casi se comía la blusa que llevaba puesta.
Le dije: ¿cómo? ¿por qué?
-Ya sabes: ella de 7 años, nerviosa o ansiosa por el fenómeno, empezó a morder su blusa y pues te has de imaginar: quedo toda mascoteada, con unos agujeros donde clavaba sus dientes y pues de arrugas ya te imaginarás, jajajajajaja.
Posteriormente continuamos con la plática, en donde recordaba que antes de iniciar aquel fenómeno, su papá “Tío Víctor”, las acompañó hasta la azotea de su domicilio para ver el eclipse. Durante este espectáculo, la estupenda memoria de su padre comenzó a hablar sobre el acontecimiento.
-Fue como si nos estuviera dando una clase magistral de Astronomía, pues nos habló del sol, los planetas, las lunas de los planetas y por supuesto, la relación de la Luna terrestre y el Sol; mientras a lo lejos, escuchamos algunos tambores que sonaban en el cerro de la ciudad.
¿Tambores?, le pregunté.
-Si, mi papá me dijo que hacían unos rituales o bailes en el cerro, la verdad no recuerdo con precisión; pero los tambores se escuchaban hasta la casa.
Continuamos charlando y me siguió diciendo de algunas situaciones que ella vivió durante ese fenómeno, pues ella se percató que los animales se iban a refugiar porque ya iba a oscurecer con este fenómeno que sucedió; y también se dio en el sentido inverso cuando, al terminar el eclipse, los animales empezaron a cantar como si fuese un amanecer.
Estas anécdotas nos llevaron a recordar que en la memoria de las familias se repiten, en muchas ocasiones, acontecimientos importantes de nuestra vida, pues las vivimos imaginariamente, al tiempo que las recordamos. También conversamos algunas creencias de mi pueblo, donde decían que había que tocar tambores: unos lo hacían con ollas, otros con cubetas, porque mágicamente la Luna acechaba al Sol y al dar sonido a esta percusión, era la forma de ayuda que nosotros ofrecíamos a este astro y satélite, para que uno de ellos venciera al otro. Así como aquella creencia de no salir de casa, no ver la televisión o simplemente ponerse un pañuelo rojo en la cabeza o algún accesorio de color rojo en el cuerpo, hacía que este fenómeno pasara sin poder ser afectado.
De la misma manera, nos explicaban en la última década del siglo pasado:
-No vayás a mirá al chucho (teniendo relaciones sexuales) porque te va salir turicuchi en el ojo.
Todo este imaginario colectivo nos llega a recordar aquel momento hoy, precisamente que se dio el eclipse solar: no pudimos salir y correr. No pudimos ver directamente el Sol ni la Luna, pero sí recordamos al Tío Víctor (qepd) y conversamos lo que hace ya más de 30 años sucedió en cada una de nuestras viviendas.

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