Eduardo Alberto Vargas Domínguez

Gilberto Fco. Vázquez Domínguez
Chiapa de Corzo, Chiapas
El cronista en rebeldía, de Chiapa de Corzo

Cuando en Chiapa de Corzo se pronuncia el nombre de Eduardo Alberto Vargas Domínguez, más de uno recuerda al médico, al periodista, al cronista, al luchador social, o simplemente a “Varguitas”, el hombre que no se callaba nada y que se ganó un sitio en la memoria colectiva de su pueblo. No fue un personaje de cartón, ni de bronce, sino un ser humano lleno de historias, contradicciones y pasiones que lo hicieron distinto.
Infancia entre calles
polvosas y pleitos de barrio
Corría 1933, apenas unos años después de que Chiapas y el país entero intentaran sacudirse las consecuencias de la Revolución y de la guerra de los Mapachistas. En ese ambiente de reconstrucción, el 8 de abril nació en el bravo barrio de San Miguel, en Chiapa de Corzo, un niño travieso, peleonero y sin miedo a nada: Eduardo Alberto Vargas Domínguez.
Hijo único de don Eduardo Vargas Becerra y doña Delfina Domínguez Sánchez, creció rodeado del bullicio de la tienda de abarrotes que atendía su madre. Su padre, como tantos hombres de la época, se fue al Soconusco a trabajar y nunca volvió. Por eso, la figura paterna que lo marcó fue su tío Gardino, quien lo cuidó como a un hijo y le enseñó a caminar derecho en la vida.
De niño, “Varguitas” no fue precisamente un angelito. Se peleaba con cuatro o cinco chamacos a la vez, lanzaba piedras como si fueran proyectiles y hacía travesuras a las niñas jalándoles el cabello o haciéndoles volar las monedas cuando daba el cambio en la tienda. No era un muchacho de muchos amigos, pero sí de carácter fuerte, de esos que no se dejan de nadie.
Su educación empezó en la primaria “Emiliano Zapata”, aunque más que los libros, lo formaron las vivencias de barrio y las obligaciones de empacar azúcar, sal y semillas, los días domingos, mientras otros niños corrían tras la pelota.
Juventud: serenatas y sueños de estudiante
El destino lo llevó a San Cristóbal de las Casas, donde terminó la primaria, la secundaria y la preparatoria. Allí descubrió dos pasiones: el billar y la música. A los 14 años formó un trío musical con sus amigos, más que nada para ir a dar serenatas a las muchachas del colegio La Enseñanza. La bohemia se le quedó en la sangre, aunque su camino lo llevaría a otra vocación.
En Distrito Federal se inscribió en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para estudiar Medicina. El 6 de agosto de 1968 se tituló como Médico Cirujano, con cédula profesional en mano, listo para ejercer. Fue en la capital donde descubrió su otra gran pasión: la escritura. Un curso de redacción médica lo hizo enamorarse de las palabras y entender que no sólo los diagnósticos merecen escribirse, también las emociones, las injusticias y la vida cotidiana.


Médico de pueblo, de esos que ya casi no hay
De regreso en Chiapas, “Varguitas” nunca se convirtió en un médico de élite. Todo lo contrario: cobraba consultas de menos de diez pesos y se trepaba en su jeep 4×4 para cruzar el río y atender a las rancherías más apartadas. Fue director del Centro de Salud de Tuxtla Gutiérrez en los años 70’ y también jefe de Enseñanza y Capacitación de la Jurisdicción Sanitaria. Pero nunca perdió el trato humano. Era de esos doctores que curaban con una receta, una palmada en el hombro y una buena plática.
El periodismo: la pluma como arma
Si algo distinguió a Vargas Domínguez fue su valentía para escribir lo que muchos callaban. En Chiapa de Corzo, en los años 70’ y 80’, la prensa local era más bien tímida. Pero él se atrevió a fundar el periódico La Culebrina, escribir en El Expreso y firmar columnas que denunciaban la corrupción y los abusos del poder.
Con su estilo directo, sarcástico y mordaz, bautizó espacios como “Ecos del Sumidero” y “¿¡Qué más… pué!?”, desde donde relataba lo mismo una fiesta popular que un acto de injusticia política. No sólo se quedó en el papel: también incursionó en la televisión local y en la radio, con programas en lengua chiapaneca como Nomopapaimo Nambue.
Lo suyo era dar voz a quienes no la tenían y por eso se ganó enemigos poderosos. Pero también la admiración de un pueblo que veía en él al cronista rebelde que no le temblaba la mano para señalar.
Luchador social y
organizador comunitario
Su compromiso social lo llevó a fundar la Asociación Civil Ángel Albino Corzo, desde la cual impulsó la construcción de escuelas y la recuperación de la casa del prócer chiapaneco. También encabezó movimientos contra la construcción de un penal federal en Chiapa de Corzo, logrando que se trasladara a Cintalapa.
Fue parte de la creación del comité local de la Cruz Roja Mexicana y benefactor de la capilla de San Miguel Arcángel en su barrio natal. Y en 1990, junto con otros colegas, fundó la Asociación de Profesionales de la Salud de Chiapa de Corzo (APROSAC), convencido de que los médicos también tenían que organizarse para servir mejor.
Político de
izquierda, pero crítico
Militó en el Partido Mexicano de los Trabajadores, antecedente del PRD, donde se encargó del área de comunicación social. Desde ahí afinó su pluma para la denuncia política, siempre con un espíritu combativo. Fue regidor en Chiapa de Corzo en 1975, en tiempos difíciles tras los terremotos que azotaron la región.
Cronista por vocación
Pero quizá el título que más lo definió fue el de cronista. Amaba contar la historia de su pueblo y rescatar del olvido sus tradiciones, leyendas y personajes. En 2006 recibió el reconocimiento de Cronista Popular de Chiapas y fue miembro de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas.
Publicó libros como El combate naval de Chiapa de Corzo (1984), El anillo de los milagros (1987) y Chiapa de Corzo. Las serenatas y sus milagros (1987). También escribió crónicas entrañables sobre la mistela, los boticarios antiguos, la plaza de armas, los amores juveniles y las fiestas del pueblo.
Su obsesión investigadora lo llevó incluso a descubrir en 1978 los restos del fraile y poeta Matías Antonio de Córdova en el templo de Santo Domingo de Guzmán.
Hombre de familia
Aunque siempre fue un hombre ocupado, en 1986 conoció a Nelva Sánchez Álvarez, con quien formó su familia. Juntos tuvieron a su hija Mónica Esmeralda, quien fue el orgullo de sus últimos años.
La despedida de un rebelde
El 17 de agosto de 2021, a los 88 años, Eduardo Alberto Vargas Domínguez falleció en el Hospital General del ISSSTE en Tuxtla Gutiérrez, víctima del Covid-19. Su muerte cerró una vida intensa, pero abrió un hueco en la memoria colectiva de Chiapa de Corzo.
A cuatro años de su partida, nungún homenaje en su honor. Y sin embargo, su figura sigue viva en quienes lo leyeron, lo escucharon en la radio, lo vieron recorrer las calles en su jeep o lo escucharon hablar con pasión de su pueblo. Porque si algo definió a Varguitas fue su rebeldía: no aceptar la injusticia, no guardar silencio, no dejar que la historia se escribiera sin voz crítica.
Epílogo
Contar la vida de Vargas Domínguez es contar también la de Chiapa de Corzo en el siglo XX: un pueblo que luchó por su identidad, que resistió imposiciones y que encontró en su cronista la memoria viva de su gente. Eduardo no fue perfecto, pero fue auténtico. Médico de los pobres, periodista incómodo, político de izquierda, cronista apasionado, luchador social, y sobre todo, un chiapacorceño que nunca dejó de querer a su tierra.
Hoy, recordarlo es un acto de justicia. Porque personajes como él no nacen todos los días. Y porque su legado es, ni más ni menos, el de un hombre que supo vivir con dignidad, escribir con valentía y luchar con amor por su pueblo.

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